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CÓMO
REALIZAR MEDITACIÓN HESIQUIA
¿Se
acuerda de los tres estados del gato? Recuerda el segundo, ¿el estado
de conciencia abierta? Pues si los recuerda y ha hecho los ejercicios
que le propuse, usted sabe ya cómo hacer para observar. Y si sabe
eso y ha practicado también cómo integrar los silencios, usted es
ya un consumado meditador. Alguien que sabe convertir meditar en
algo tan aparentemente alejado de la trascendencia como cocinar
unos espaguetis. Porque usted sabe, en definitiva, que meditar es
tan sólo dejar a un lado las interpretaciones, alejar el filtro
de lo mentalmente prendido y aprendido, observar sin juicios, permitir
que el Yo -no el yo- se exprese a través de nosotros en todos nuestros
actos. O sea, algo que usted ya ha practicado y que no requiere
de extraños ritos, ni siquiera de creencias traídas de exóticos
países. Porque la meditación es algo espontáneo, algo consustancial
a la existencia, algo que conocen todos los seres vivientes -y todo
cuanto existe es ser viviente, también las piedras y las plantas-,
algo que, por formar parte de la existencia forma parte, asimismo,
de toda expresión religiosa auténtica. Aunque no sea oriental. ¿Sabe
qué es la he-siquia? Pues es eso: meditación, la meditación que
efectuaban los padres de la Iglesia, de nuestra Iglesia cristiana
occidental. Y lean los consejos que Jean-Yves Leloup pone en boca
del padre Serafín. Consejos que serán el ejercicio que les propongo
ahora.
EJERCICIO 10: MEDITACIÓN HESIQUIA
1.
Debes meditar como una montaña
La
estabilidad, el enraizamiento, es un buen asidero. Así que siéntate
como una montaña: pesado, estable, con las piernas cruzadas y la
pelvis ligeramente más alta que las rodillas. Permanece así, ejercítate
en permanecer así, y verás cómo acabas siendo el silencio del subsuelo,
sin tiempo, inmóvil, eterno, con la eternidad detrás y nada delante.
Pero éste es sólo el principio... Tú eres un ser vivo, no un estúpido
guijarro. De manera que...
2.
Debes meditar como un girasol
Debes
florecer y en este caso la montaña es tu asidero. Y asido a ella,
a ti mismo hecho ya montaña, te orientarás al sol, te abrirás a
él desde lo más profundo de tu yo. Y siendo girasol aprenderás también
a erguirte. Ya no necesitas estar sentado, pegado al suelo. Y logrado
esto...
3.
Debes meditar como el océano
Tienes
ya un buen asidero y la exacta orientación. Ya te has levantado
y el girasol, mecido por el viento, flamea como las olas del mar.
Y ese vaivén es la gran respiración de las olas: inhalar y exhalar,
inspirar y espirar... Te dejas llevar por esa respiración oceánica
(aclaro que el océano es el símbolo del Inconsciente), no eres tú
ya quien impulsa la respiración, te dejas llevar, te dejas mecer:
te inhalan y te exhalan, te inspiran y te espiran... Pero tú sigues
siendo todavía la gota de agua que eras, sólo que ahora esa gota
se encuentra inmersa en el océano, y sabe ser una con el océano.
Y sabe también que la superficie -los pensamientos- pueden ir y
venir, pero la profundidad marina permanece inmóvil. Meditar a partir
de las olas que nosotros somos es profundizar y enraizarnos en el
fondo del océano. Saber que la existencia es un mar constantemente
agitado, pero que esas olas se forman en la quietud constante del
fondo abisal. Y tú te has asido ya a ese fondo aquietado que es
el soplo divino. Pero no creas que has terminado...
4.
Debes meditar como una tórtola
Ahora
estás bien enraizado, bien orientado y respiras como el océano,
desde la quietud; es ya el momento, por tanto, de que tu garganta
se abra al nombre de Dios y lo repita con el suave murmullo de la
tórtola. Y ese murmullo -palabras primero sin sentido, sólo sonido-
acabará haciendo que todo tu cuerpo vibre con un gozo simple y sereno.
Porque meditar no es sólo dejar que suba a ti el perfume de la flor,
meditar es respirar cantando. Y logrado esto...
5.
Debes meditar como Abraham
O
sea, entrar en la más alta conciencia que supone comprender que
todo es apariencia, que sólo Dios es realidad. Comprender, por tanto
-con corazón y mente- la miseria humana y saber que puedes confiar
siempre en la misericordia de Dios. Y así alcanzar el amor por todos
los hombres. Meditar como Abraham es establecer contacto con Dios
a través de las más variadas apariencias. Así, meditar como Abraham
es ese vaso de agua que ofreces a quien tiene sed. Meditar como
Abraham es vivir con la constante presencia de Dios en mente y corazón.
Pero todavía hay una más alta meditación...
6.
Debes meditar como Jesús
Es
la recapitulación de todas las anteriores formas de meditar. Jesús
es el hombre cósmico. Sabía meditar como la montaña, como el girasol,
como el océano, como la tórtola y también como Abraham. Su corazón
sin límites lo amaba todo y a todos, incluso a sus enemigos y a
sus verdugos. Era hospitalario con enfermos, pecadores, prostitutas...
Y cuando por la noche se retiraba a orar en secreto su voz era un
murmullo infantil que repetía una y otra vez: abba. Y abba significa
papá. Y esto lo explica todo si tenemos en cuenta que con esa palabra
se dirigía al Ser infinito, innombrable, que se encuentra más allá
de todo cuanto podamos concebir. De manera que cuando sepamos exclamar
abba, cuando esta palabra nos surja del corazón, no de los labios,
habremos alcanzado la más perfecta meditación.
Esta
era la meditación según el padre Serafín. Y es posible que usted,
lector, piense que es excesiva para un simple mortal que no aspira
a la vida monástica. Pero a esto responde Leloup: "Cuando me
encuentro muy agitado me siento, como una montaña, en la terraza
de un café. Cuando noto que la vanidad o el orgullo se están enraizando
en mí me acuerdo de la tórtola y mi canto dice que toda flor se
marchita. Y esto me calma y me devuelve la luz. Cuando la tristeza,
la cólera, la decepción inundan mi alma, respiro profundamente,
como el océano, y tomo nuevo aliento de Dios. Cuando veo el sufrimiento
de los hombres, su clamor y su impotencia para cambiar las cosas,
me acuerdo de la meditación de Abraham. Y cuando me calumnian acudo
a la meditación de Jesús".
Y
eso es meditar. Porque quien medita no es necesariamente un ser
excepcional. Meditar es, tan sólo, tener presente en todo momento
que, aún en lo más doméstico y pequeño, está el Yo. Y que ese Yo,
que esa misericordia, nos mueve a amarlo todo. A amar a todos.
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