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CÓMO
SABER QUÉ ES MEDITAR
¿Cuántas
veces ha intentado meditar? ¿Y cuántas veces lo ha dejado desconcertado?
Porque las explicaciones de unos son: Cierre los ojos, túmbese,
concéntrese, piense fijamente en aquello sobre lo que quiere meditar...
Las de otros: No cierre los ojos, entórnelos, póngase en zazén,
no se concentre, que eso es tensarse, ni se le ocurra pensar...
Y otros: Manténgase en posición del cochero, mire fijamente un punto
delante de usted, cierre los ojos cuando no pueda soportar más,
permanezca así, adormilado, espere a que los pensamientos lleguen.
Y otros: Los mantras son importantes, pero lo es más fijar el pensamiento
en los chakras. Y así, otros y otros y otros... Y todos -o casi
todos- con indicaciones muy diversas y algunas veces incluso totalmente
contradictorias. No es de extrañar, por tanto, que, desolado, más
de uno pregunte: ¿Hay alguien que pueda aclararme qué es eso de
meditar?
Y mi respuesta es que si va siguiendo esta serie usted -aun cuando
no sea consciente de ello- sabe ya meditar.
¿Que no lo sabe? ¿Ha dicho eso?
Bien, como meditar es muy importante -lo es para todo, tanto para
los aspectos más nimios de su vida cotidiana como para los más trascendentes-
permítame que antes de entrar en ejercicios concretos transcriba
algunos párrafos del texto de mi relato Trágica inspiración (un
relato que forma parte del volumen Condenados a Palabras). Cuando
termine de leerlos le aseguro que se habrán disipado, de una vez
por todas, esas dudas que le impedían saber qué es meditar. Y sabiendo
ya qué es meditar le será muy fácil comprender -en la próxima entrega-
mi explicación de lo que hay que hacer para meditar.
He aquí los fragmentos que usted debe conocer de ese relato: La
razón de nuestro problema -es Ignacio Alvarado, el protagonista
del relato, quien habla- está en el modo de sentirnos y concebirnos
seres humanos. Nuestra percepción sensorial nos lleva a la ilusión
de que terminamos donde termina nuestra piel, y esto nos conduce
a la creencia de que somos centros separados de sensación y de acción.
Lógicamente, este falso concepto de individualidad nos sitúa frente
a la Naturaleza, a la que consideramos algo extraño y ajeno a nosotros,
algo, en consecuencia, que debemos conquistar, cuando la realidad
es que no somos, ni mucho menos, ajenos a la Naturaleza, sino expresión
de ella. Nosotros no venimos a este mundo, sino que le salimos,
le crecemos, como surgen y crecen las hojas de un árbol. En definitiva,
somos Naturaleza.
Y más adelante, el mismo Ignacio:
Así, yo imagino el Cosmos como un inmenso torrente de energía,
única y eterna, del que se desprenden gotas que saltan al aire en
una existencia fulgurante, casi instantánea. Y al surgir de ese
torrente, en ese breve tiempo que permanecen en el aire, parece,
en efecto, que poseen propia existencia, propio yo, cuando, de hecho,
el yo que poseen sigue siendo el eterno y vasto yo del torrente.
Único e inseparable. No existe un yo aislado. Mi vida y mi inteligencia
son el Yo, la Vida y la Inteligencia de ese torrente energético.
O, si se prefiere, de Dios.
Y tras ese preámbulo, Ignacio se refiere al sueño que le atormenta,
el que contiene la esencia de toda meditación y que, por su extensión
en el relato, yo extracto aquí describiendo su sentido.
En el sueño, Ignacio se contempla convertido en un río torrencial
por el que fluye toda la información del Cosmos. Y esa información,
aun siendo siempre una, es siempre cambiante, es una información
viva, actuante. Pero Ignacio, en el sueño, quiere "ver" mejor ese
agua, ese río, esa información. Y para ello recurre al proceso de
concienciación de vigilia que nos distingue del resto de criaturas
de la Tierra. O sea, recurre al proceso objetivador del ritmo cerebral
beta, ese ritmo que nos lleva a creer que sabemos. Y para lograr
eso, lo que Ignacio hace es embalsar una porción de agua viva que
fluye con el río. Y embalsada ya esa porción de agua -de información-
puede estudiarla, clasificarla, enjuiciarla, reordenarla... Pero,
en el sueño, Ignacio se da cuenta de que el agua embalsada es agua
muerta, algo que se pudre, algo distinto del agua viva que fluye
por el río. O, lo que es lo mismo, el agua que ha estudiado, clasificado,
enjuiciado, reordenado... y le ha permitido creer que conoce ese
agua, es una información falsa, intoxicada, que no puede aportarnos
verdad alguna, que -peor todavía- sólo puede enfermarnos. Y así,
Ignacio comprende que el auténtico conocimiento -ese conocimiento
auténtico que es el agua viva- sólo podremos alcanzarlo si somos
capaces de concienciar ese río -esa información- sin interrumpir
su flujo. Debemos, por tanto, aprender a concienciar -o sea, a ver,
a oír..., en definitiva, a sentir- el flujo informativo del inconsciente
profundo, del Yo -ese flujo que nos mantiene vivos, que nos anima-
sin para ello interrumpir su corriente. Tenemos que aprender, en
definitiva, a drenar ese agua estancada, casi siempre pútrida, que
es nuestro yo personal, para dejar que nos inunde el agua viva,
torrencial, del Yo. Y que sea ésta la que nos hable, no la falsa
voz de nuestro charquito personal. Porque, como dice Ignacio en
el relato: Fuimos arrojados del Paraíso cuando nuestros ojos
se abrieron al falso saber de la razón, de ese conocimiento interpretativo
que surge cuando cerramos la comunicación con el Todo, de ese saber
que hemos confundido con el Saber y que por eso nos ha llevado al
falso concepto de que somos un yo aparte el Yo, de que somos dioses
al margen de Dios.
Así pues, queda claro que meditar es simplemente silenciar nuestro
yo para dejar que se exprese el Yo. O sea, hacer eso que usted ya
sabe, eso que -con el título: Cómo integrar los silencios-
he explicado ya.
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