
La pálida mano de Dimitri Kabalevski golpeó, enérgica, el aire y los primeros compases de su Quinta Sinfonía inundaron el recinto del Teatro Real.
Las notas se sucedían suaves en un moderato que me sumergió en una atmósfera terriblemente triste. Los instrumentos de cuerda lloraban la ausencia de un amor vivo, tonalmente palpitante, cuya presencia reclamaban los instrumentos de percusión con golpes breves y lúgubres, con insistentes aldabonazos en la puerta de un retumbante más allá.
El andante se abrió paso con una nota larga, sostenida, insistente, que halló el eco de otra voz de cuerda surgida de un mundo erizante. Y dos almas se abrazaron en un dilatado diálogo de languideces. Pero había algo insidioso, corrosivo, en aquel diálogo tonal arrancado del silencioso reposo de la muerte con el bárbaro golpear de las voces de metal.
El allegro se esparció por el recinto y Dimitri saludó con la batuta el triunfo de un amor que había vencido a la muerte. Pero en aquel triunfo había un pérfido secreto que me estremeció.
Los aplausos se elevaron estruendosos, insistentes.
Uní los míos y, sobrecogido, no pude evitar pensar que esa Quinta Sinfonía, que Dimitri había estrenado en Viena unas semanas antes, encerraba todo el misterio de la muerte de Renata. Aquella muerte cuyo dolor comentaron las publicaciones de todo el mundo.
Recuerdo con qué avidez nuestro mundo, nostálgico de romanticismo, devoró las páginas en las que Dimitri Kabalevski, el compositor, pianista y director de orquesta más famoso de nuestro tiempo, lloraba la muerte de su esposa Renata. Una muerte en la que yo, ya entonces, intuí el espeluznante misterio de lo paranormal, un misterio al que, estremecido, tuve que enfrentarme dos años más tarde.
Mi amistad con Dimitri se inició el mismo día del concierto, pocas horas después de abandonar el Teatro Real, cuando acudí a la Embajada de Austria invitado a una cena en homenaje del famoso compositor.
Casualmente pocos días antes había sido nombrado embajador en Madrid el barón Clemens Krauss, miembro distinguido de la Sociedad Austriaca de Parapsicología, con el que mantenía una sólida amistad que no dudo en calificar de fraterna.
Y Clemens, lo supe al llegar a la Embajada, no me había invitado llevado simplemente por nuestra amistad.
-Sé que estas reuniones te fastidian -me dijo al recibirme-; pero he querido que vinieras porque Dimitri lleva tiempo hablándome de unas manifestaciones paranormales que creo te interesarán.
No era el Dimitri de gesto enérgico que había contemplado ante el atril en el Teatro Real. Mantenía, sí, una cierta altivez que achaqué a su ascendencia aristocrática, pero todo en él era de una fragilidad extrema. Lánguido, tenue, casi espectral, me pregunté de qué realidades viviría aquel hombre, joven aún, que parecía mantenerse unido al mundo por el solo lazo de una turbia vibración constantemente próxima a extinguirse.
-Clemens me ha hablado de usted -me dijo al serle presentado-. ¿Le importaría -pidió en un susurro- quedarse unos minutos con Clemens y conmigo cuando termine la cena?
Los minutos se dilataron en largas horas que alcanzaron el amanecer. Dimitri estaba ansioso por encontrar respuestas definitivas a sus angustiados interrogantes.
-La he visto, créanme; aunque ahora tan sólo sienta su presencia. Y sé, no me pregunten cómo, que si sigo vivo es gracias a ella. Precisamente a ella que está muerta.
Aquel día Dimitri nos hizo confidencias que dudo haya compartido con otras personas. Así conocí no sólo su vida, sino también las numinosas sensaciones que le mantuvieron y todavía le siguen manteniendo unido a Renata.
Dimitri nació en Austria. Descendía de una familia de nobles armenios que se expatrió huyendo de la Revolución Rusa.
-Mi niñez fue triste. Conocí todas las vejaciones de la más extrema pobreza.
Pero Dimitri poseía entonces ya una extraña capacidad de atracción.
-Nunca he sabido por qué las personas se sienten poderosamente atraídas por mí. A veces pienso –sonrió- que mi fragilidad despierta sus más nobles sentimientos.
El niño Dimitri aprovechó la ventajosa situación que le proporcionaba su extraña capacidad de atracción. Protectores poderosos, primero, e instituciones, después, hicieron posible que surgiera, esplendoroso, el mundo de armónicos sonidos que llevaba dentro. Muy joven, Dimitri alcanzó una fama que muy pocos compositores han conocido.
-Pero la verdad es -y la voz de Dimitri adquirió una grave resonancia- que esa misma capacidad de fascinación que ha hecho de mí cuanto soy, intuyo no es ajena al constante pesar que me abruma.