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CÓMO
PROFUNDIZAR EN EL SILENCIO CORPORAL
¿Conoce
el Mar Egeo? Es el mar del que surgió Afrodita, diosa de la belleza
y del amor. No es de extrañar, por tanto, que el Egeo, con sus aguas
profundas, intensamente azules bajo el Sol, y con estrías fulgentes,
intensamente plateadas bajo la Luna, resulte un mar tan seductor
como la diosa de la belleza. Pero tan peligroso también como peligrosa
puede ser la belleza. Porque el Egeo, como Afrodita, puede tener
días sin viento, días de calma chicha que embalsan el agua, que
serenan la superficie del mar hasta dejarla tersa, sin un pliegue,
sin distorsiones, pulida y reflectante como un espejo recién bruñido.
Pero eso no impide que súbitamente, de forma totalmente inesperada,
las vísceras del Egeo golpeen duramente, desde la profundidad, ese
espejo y lo rompan en mil pedazos, llevándose a barcos y hombres,
como un día, a entender de muchos científicos, despedazó la cada
vez menos mítica Atlántida. ¿Qué significa eso? Supongamos que usted
es el Egeo y supongamos -parafraseando el símil poético de León
Felipe- que el aire es el pensamiento -él lo consideraba el espíritu-;
y supongamos también que la superficie del mar es su piel, sus órganos
externos. Y supuesto eso, supongamos finalmente que usted -que ha
practicado los ejercicios que le he ido dando hasta ahora- ha silenciado
su pensamiento y ha silenciado también -estáticamente- la superficie
de su cuerpo. Pues bien, también usted, como el Egeo, sigue manteniendo
el peligro de un estallido súbito. Porque es cierto que usted, como
el Egeo, mostrará una placidez y tranquilidad no habitual. De hecho
mostrará los beneficios de su mente y de su cuerpo externo silenciados.
Y esto es mucho. Pero no habrá conjurado, entre otros, el peligro
de una súbita explosión de sus vísceras internas. Usted, a nivel
somático, no es la superficie de su cuerpo; usted a nivel somático,
es sobre todo sus arterias, su corazón, su sistema óseo... Y eso
está debajo de la superficie. Cierto es que si el viento del pensamiento
está silenciado, no es fácil que una tensión alta se dispare más.
Al contrario, lo lógico es que disminuya. Pero la tensión alta -más
o menos alta, pero alta- sigue estando ahí, como ahí están, bajo
la superficie del Egeo, los miles de cráteres volcánicos que, con
mayor o menor intensidad, remueven súbitamente el agua y pueden
llegar a despedazar islas. Por otro lado, nosotros no somos el luminoso
Egeo; nosotros, desdichadamente, somos un mar mucho más contaminado,
un mar sumido en el estrés por los constantes detritus de una sociedad
que desagua en todos y cada uno de nosotros los subproductos de
sus defecaciones químicas y radiactivas. De manera que se hace preciso
que mantengamos en silencio nuestro mar interior. He aquí cómo lograrlo:
EJERCICIO 7: RELAJACIÓN ESTÁTICA INTERNA
Posición:
a) La misma que en Ejercicio 6. De hecho, este ejercicio
debe hacerse al final de la relajación estática externa y antes
de salir de ésta.
Ejercicio:
1.
Todos sabemos que el corazón es un órgano especialmente vulnerable.
Basta una ligera agitación emocional para que suframos una taquicardia.
Así que es preciso calmar el corazón, tranquilizarlo, no llevarlo
oprimido por la angustia o a un galope alocado por el estrés. De
manera que -relajado ya externamente el cuerpo- usted concienciará
el corazón -y no tema si eso hace mentalmente más audibles los latidos-
y lo relajará. Ya sabe, simplemente lo contemplará con la mente,
lo observará como acariciándolo y dirá mentalmente: "Ahora lates
tranquilo y fuerte". Y lo repetirá. Aquí no haga una segunda comprobación
de ruidos y luces. Tampoco al relajar los restantes órganos internos.
Simplemente hablará con su corazón, sosegándolo y, al tiempo, dándole
fuerza. Como si fuera algo independiente de usted. Sí, sé que esto
puede parecerle absurdo y también, quizá, infantil. Pero funciona,
créame. Y eso lo saben los mejores terapeutas. A fin de cuentas,
las frases que aquí utilizo son de Schultz, maestro en sofrosis.
