Oscuro,
sombrío, el féretro cruza la puerta del cementerio. Apoyado
en los hombros de los portadores, se abre paso bajo la lluvia.
El agua golpea insistente en la madera. Es un sonido opaco,
inquietante. Los paraguas del cortejo se ciñen formando bóveda.
El aire barre rostros y lágrimas. Miradas furtivas buscan huecos
donde guarecerse. Sólo Andrés, el sepulturero, parece insensible
al huracán de hojas, barro y agua. Abre camino delante de la
cruz procesional. Y sus ojos, de mirada fija, intensa, se apoyan
a intervalos en el féretro.
Ella le miró. Y él dirigió al suelo su mirada fija, intensa.
-¿Quieres entrar?
La mano de la niña, pálida, abrió la puerta de la gran mansión.
-¡Ven!
Y entraron.
Yo sé que los espejos son puertas. Y sé que nadie ha podido
abrir un espejo. Son puertas que ciegan, que acaban por hacernos
enloquecer.
Tras el féretro, prendido en el féretro, un hombre de mediana
edad une lágrimas a la lluvia. La cruz procesional, brazos extendidos
sobre un travesaño, destila flecos de agua.
A poco de nacer supe ya que los espejos son puertas que nadie
puede abrir. Y supe también que la vida es multiplicar espejos.
Crear puertas y más puertas que nunca podremos cruzar. Y fue
entonces cuando rompí en llanto. Cuando la mirada se me quedó
fija, intensamente fija, prendida en sus propios espejos.
Dos ojos se inclinaron y recorrieron, miopes, el cuerpo del
niño.
El niño tembló bajo la franela holgada, excesiva, de su ropa
sucia.
Y los ojos volcaron su desagrado en Clara:
-¿Le has invitado tú?
-Sí, abuela.
Los cipreses, atornillados en el aire, se elevan hacia un cielo
sin luna, tenebroso. La lluvia, a ráfagas, barre los restos
del primitivo cortejo. Elías, el hombre de mediana edad, con
la cabeza inclinada y un temblor de lágrimas en la boca, apoya
su dolor en el aire. Quieto, encogido.
La niña sonrió a Andrés:
-Ven conmigo.
Y su mano blanca, cálida, le llevó por entre invitados, candelabros,
columnas y grandes espejos.
La mirada de Andrés, fija, intensa, se dirige a Elías. Y la
orden es tajante. "¡Terminemos! ¡Ya es hora de cerrar!" Dominador,
altivo, Andrés reanuda la marcha. Y el cortejo le sigue por
entre cárcavas, lluvia y lápidas.
Los espejos, esos muros sin huecos. Sólo nacer me duplicaron
ante un espejo. Y ya entonces supe que toda vida es multiplicar
espejos. Golpear, deshacerse y hacerse una y otra vez.
Cabeceando, con un murmullo de rezos y lluvia, el féretro se
detiene ante la puerta de hierro de un antiguo panteón. Musgo
y barro. Andrés abre y los portadores se adentran en la lúgubre
oscuridad del mausoleo. Precedidos por Andrés, que da luz a
una débil bombilla, y seguidos por Elías, el oficiante, y unos
pocos acompañantes, el ataúd alcanza al fin su lugar de reposo.
Andrés, tímidamente, sin más compañía que la sonrisa amistosa
de Clara, recorrió con la mano, a distancia, por el aire, la
comida que llenaba la gran mesa. La niña se acercó más a él,
cuerpo junto a cuerpo, y le condujo la mano: -¿Este?