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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

    INICIO CAP.: DONDE LOS ESPEJOS SE
MULTIPLICAN
Por extrañas circunstancias, cuyas claves ahora creo comprender, en enero de 1975 heredé un desmantelado caserón cercano a la granadina Guadix. Estoy acostumbrado a que el destino, descaminando su lógica trayectoria, llegue a mi puerta y deje crípticos mensajes. Por ello, camino de Guadix, me preguntaba qué signos, esta vez, conducirían mis pasos y qué encontraría si lograba descifrar todas las señales.
El caserón, alejado de la ciudad y cercano a un cementerio, era, cuando llegué, al anochecer, una mancha parda de inquietantes volúmenes sinuosos.
La puerta cedió con facilidad y, alumbrado por las últimas luces del día, recorrí las amplias habitaciones, de altos techos, que guardaban inservibles restos de un mobiliario antiguo. Ahora pecios de una tormentosa historia en la que habían naufragado varias generaciones que me habían precedido. Cansado, me acomodé en lo que había sido una lujosa cama y, náufrago yo también, me dispuse a esperar las primeras señales.
A pesar de mi excitada espera, el sueño no tardó en vencerme y dormí plácidamente. Sólo al amanecer, con sombras de duermevela en los ojos, entreví a un personaje que, con expresión grave, casi severa, avanzaba hacia mí su brazo con un libro en la mano. Imposible precisar si fue una presencia real o el último retazo de sueño. Porque ya despierto, no vi presencia alguna. Pero lo cierto es que a mi lado, en el suelo, se encontraba un libro que no me pertenecía. Era una edición actual, sin más valor, de El Filósofo Autodidacta. ¿Olvidada por alguien que, como yo, se había alojado en la casa?
Lo leí y no hallé en el texto de Ibn Tufayl ni una sola frase que se apartara de las versiones que ya conocía. Seguía siendo la historia del niño que, al nacer, es abandonado en una isla desierta. Y que, allí, sin otros medios que su capacidad de observación y de deducción, acaba concibiendo la existencia de Dios. Era, insisto, el brillante libro de Ibn Tufayl, un texto surgido de una de las mentes más profundas del siglo XII. Que, utilizando el camino de la reflexión luminosa, iba del gozo de la existencia natural al gozo del conocimiento de Dios.
Nada relevante ocurrió en el transcurso del día. Fui a Guadix y me aprovisioné. Sabía que mi aventura -si aventura era- sólo había empezado.
Por la noche el sueño me trajo el recuerdo de una de mis críticas al libro de Ibn Tufayl. Algo que había ocurrido muchos años antes y que mi memoria había encerrado en alguno de sus muchos olvidos.
Ocurrió en una reunión pública y fue un breve reproche. Me limité a objetar, aunque, eso sí, en un tono innecesariamente irónico, que leída la descripción de la complaciente isla ecuatorial donde Ibn Tufayl situó la existencia de su personaje Hay Benyocdan, a nadie debía extrañar que éste llegara a concebir la existencia de Dios. Un Dios al que, como correspondía a la dorada orfandad del personaje, el autor había descrito con los ropajes de la benignidad. Pero, concluí rotundo, "¿cómo llegar a concebir el Dios luminoso de Hay Benyocdan con la sinrazón y en el infortunio?"
Por la mañana, al despertar, como el día anterior, iluminada todavía mi conciencia por retazos de sueño, vi al mismo severo personaje señalándome con la mano un punto de la pared frontera a donde me encontraba. Creí entender y busqué por la casa algo que pudiera utilizar en forma de ariete. Me serví de un travesaño caído y la pared cedió con facilidad. Ensanché el hueco y pronto encontré una urna que contenía gran número de hojas manuscritas. El texto que, excitado, me esforcé en comprender, me resultó ilegible. Pensé que estaría escrito en algún idioma antiguo, por mí desconocido.
Por la noche, debido posiblemente a la exaltación que me había producido el hallazgo del manuscrito, dormí intranquilo, con un sueño sobresaltado que me llevaba, una y otra vez, a una visión de espejos deformantes. Y al amanecer, con sueño de espejos todavía en los ojos, vi una vez más la presencia y oí, nítida, su voz, grave, casi irritada, que gritó una sola frase: "El infortunio y la locura también llevan a Dios."
Al volver a Madrid, tras consultar con expertos, supe que el texto no estaba escrito en un antiguo idioma. Eran caracteres criptográficos que he tardado años en descifrar. Que sólo he podido leer utilizando espejos y juegos de espejos. Pero al fin he podido reconstruir el texto. ¿De Ibn Tufayl? Debería decir que no, porque es un texto de nuestra época. Pero ¿por qué no aceptar que le pertenece? En todo caso, que el lector opine por sí mismo, porque el texto que tan laboriosamente he descifrado es el que reproduzco aquí, en este volumen. Sólo lamento que mi transcripción esté muy por debajo de la belleza literaria del original.