2.
Aun cuando ha relajado ya la respiración en la relajación externa,
ahora va a insistir en ello. Concienciará los pulmones y, como en
el caso del corazón, les ayudará a liberarse de tensiones profundas.
La frase puede ser: "La respiración ahora es tranquila..., tranquila
y vivificante". Ya sabe, no hay una fórmula: simplemente hable
con sus órganos, ayúdelos.
3.
Insista también en el abdomen, especialmente en los intestinos,
y también en el sistema urinario: vejiga y riñones. Imagínelos funcionando
a la perfección, sin tensiones. Y si tiene problemas de arenilla,
véase expulsándola sin dolor. Y utilice también la imaginación si
los problemas son intestinales. Pero, en todo caso, hábleles, tome
conciencia de que esos órganos son su vida y debe cuidarlos, agradecerles
cuanto están haciendo por usted. Porque usted, en el mejor de los
casos los ignora.
Voy
a contarle una anécdota: un día, en casa, vi a mi hijo mayor, entonces
de unos pocos años, sentado en el pasillo y con dos botas viejas
en las manos. Las acariciaba suavemente y, al tiempo, hablaba con
ellas en voz baja. Lógicamente, mi primer pensamiento fue: "A
este chaval no le funciona bien el coco". Pero teniendo en cuenta
su actitud abstraída y su placidez, empecé a observarle. Él seguía
ausente, acariciando las botas y hablándolas. Finalmente me vio
y vino hacia mí. Como no había oído qué les decía a las botas, le
pregunté qué estaba haciendo. Y su respuesta fue:
-Nada,
que mamá va a tirar estas botas porque ya están viejas.
-Sí,
claro -repuse-, pero, ¿qué les decías?
Y
con toda naturalidad, como si eso fuera algo normal, explicó:
-Pues
les daba las gracias. Date cuenta de que han muerto por defender
mis pies. Si no hubiera sido por ellas...
Y
siguió hablando, expresando el afecto que sentía por esas botas
que tanto habían hecho por él.
Ahora,
saque usted la conclusión. Pero piense que un niño entendió que
no sólo corazón y páncreas, sino incluso las botas que había llevado,
merecían su agradecimiento y su amor.
4.
Relaje ahora el sistema sanguíneo. Actúe también con la imaginación
y la palabra y lentamente irá notando una creciente y agradable
sensación de calor. Es el calor que produce la apertura de los vasos
sanguíneos dando lugar a la llegada de mayor cantidad de sangre
caliente al interior del cuerpo.
5.
Para relajar el sistema óseo basta con concienciar la idea de que
los huesos están sueltos, de que ya no los sostenemos ni nos sostienen.
Les quitamos peso y pueden descansar. Luego, observamos cómo una
corriente de energía los va vivificando.
6.
Si sufre de artrosis, de úlcera o de cualquier otra dolencia localizada,
actúe sobre ella. Ya sabe: concienciar su relajación, vivificar
la parte dañada con una aportación de energía y establecer una corriente
de comunicación positiva. Y no lo dude. Como ya he explicado, la
mente, y más en estado de ritmos bajos, posee un gran poder, un
poder total sobre el organismo. Y lo que puede parecer más sorprendente
todavía: sobre la mente misma. Aunque a nadie debería sorprender
que la mente ejerza poder sobre la mente. Porque, en realidad, lo
que esta frase significa es que la mente ejerce poder sobre el cerebro.
Ya que éste no es la mente. Y esto, que empiezan a admitirlo hasta
los científicos más positivistas, es lo que permite que podamos
actuar sobre la materia, sobre nuestro propio cuerpo y sobre nuestro
psiquismo. No voy a entrar aquí en la forma en que actúa la mente
y, en definitiva, qué se supone que es la mente; pero sí quiero
insistir en el terrible poder de eso que llamamos mente y que podemos
movilizar con extrema facilidad. Basta con aceptarlo, con creerlo.
Eso que alguien que no sólo amó sus botas, sino hasta su cruz, llamó
tener fe.
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