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CÓMO SILENCIAR LAS EMOCIONES

Volvamos al Mar Egeo. Y recordemos que hemos silenciado el viento -la mente-; que, además, la superficie del mar puede alcanzar una plácida tersura -relajación externa- y que podemos calmar las vísceras marinas: relajación interna. Todo parece, por tanto, bajo control. Pero eso no impide que, súbitamente, la boca de uno de los volcanes sumergidos inicie el tronar precursor de un estallido. Porque el Egeo, como nosotros, es vulnerable a esas fuerzas primigenias que, surgiendo de las más oscuras cavernas, levantan maremotos de dolor. Esos maremotos, que en nosotros son las emociones, esas extrañas fuerzas que nos llevan y nos traen -casi siempre de aflicción en aflicción- sin que podamos combatirlas.
Pero, ¿es así realmente? ¿Nada podemos hacer contra las emociones negativas? ¿Nada contra el terrible sufrimiento de una constante angustia? ¿No podemos taponar la boca de esos devastadores volcanes internos?
No, no podemos taponarlos. Es más, no debemos taponarlos, como no debemos taponar la boca de una herida infectada. Pero sí podemos silenciarlos, aunque eso tan sólo lo conseguiremos drenándolos, como se drena el pus de una herida.
Desgraciadamente, nuestra cultura Occidental, que lo combate todo a cañonazos, que endiosa la fuerza de la voluntad, que ha convertido todo diálogo en un doble monólogo, está muy lejos de poder comprender que toda acción -física o no- genera una reacción del mismo tipo y de la misma intensidad que la acción ejercida, pero de signo contrario. Una ley válida para cruzar el Atlántico a bordo de un reactor, pero terriblemente insana para quienes la utilizan, por ejemplo, para dejar de fumar. El impulso de dejar de fumar ejercido con la sola y brutal acción de la fuerza de la voluntad sólo puede llevar a un mayor deseo de fumar. Y eso lo sabían quienes, en Oriente, crearon las artes marciales. "No se puede detener un río", dijo un maestro Zen. Y yo digo más: no se debe detener, porque si logramos detenerlo, como en el caso del hábito de fumar, estaremos destinados a sufrir la angustia de tener que estar deteniéndolo constantemente.
Un ejemplo. Uno de mis pacientes sufría el grave problema de que cuando se metía en la cama dispuesto a conciliar el sueño, automáticamente, con una nitidez angustiosa, veía fantasmalmente una mano que se disponía a levantarle la sábana, dejándole al aire. Y esto al paciente le resultaba aterrador. Se sentía desnudo, sin defensas, sin nada que le cubriera y amparara de aquella terrible amenaza.
Lógicamente tratándose de un occidental el paciente, ante esa amenaza, se encogía -tomaba una posición fetal- y agarraba con fuerza la ropa que le cubría, al tiempo que mentalmente oponía resistencia a esa visión hasta conseguir rechazarla. Así, en una pugna terrible por alejar tan ominosa amenaza, el paciente acababa al final, ya agotado, por entrar en el sueño. Un sueño que era casi siempre angustiado, no reparador.
¿Qué hacer, pues, en un caso como este? Y en general, ¿cómo silenciar las emociones negativas?
Las emociones son mensajes que comportan una gran carga explosiva. Y su carga es explosiva porque sus mensajes son siempre importantes. Eso, antes que los psicólogos, lo intuyó ya ese gran poeta que fue Rainer María Rilke. Así, pues, si las emociones son mensajes tensos -explosivos- de un emisor que está dispuesto a darnos esos mensajes cueste lo que cueste, como escribió Rilke, limitémonos a escucharlos. No los rechacemos, porque sólo después de escuchar el mensaje el emisor dejará de hablarnos. O sea, se hará el silencio emocional. ¿Y cómo escucharlos? Así:


EJERCICIO 8: CONTINUIDAD DE LA EMOCIÓN

Posición:
a) Salvo en el caso que se indica, no es necesaria la relajación.

