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CÓMO
FLUIR CON LA VIDA
"Mira
que le doy vueltas a la cabeza, pero nada, no encuentro la solución."
Este es un lamento muy habitual que posiblemente esté también en
su boca. Y eso porque, desdichadamente, nuestra mente, la de casi
todos, es ya una enloquecida noria de feria. Una noria de luces
y de ruido que da vueltas y más vueltas sin que podamos detenerla.
Y estamos convencidos de que la solución está ahí, en ese incesante
voltear de matraca ensordecedora, sin comprender que dar vueltas
y más vueltas en torno a un problema es crear un muro en torno a
él, es quedarnos con el problema, es protegerlo, es un simple tañido
de alarma, es una súplica de ayuda, es moverse en la rueda de una
constante autocompasión, es creer que podemos llegar al mar sin
dejarnos llevar por la corriente del río. No fluimos. El miedo -o,
lo que es lo mismo, la búsqueda de seguridad- ha levantado una esclusa
sin compuertas que nos impide fluir. Y damos vueltas y más vueltas
en el agua de esa presa que, por no fluir, acaba pudriéndose. Y
la presa somos nosotros. ¡Pero son tantas las cosas que no queremos
perder, estamos tan firmemente agarrados al mástil de lo que creemos
seguridad, estarnos tan bloqueados por el miedo que acabamos en
la estupidez de perder la vida por miedo a perderla!
Así que mi propuesta es: dejemos que el río de la vida nos lleve.
Vivamos en el wei wu wei de la doctrina taoísta. O sea, dejémonos
llevar, fluyamos con el fluir de la vida, hagamos no haciendo, no
ofrezcamos resistencia, no nos agarremos a las cosas, ni siquiera
a la vida, porque agarrarse a la vida es perderla. Entendamos, de
una vez por todas, que sólo hay seguridad en la inseguridad. Así
que abramos la esclusa que creemos protege nuestra vida, rompamos
las compuertas y dejemos que la vida fluya. No nos paralicemos con
un constante voltear de pensamientos, iniciemos la acción desde
el no pensamiento. Eso que el taoísmo llama la acción de la no acción,
que no es ir a la deriva, sino ser completamente sensible a cada
momento como algo nuevo y único, con la mente receptiva. En su libro
Ilusiones, Richard Bach ha escrito: "La nube ignora por
qué se desplaza en una determinada dirección y a una velocidad específica.
Siente un impulso... ése es el rumbo del momento. Pero el cielo
conoce las razones y las configuraciones que hay detrás de todas
las nubes, y tú también las conocerás cuando te eleves a la altura
indispensable para ver más allá de los horizontes".
Este es el wei wu wei, dejarse llevar por el Yo, no dejar que el
ego se apropie de la acción, no dar finalidad a nuestra vida, no
interpretarla, no enjuiciarla tomando como punto de referencia un
debiera (debo ser el mejor, debo tener tanto dinero como...).
¿Conoce el cuento del hombre cuyos caballos...? ¿No? Pues, lea:
"Había una vez un hombre que se dedicaba a la cría y doma de caballos.
Y ocurrió que un día los caballos que tenía en el cercado, y eran
toda su fortuna, huyeron. Los vecinos se reunieron y fueron a compadecerle
por haber tenido tan mala suerte. Pero el hombre dijo: Puede
ser. Al día siguiente los caballos volvieron trayendo consigo
seis caballos salvajes, y los vecinos le felicitaron por su buena
suerte. Pero el hombre dijo: Puede ser.
Entonces, al siguiente día, su hijo intentó ensillar y montar uno
de los caballos salvajes. Fue derribado y se rompió un brazo. Nuevamente
los vecinos fueron a expresarle su compasión por la desgracia. Pero
el hombre dijo: Puede ser.
Un día más tarde los oficiales de reclutamiento llegaron al
pueblo para llevarse a los hombres jóvenes al Ejército, pero como
tenía un brazo roto, su hijo fue excluido. Los vecinos expresaron
al hombre cuan favorable se le había tornado la situación. Pero
el hombre dijo: Puede ser."
Usted mismo, lector, puede ir añadiendo nuevos párrafos al cuento,
un cuento tan largo y real como la propia vida. Es el Yin y
el Yang de nuestro discurrir, nuestro cíclico devenir, esos
acontecimientos que, para nuestra desdicha, intentamos fijar interpretándolos
cuando no admiten otra interpretación que ese simple puede ser.
Es importante, por tanto, que aprendamos a aceptar los hechos. Bien
entendido que ese aceptar no es un simple resignarse o un ir a la
deriva, sino que es un sí, un sí rotundo, un decir sí a la vida.
Porque usted y, con usted, casi todos, vivimos en un constante no.
Nos protegemos, nos acorazamos, no dejamos que el río de la vida
nos nutra y lleve. Por eso estamos muertos, no vivimos, somos sólo
una máscara que todavía anda. Somos miedo, dolor, tristeza... ¿Quiere
comprobarlo?
EJERCICIO 12: QUÍTESE LA MÁSCARA
Posición:
a)
De pie, delante de un espejo.
Ejercicio:
1.
Observe la expresión de su rostro en el espejo. Mírese detenidamente.
Quizá es un rostro con vida, quizá lánguido... Tome conciencia de
eso.
2. Deje ahora de mirarse y relaje los músculos de
la cara; deje que se aflojen lentamente, que tomen la expresión
que deseen. No interfiera, no haga ningún esfuerzo por reprimirles
ni por ayudarles. Simplemente deje que se expresen por sí mismos.
Y notará que su boca se abre más o se cierra con más fuerza, que
sus ojos se adormecen o no, que sus mejillas parecen caer... Y,
finalmente, su rostro ha adquirido otra expresión.
3. Mírese ahora otra vez en el espejo. Observe su
auténtica expresión, la que muestra a los demás cuando olvida su
máscara. Lo más probable es que se haya encontrado con un rostro
tenso, primero, y triste, asustado, amargado o perplejo, después.
Pero eso no debe preocuparnos.
Al contrario, quitémonos la máscara. Dejemos que el miedo, la frustración
y la tristeza fluyan también, dejemos que los sentimientos negativos
nos recorran, porque sólo así dejarán de atormentarnos.
Ya sabe que todo sentimiento negativo es un mensaje. Enriquézcase
escuchándolo y déjelo fluir. No ponga diques. No se parapete tras
un no a la vida que se traduce en un cerrar la boca, en contraerla
afeándola con un permanente rictus, y también en un replegar el
mentón y los hombros.
No haga eso, que eso, aparte de afearnos, nos amarga, envejece y
enferma. Por el contrario, diga sí, porque decir sí es abrir la
boca hecha sonrisa; decir sí es poder respirar hondo, es no temer
lo que hay más allá de nosotros, ni más allá de nuestro aquí y de
nuestro ahora. Decir sí es vivir, es aceptar que la vida fluya,
es aceptar los hechos, no vivir en la interpretación.
Éste es el ejercicio último y definitivo de esta serie. Una serie
de artículos que empezó con la necesidad de abrirnos a la vida y
se cierra aquí sabiendo ya que sólo podremos abrirnos a la vida
si somos capaces de fluir con ella, de aceptarla, de decir abiertamente
que sí.
De seguir diciendo no, nos mantendremos en nuestro actual
estado de zombis y seguiremos siendo simples cadáveres andantes
movidos por otros zombis.
Por favor, diga sí: fluya. No permita que otros decidan por
usted y condicionen su mente impidiéndole vivir su propia realidad.
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