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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. I: SOMOS SÓLO UN ESPEJO QUE
BUSCA LUZ
Oscuro, sombrío, el féretro cruza la puerta del cementerio. Apoyado en los hombros de los portadores, se abre paso bajo la lluvia. El agua golpea insistente en la madera. Es un sonido opaco, inquietante. Los paraguas del cortejo se ciñen formando bóveda. El aire barre rostros y lágrimas. Miradas furtivas buscan huecos donde guarecerse. Sólo Andrés, el sepulturero, parece insensible al huracán de hojas, barro y agua. Abre camino delante de la cruz procesional. Y sus ojos, de mirada fija, intensa, se apoyan a intervalos en el féretro.

Ella le miró. Y él dirigió al suelo su mirada fija, intensa.
-¿Quieres entrar?
La mano de la niña, pálida, abrió la puerta de la gran mansión.
-¡Ven!
Y entraron.

Yo sé que los espejos son puertas. Y sé que nadie ha podido abrir un espejo. Son puertas que ciegan, que acaban por hacernos enloquecer.

Tras el féretro, prendido en el féretro, un hombre de mediana edad une lágrimas a la lluvia. La cruz procesional, brazos extendidos sobre un travesaño, destila flecos de agua.

A poco de nacer supe ya que los espejos son puertas que nadie puede abrir. Y supe también que la vida es multiplicar espejos. Crear puertas y más puertas que nunca podremos cruzar. Y fue entonces cuando rompí en llanto. Cuando la mirada se me quedó fija, intensamente fija, prendida en sus propios espejos.

Dos ojos se inclinaron y recorrieron, miopes, el cuerpo del niño.
El niño tembló bajo la franela holgada, excesiva, de su ropa sucia.
Y los ojos volcaron su desagrado en Clara:
-¿Le has invitado tú?
-Sí, abuela.

Los cipreses, atornillados en el aire, se elevan hacia un cielo sin luna, tenebroso. La lluvia, a ráfagas, barre los restos del primitivo cortejo. Elías, el hombre de mediana edad, con la cabeza inclinada y un temblor de lágrimas en la boca, apoya su dolor en el aire. Quieto, encogido.

La niña sonrió a Andrés:
-Ven conmigo.
Y su mano blanca, cálida, le llevó por entre invitados, candelabros, columnas y grandes espejos.

La mirada de Andrés, fija, intensa, se dirige a Elías. Y la orden es tajante. "¡Terminemos! ¡Ya es hora de cerrar!" Dominador, altivo, Andrés reanuda la marcha. Y el cortejo le sigue por entre cárcavas, lluvia y lápidas.

Los espejos, esos muros sin huecos. Sólo nacer me duplicaron ante un espejo. Y ya entonces supe que toda vida es multiplicar espejos. Golpear, deshacerse y hacerse una y otra vez.

Cabeceando, con un murmullo de rezos y lluvia, el féretro se detiene ante la puerta de hierro de un antiguo panteón. Musgo y barro. Andrés abre y los portadores se adentran en la lúgubre oscuridad del mausoleo. Precedidos por Andrés, que da luz a una débil bombilla, y seguidos por Elías, el oficiante, y unos pocos acompañantes, el ataúd alcanza al fin su lugar de reposo.

Andrés, tímidamente, sin más compañía que la sonrisa amistosa de Clara, recorrió con la mano, a distancia, por el aire, la comida que llenaba la gran mesa. La niña se acercó más a él, cuerpo junto a cuerpo, y le condujo la mano: -¿Este?