Ejercicio:
1.. Si está usted estresado, angustiado o sufre de ansiedad es un hecho que de vez en cuando sufre el asalto de una terrible opresión. Puede ser ese terrible golpe de la angustia en el pecho o en el plexo solar, esa terrible oleada de energía dolorosa que casi dobla su cuerpo.
2. Cuando eso llegue -o cuando llegue con fuerza cualquier otra emoción- túmbese, o simplemente póngase cómodo y afloje el cuerpo. Al tiempo, dé la bienvenida a esa terrible angustia -o a la emoción que sea-; recíbala como a un amigo, como a alguien que le trae un mensaje de curación. Y ábrase, deje que esas oleadas de sufrimiento recorran su cuerpo al tiempo que se mantiene alerta, con la mente expectante. Sé que eso le parecerá casi imposible de soportar, pero no es así. Cuando esas oleadas de angustia -de tristeza, etc.- llegan, usted suele bloquearse, se opone a ellas, y eso es lo que las potencia; pero si deja que sigan, que pasen, verá que el sufrimiento es menor, verá que el golpe fuerte permanece sólo un instante. Y en ese instante inicial usted puede gritar, patear, puede hacer cuanto crea que puede aliviarle, todo cuanto se le ocurra menos defenderse, menos bloquearse, menos poner un escudo entre usted y la emoción. Deje que le recorra una y otra vez, ayúdela, y lejos ya ese impacto emocional inicial, el más doloroso, permanezca atento al mensaje. Porque de alguna manera usted verá o intuirá la razón por la que esa emoción llega a usted. Y en última instancia, aun cuando en sus primeras experiencias no vea o intuya, el solo hecho de dejar que la corriente energética de la emoción negativa le recorra es suficiente ya para que la angustia, la tristeza, la ansiedad, etc., le abandone. Y si sigue actuando así no tardará en librarse de tan molestas emociones negativas.
3. Y lo mismo puede hacer si un pensamiento le obsesiona. No se defienda de él ni lo bloquee. No lo alimente. Deje simplemente que cruce su mente. Se extinguirá con la celeridad de una centella.

Observaciones:
Este ejercicio puede efectuarlo también evocando conscientemente una emoción negativa. Puede evocarla trayendo a su mente la propia emoción o evocando la situación que la provoca. En este caso le recomiendo que antes se relaje profundamente.
Para hacer más fácil -y también más efectivo- el ejercicio que acabo de describir, recuerdo a mis lectores el Ejercicio 1:
Respiración Completa. Con esa respiración le ayudaba a usted a abrirse a la vida, a su entorno, a admitir cuanto le llegara. Puede, por tanto, utilizar esa respiración antes de iniciar el ejercicio anterior. Si bien le aconsejo que efectúe la respiración allí descrita a un ritmo 1:4:2. O sea, si tarda tres segundos en aspirar aire, debe mantenerlo dentro de sus pulmones doce segundos y utilizar luego seis segundos para expulsarlo. Con esta respiración obtendrá un efecto anestesiante que mitigará el dolor de dejar que el terror o la angustia le recorran.
Otra cosa: en el ejercicio anterior, a fin de desprenderse de la angustia -o de cualquier otra emoción dolorosa-, ha dejado que ese sentimiento le recorra libremente, pero al dejar que su cuerpo se identifique con ella, al tiempo ha mantenido su yo expectante, observando desde un espacio exterior. Indudablemente, esta actitud supone alimentar una dualidad y, como veremos, toda dualidad es una escisión; es, en principio, algo negativo.
Así que me anticipo a próximas explicaciones aclarando que se trata de una dualidad consciente. Una dualidad lúdica, en la que podemos aceptar que el yo no es ese algo aparte que afirmamos, pero que, en el juego terapéutico que hemos establecido, nos sirve para sentirnos internamente seguros, nos sirve para objetivar los problemas, nos sirve para resolver enfermedades, nos sirve, en definitiva, para, al salir de la hipnosis -quizá dramática- que es ahora nuestra vida, no caer en otra inadecuada. Con ese yo con el que nos identificamos podemos establecer cualquier guión -cualquier otra identificación- pero libremente, porque el único compromiso de identificación que habremos establecido será ese yo desprovisto de contenido .