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CÓMO
INTEGRAR LOS SILENCIOS
He
explicado cómo silenciar el cuerpo, cómo silenciar las emociones,
cómo silenciar... ¿Hemos de entender, por tanto, que hemos
de actuar sobre nosotros como si estuviéramos hechos con módulos
prefabricados? Y si así fuera, ¿cuándo hemos de acallar la mente
y cuándo el cuerpo, por ejemplo?
No creo que nos resulte difícil comprender que no somos máquinas,
que somos un todo y que, por tanto, debemos actuar sobre ese todo.
Así, lo perfecto sería iniciar los ejercicios con unas respiraciones
completas, relajar luego el cuerpo externamente, seguir con el ejercicio
de silenciar la mente y terminar con la relajación interna. A esto
podríamos llamarlo una relajación completa. A la que podría unirse
el ejercicio de continuidad de la emoción si fuera necesario; pero
sólo si fuera necesario.
Ahora bien, aun cuando no somos máquinas y, por tanto, lo adecuado
sería efectuar esa relajación completa para alcanzar un silencio
total, es indudable que realizar esa total relajación puede llevarnos,
a veces, más tiempo del que disponemos, o bien puede que busquemos
tan sólo una relajación parcial o menos profunda. En estos casos
puede utilizarse una relajación completa abreviada o relajaciones
parciales. De todas maneras, esa necesidad de efectuar parte o todas
las relajaciones es algo que yo iré indicando en los textos.
Así pues, esto no es problema; lo que sí puede serlo y debo aclarar
es que, se hagan todas las relajaciones o no, nunca debe olvidarse
que somos un todo y que no es más importante el cerebro que los
pulmones, por ejemplo. Porque ambos los necesitamos para seguir
viviendo, para seguir siendo... lo que somos. Pero, ¿qué somos?
¿Lo sabe usted, lector? A ver dígame, ¿qué es usted?
No, por favor, no me diga su nombre, ni me diga lo que es... lo
que haya dicho -un hombre, una mujer, un ser humano, un ingeniero,
una persona que le gusta viajar...- porque yo seguiré preguntando
y usted acabará entendiendo -compruébelo, si no- que, en profundidad,
ninguno sabemos qué somos. Y eso a pesar de sentir que somos algo,
que somos un yo. Pero, ¿somos un yo? Porque a ver: ¿qué es ese yo
que es usted?, ¿de qué está hecho? Y aquí me seguirá contestando
vaguedades, simples descripciones, palabras, sólo palabras sin contenido.
¿Entonces...?
Digamos que somos aquello con lo que nos identificamos. Y así, en
un momento dado yo soy alguien que sufre. Y luego alguien que ríe.
Y luego... O sea, soy sufrimiento, soy risa... soy muchas cosas
en el transcurso de cada día, porque me estoy constantemente identificando
con personas, con objetos, con sentimientos, con emociones, con
deseos... Y no hay otro yo que esa identificación en cada
momento. Veamos: ¿mientras estaba leyendo estas líneas era, al tiempo,
consciente de que había un yo que le observaba leyendo? Más aún:
¿puede leer esta frase y pensar en usted mismo mientras la lee?
Evidentemente, sólo podrá pensar en usted mismo leyendo la frase
si deja de leer. Así que usted es, primero, la lectura y, luego,
el pensamiento estoy leyendo, pero no los dos al mismo tiempo. Ni
es tampoco un yo que está siempre presente y que es siempre
el mismo. Porque no hay un yo así. ¿O sí lo hay?
Lo hay en el momento en que no pensamos, en el momento en que dejamos
de identificarnos con algo o alguien, en el momento en que nos limitamos
a observar como usted ya sabe, con la mente silenciada. Porque entonces
pasamos a ser el yo global, el yo de la totalidad,
aun cuando podamos sentirlo como un yo nuestro, individualizado.
