
Desde los lejanos tiempos del Dragón Rojo, las granadas del odio no habían dejado de caer sobre el país de las Colinas de Fuego. Y ahora, la lengua de sangre que escupía muerte estaba llegando a la pequeña aldea de las Pagodas del Sol.
Suan Li, la maestra dulce de voz de cristal, se une a los hombres que permanecen en la aldea. Al anciano guía de los senderos ocultos, al rudo administrador local, al enérgico médico de ojos penetrantes. Y en el pórtico de cerezos de la Pagoda de los Mil Pájaros se habla de horrores de guerra. A unos cinco soles de camino, por las heladas paredes de la Boca del Diablo, hay un campamento de auxilio, dice el médico de ojos penetrantes.
Y la dulce Suan Li habla con palabras de cristal. ¡Hay que salvar a los niños! Sus padres nos los han confiado; yo iré. El rudo administrador local golpea el suelo con su risa grave y el anciano guía de los senderos ocultos sonríe triste a las palabras de cristal de la dulce Suan Li. Los niños, dice el médico de ojos penetrantes, jamás llegarían al campamento de auxilio. Morirían en los dientes helados de la Boca del Diablo. Iremos nosotros a pedir ayuda, dice. Y Suan Li, la dulce Suan Li, calla, pero una nube llora en la pequeña aldea de las Pagodas del Sol.
El médico de ojos penetrantes habla de caminos y de días, su dedo traza líneas en el bambú de un mapa. De pronto, el trueno estalla con más fuerza y rompe las frágiles casas de madera y porcelana. Las granadas llegan por caminos de odio y caen una tras otra sobre la pequeña aldea de las Pagodas del Sol, que se apaga en una noche de humo y carne triturada.
La pequeña aldea de las Pagodas del Sol ya no existe, los tres últimos hombres que protegían a los niños han muerto y han muerto muchos niños también. La dulce Suan Li cree haber muerto con el anciano guía de los senderos ocultos, con el rudo administrador local y con el enérgico médico de ojos penetrantes, pero no, y no lo entiende; está ahí, abrazada a su hijito muerto, enterrando, con su hijito muerto a la espalda, a los otros niños que recoge a trocitos, aquí unos ojos, allí una mano, en las antiguas calles, ahora barro, de la pequeña aldea de las Pagodas del Sol. Y con las manos llenas de trocitos de muerte de niño, que va recogiendo, recuerda las antiguas historias de bayonetas que buscan el pecho tierno de los niños. Y Suan Li, la dulce Suan Li, grita con su voz de cristal. ¡Hay, que salvar a los niños!
La dulce Suan Li ha besado cada uno de los fragmentos de muerte de niño, los ha ordenado en cajitas de bambú dorado y las ha enterrado en el cono de barro abierto por una granada. A su hijito lo ha lavado con agua de sándalo rojo y vestido con las sedas bordadas del Día del Gran Pájaro Negro. Durante horas lo ha mecido en la cuna y le ha cantado, con su voz de cristal, la oración del viejo misionero de rotas sandalias. Hay un Dios que ama a los niños... y la voz se quiebra y el cristal se rompe y Suan Li, la dulce Suan Li, devuelve a la tierra a su hijito muerto. Ahora todos son sus hijos. Y veinte cabezas de ojos de almendra van tras ella jugando. ¡Hay que salvar a los niños!
Primer sol. Suan Li, maestra dulce de voz de cristal, arrastra sus pasitos cortos por los arrozales de los grandes lodos. Veinte niños de ojos de almendra la siguen. Buscan la ropa de la dulce Suan Li. Buscan el cuerpo de la dulce Suan Li. Y la dulce Suan Li les habla con su voz de cristal. Hay un Dios que ama a los niños... y de vez en cuando los levanta del agua y, dulcemente, con sus dedos de porcelana, les arranca las sanguijuelas de los arrozales. Los niños ya no juegan y hay un río de dolor en sus ojos de almendra. El trueno sigue hablando con palabras de sangre y de odio, y los niños de ojos de almendra fuerzan sus piernas con temor: La dulce Suan Li va delante. Y los envuelve con su voz de cristal. Canta himnos que alargan el paso. Y avanza. Avanza. ¡Hay que salvar a los niños!
Segundo sol. Los niños tiemblan bajo su ropa de valle y extienden su frío al sol. La dulce Suan Li les besa y da nueces y pan. El calor vuelve y los pasitos cortos buscan la montaña. La tierra es áspera y agrieta el frágil calzado. Las piedras hirientes rasgan la carne. El sol pone un techo de fuego sobre las cabezas de ojos de almendra. Los
arbustos espinosos son
lanzas que buscan la piel. Suan Li, la dulce Suan Li, les habla con palabras de cristal y limpia las lágrimas. Sus besos buscan las heridas y las cubre con bálsamo de ternura. El camino asciende y pájaros negros de pico de muerte planean sobre ellos. Son los pájaros que siguen el trueno de sangre del hombre. Y planean sobre la carne tierna. Suan Li los ahuyenta con el vuelo breve de pequeñas piedras. Y hace avanzar a los niños de ojos de almendra cubriendo sus cortos pasos, sus cansados pasos, con el muro de su frágil cuerpo. Suan Li, la dulce Suan Li, no sabe que los pájaros negros de pico de muerte están ahítos y que sólo buscarán vísceras en las cómodas entrañas de los niños agonizantes, los que ella vaya dejando abandonados como granos de maíz podrido. Pero la dulce Suan Li no lo sabe y se hace muro y se prolonga en el breve vuelo de pequeñas piedras. Y avanza. ¡Hay que salvar a los niños!
Tercer sol. Los primeros hielos ponen astillas en el aire fatigado de los pulmones de los niños de ojos de almendra. La dulce Suan Li, a un lado, se mira en el pequeño espejo de nácar de sus noches de amor con Wuan Li. Con sus dedos recorre asombrada su piel de porcelana, ahora esponjosa. Cubre asustada su rostro con el pañuelo de seda de los días de la Fiesta del Arroz. Wu Hué, el niño de ojos de almendra de luna, busca su mano. La Dulce Suan Li le acaricia y el niño mira y señala los dedos que eran de porcelana. Suan Li, la dulce Suan Li, llora tras el pañuelo que cubre su rostro y esconde sus manos en el vestido. Suan Li, la dulce Suan Li, finge que juega a esconder las manos en el vestido. Y la dulce Suan Li, la de la voz de cristal, quiere hablar a Wu Hué, pero su voz se rompe en un gemido fosco con ecos de caverna. La dulce Suan Li finge no poder hablar y Wu Hué juega a hablar por ella. Suan Li, la de la voz con ecos de caverna, avanza con Wu Hué cogido a su vestido. Los otros diecinueve niños de ojos de almendra la siguen. La dulce Suan Li avanza. Avanza. ¡Hay que salvar a los niños!
Cuarto sol Suan Li, la de la voz con ecos de caverna, se ha mirado y, triste, ha roto el pequeño espejo de nácar de sus noches de amor con Wuan Li. Los niños resbalan en el camino de hielo y buscan la dulce mano de la dulce Suan Li. En el cielo las nubes de invierno afilan sus rayos de fuego. Suan Li, la dulce Suan Li, que ha envuelto su cuerpo todo, sus manos y rostro, Suan Li, con sólo sus ojos de noche sin luna al aire, trepa y empuja, se agita y juega. Los niños la imitan y el hielo es un tobogán de risas entre oquedades de vértigo. Avanzan. ¿Avanzan todos? Cao Li no avanza. Cao Li , el niño de los ojos de almendra de cielo, tiene la mirada fría y el cuerpo marchito.