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  Relatos de otra dimensión
 
Para un mejor conocimiento de CONDENADOS A PALABRAS transcribimos a continuación el inicio del último de los relatos del libro.

INICIO RELATO:
EL DIA DEL GRAN PRODIGIO
Primero fue el estremecido golpeteo de las campanas de San Edelmiro Gaudencio. Luego, las máquinas de prender imágenes frotaron, estridentes, sus élitros metalizados y el mensaje esparció su sorpresa y espanto de un lado a otro del extenso valle de la Ciudad Muerta de Poniente.
En su palafito de jade y palo rosa, Homobono Urquidi, escudado en su trono de leones labrados, interroga un aire de silencios. Y Smith, Capitán de Arcabuceros, saluda marcial y rompe el silencio de temores con palabras de orgullo y sangre. Hipólito el Ungido, primero entre los Almuédanos, eleva sus dos dedos de bendecir y aspergia el aire con una salmodia de precavidos pactos y perdones. Azahor, el Gran Vendedor de Abalorios, calcula en el ábaco de su codicia y ofrece promesas de números y opresiones.
Ajeno al Gran Prodigio, en el Pilón de los Arenales, Tocho el tonto, con su baba de sonrisas sin palabras, recorre las cuentas de sus dedos en un balbuceo sin fin. Y su cuerpo, desnudo, se viste de luces y sombras entre agua y sol.
El mensaje ha anidado en puertas y ventanas. Y la Ciudad Muerta de Poniente ha suspendido el aliento. Ojos y latidos están prendidos en los élitros-pantallas que recogen la hiriente luz del Gran Prodigio.
Homobono Urquidi, fetalmente seguro en su trono de leones labrados, da órdenes de codicia y sangre. Y su imagen se yergue con palabras de reto y orgullo. Son palabras hinchadas y picudas que remueven un aire estancado y podrido y se hincan, punzantes, en la luz metálica del Gran Prodigio.

El mulato Nepomuceno Expósito, conductor de carretas, ha llegado a la Ciudad Muerta de Poniente con su primer cargamento de tullidos. Y el sol juega en el vacío de los miembros amputados. Boby, el canónigo de la voz triste, preside la caravana. Y sus cantos gregorianos prenden rezos de esperanza en el halo lenticular de la nave del Gran Prodigio, llegada de cielos ignotos.
Con su sonrisa de baba y su ropa de harapos, Tocho el tonto cruza la Ciudad Muerta de Poniente. Una mosca bebe en su boca y Tocho se detiene y le habla con sonidos sin palabras. Tocho el tonto es feliz. Y en su risa sorbe baba y mosca. Y hay un aleteo de agonía y un ronco gemido de tristeza.
Los Invictos de Smith, Capitán de Arcabuceros, avanzan marciales con su cargamento de metralla y muerte. Las odaliscas de Puertagrande suspiran en los balcones. Y el pueblo sonríe. Las armas alivian el temor. Y en la metralla hay sangre y placer. El pueblo sigue a los Invictos de Smith y éstos van tras las carretas doradas del mulato Nepomuceno Expósito. El miedo busca en la muerte y la muerte en la esperanza. Tocho el tonto, con su dolor de mosca y baba, busca el olvido en Puertagrande.

En el valle de la Ciudad Muerta de Poniente, Anacleto Morones, el Anacoreta, contempla extasiado el Gran Prodigio. Y su mano de ayunos roza, sobrecogida, el halo lenticular que envuelve la ingrávida nave espacial.
En su jergón de los mil deseos, la anciana Odalisca de los Mares del Sur crepita en su fuego de suspiros y gemidos. Y su carne ajada, de amasada tuscona, ciega al Gran Prodigio, busca en la ropa de harapos de Tocho el tonto. Y hay un estremecimiento de ardores cuando extrae al aire de sus deseos el inmenso, inacabable, émbolo del amor que, entre harapos, esconde el tonto.

Anacleto Morones, junto al halo del Gran Prodigio, eleva sus dedos de anacoreta al cielo y explica. El pueblo, estremecido, se arrodilla. El Gran Prodigio viene de allí, de un lugar en el cielo. Y el dedo de Anacleto Morones, el Anacoreta, se inclina y, ahora, exige y acusa. Boby, el canónigo de la voz triste, entona el Laudamus te. Al que ponen flecos de voz las monjitas cantoras del Coro de San Lucas Lucatero. Los Invictos del Capitán Smith rinden armas. Y Azahor, el Gran Vendedor de Abalorios, ofrece sus cuentas de vidrio oscuro.
Tocho el tonto, con su sonrisa de baba, eleva un dedo y señala el rincón de los trofeos. La anciana Odalisca de los Mares del Sur, entre gemidos, reclama el émbolo inmenso, inacabable, que ahora late erguido, señalando también el gran calamar disecado que allí dejó en prenda el Viejo de las Pesquerías. Y la anciana Odalisca de los Mares del Sur se agita, deniega, es su trofeo. Eso, no. Y Tocho el tonto, sin sonrisa, sorbiendo su baba, dobla el émbolo del amor para guardarlo en su estuche de harapos.

Smith, Capitán de Arcabuceros, avanza fiero por entre el halo del Gran Prodigio y golpea, rudo, el metal de la puerta de la nave. Hay temor en todos los ojos. También en los ojos tristes del canónigo Boby, el de la triste voz.
La anciana Odalisca de los Mares del Sur se agita, deniega. Eso, no. Y el jergón de los mil deseos y el gran calamar disecado luchan en la oscuridad de Puertagrande, ajenos al Gran Prodigio.
La nave palpita bajo su piel de acero y el halo en que se protege, se expande en llamaradas tonantes que se elevan a un cielo de clamores y espanto. Smith y sus invictos retroceden presurosos y se guarecen tras los cañones de sus armas. Boby y el coro de las monjitas de San Lucas Lucatero se aferran al pentagrama de su Laudamus te. Anacleto Morones, el Anacoreta, ha unido su voz tonante a la tonante voz de la nave. Los tullidos arden y el pueblo huye a esconderse en los oscuros rincones de las palabras sin eco. En el cielo, sobre la nave que se agita colérica en el valle de la Ciudad Muerta de Poniente, el cuervo de la abominación surca caminos de negros presagios.
Homobono Urquidi, arrodillado en su trono de leones labrados, pide rezos y bendiciones. Hipólito el Ungido, primero entre los Almuédanos, con sus dos dedos de bendecir cuelga cruces de perdón en el aire pútrido del palafito.
En Puertagrande, la anciana Odalisca de los Mares del Sur, ajena al Gran Prodigio, descuelga el gran calamar disecado. Y Tocho el tonto lo acoge con besos de gozo y baba.

La nave espacial es fuego y cólera y su aullido de venganza recorre, enloquecido, los puntos de la rosa del valle de la Ciudad Muerta de Poniente. En el halo, en el fuego, hechos ceniza, yacen los tullidos traídos por el mulato Nepomuceno Expósito. Mil muertos y un milagro. El tullido Euremio Barreta no ha muerto. Y Boby, el canónigo de la voz triste, prende el gozo del milagro en un cielo de rojos-fuego. Las monjitas del coro de San Lucas Lucatero rodean con arpegios las notas de Boby, el canónigo de la voz triste. Tocho el tonto, ajeno al Gran Prodigio, acaricia la piel rugosa del gran calamar disecado. Al tiempo, su émbolo de baba, lúcido, autónomo, bombea a toda presión en el gran cilindro de vapores acuosos en que se abrasa la anciana Odalisca de los Mares del Sur.