Integrar todos los silencios, por tanto, no es sentir un yo
personal integrado, sino silenciarlo todo, también nuestro yo
ficticio, para integrarnos en la melodía del yo, de la TOTALIDAD.
Y para eso a los anteriores ejercicios debemos unir el que sigue:
EJERCICIO 9: TOTAL DESIDENTIFICACIÓN
Posición:
a) En relajación completa.
Ejercicio:
1..
Durante unos minutos tome conciencia de sus sensaciones físicas.
Obsérvelas -ya sabe qué significa esto por los ejercicios anteriores-
con imparcialidad, sin intentar cambiarlas. Así, puede percibir
el contacto de su cuerpo con la ropa, el de sus pies con el suelo,
su respiración, etc.
2.
Cuando crea que ha observado ya suficientemente sus sensaciones
físicas, tome conciencia del contenido del texto que sigue: Tengo
un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo y
lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo
puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero
o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo
un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.
3.
Tome conciencia de sus emociones. ¿Qué siente en estos momentos?
¿Y habitualmente cuáles son sus emociones? ¿Cólera, celos, amor...?
No juzgue; simplemente, observe sus emociones habituales y reconózcalas.
4.
Cuando crea que ha reconocido sus emociones tome conciencia del
contenido del texto que sigue: Tengo emociones, pero no soy mis
emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede
percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan
a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones,
pero no soy mis emociones.
5.
Tome conciencia de los deseos que normalmente le asaltan. Observe
detenidamente los más importantes. Reconózcalos sin identificarse
con ellos.
6.
Cuando crea que ha tomado conciencia de sus más importantes deseos,
tome, asimismo, conciencia del contenido del texto que sigue: Tengo
deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que
se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y
vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior.
Tengo deseos, pero no soy mis deseos.
7.
Observe el mundo de sus pensamientos. Tan pronto como surja un pensamiento,
obsérvelo hasta que otro lo reemplace, Y si no tiene pensamientos,
tome conciencia de que esto es también un pensamiento. Observe cómo
fluye el contenido de su conciencia: opiniones, recuerdos, imágenes,
etc.
8.
Cuando crea que ha observado la corriente de pensamientos que fluye
y refluye en usted, tome conciencia del contenido del texto que
sigue: Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo
conocer e intuir mis pensamientos. Lo que puede ser conocido no
es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego
me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos,
pero no soy pensamientos.
9.
Tome conciencia ahora de que usted no es sensaciones físicas, ni
emociones o sentimientos, ni deseos, ni pensamientos, no es nada
de todo eso. Es lo que queda al quitar todo eso, un puro centro
de percepción consciente, un testigo inmóvil de todos esos pensamientos,
emociones, sentimientos y deseos. Y, en definitiva, dese cuenta
de que todo aquello que uno puede concebir -incluido ese yo interno,
ese puro punto de percepción- no es el auténtico Ser que concibe.
¿Pueden los ojos verse a sí mismos?
Y ahora, ¿me permite un cuento? Verá: se dice que diez locos cruzaron
un río a nado. Y, ya al otro lado, decidieron ver si estaban todos.
Y uno contó, pero contó nueve porque no se contó a sí mismo. Puesto
que sólo salían nueve sobrevivientes, los restantes locos contaron
a su vez. Y todos cometieron el mismo error que el primero, porque
no tenían conciencia de su propia existencia, de su yo. De manera
que lloraron la muerte de uno de sus compañeros, convencidos de
que se había ahogado al cruzar el río. Afortunadamente, alguien
que cruzó ante ellos, al verles llorar, les contó y, lógicamente,
contó diez, porque él no estaba incluido en el juego de las identificaciones.
Desgraciadamente, como humanos, dado el mecanismo de nuestra mente,
necesitamos un constante punto de referencia. Un punto de referencia
que debemos situar fuera de aquellos que vemos o sentimos si no
queremos ser absorbidos por los demás. O sea, necesitamos un yo,
aun cuando sepamos que ese yo es ilusorio.
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