INICIO
  Relatos de otra dimensión
 
Para un mejor conocimiento de CONDENADOS A PALABRAS transcribimos a continuación el inicio de uno de los relatos del libro.

INICIO RELATO: TRÁGICA INSPIRACIÓN
Di la enhorabuena a Ignacio Alvarado con un fuerte abrazo, al que él correspondió sinceramente emocionado.
-No sabes cuánto me alegra que hayas vuelto a Madrid para estar con nosotros -me dijo manteniendo las manos afectuosamente apoyadas en mis hombros-. No te hubiera perdonado la ausencia en una ocasión como esta.
-¿Contento? -pregunté.
-¡Cómo no iba a estarlo! Figúrate, unos hijos inteligentes y sanos, una mujer admirable y ahora el máximo galardón literario. Todo esto cuando, tú sabes, acabo de cumplir cuarenta años. Sólo cuarenta años que -bromeó- ni siquiera aparento.
-Total: éxito, felicidad, dinero, salud... ¿No te asusta haberlo conseguido todo?
-No... , no llega a asustarme; pero te confieso -repuso gravemente- que sí me estoy preguntando últimamente, ¿qué razón puede haber para que a unas personas la vida les niegue incluso lo imprescindible y a otras, como a mí, parece está empeñada en darme más de lo que puedo desear? y sin gran esfuerzo. Tú sabes...
El mayordomo introdujo en el salón a nuevos invitados.
-Perdona -cortó Ignacio dirigiéndose hacia ellos-, Alejandra está arriba, tiene problemas con el maquillaje -forzó la voz al alejarse-. Sube. Se alegrará de verte.
Subí por las lujosas escalinatas de mármol labrado que llevaban a las plantas superiores y recordé las últimas palabras de Ignacio. Tuve que admitir que, en efecto, el destino había sido sumamente generoso con él. Aquel muchacho de familia humilde con el que, de adolescente, compartí estudios y amistades, ilusiones y zozobras, al que esperaba el futuro incierto de un bufete de abogado, surgió de pronto con una obra literaria perfectamente estructurada y madura que en muy pocos años le dio fama y fortuna.Y esto ante la sorpresa de todos, aun del propio Ignacio que, carente de vocación artística, desconocía su talento de escritor. Ahora, a los cuarenta años, estaba celebrando en su fastuosa residencia de Puerta de Hierro, recién construida, la concesión del máximo galardón literario. Acababa de entrar en la historia y recibía el aplauso de toda una nación que se enorgullecía de su éxito.
Alejandra me salió al paso, joven, hermosa, irresistiblemente seductora, burbujeante como el mejor de los champañas. Sí, decididamente, Ignacio era un hombre excesivamente afortunado. Y yo también, pensé divertido, porque Alejandra me estaba saludando con una descarga de efusivos y sonoros besos. -¡Chico, qué difícil resulta verte! -exclamó con el último beso.
-¡Imposible... ! -ponderé contemplándola detenidamente a distancia-. No... -dramaticé-, no es posible que estés más atractiva aún que la última vez que te vi.
-Sí -rió-, mi esthéticienne está haciendo prodigios últimamente. Pero los cobra, no creas.
Bajamos al salón cogidos de la mano.
-Ahora en serio -se interesó-. ¿Qué vida llevas que no hay quien te vea?
-Ya sabes que viajo mucho...
-Viajar, siempre viajar -cortó despectiva.
Y me reprendió con un mimo cariñoso.
-Mira que te lo tengo dicho: Tú lo que necesitas es formar un hogar y dejarte de tonterías. ¿A quién se le ocurre ir por el mundo buscando fantasmas?
-Ya te acordarás de mí -sentencié alegremente- el día que aparezca un fantasma en tu alcoba.
Alejandra rió gatunamente.
-¡Menudos fantasmas los que encuentras tú en las alcobas!

Al terminar la cena salimos al jardín. La noche era espléndida. Y los invitados nos fuimos distribuyendo en grupos. Ignacio, Adolfo Ruiz, su editor, el joven y vacío comediógrafo Antonio Páramo, Jeanne Beauchamp, la conocida periodista francesa estudiosa de la obra de Ignacio, y yo nos sentamos en torno a la mesa más cercana a la piscina. Habíamos llegado hasta allí escuchando a Ignacio que se había adentrado en una disquisición sumamente compleja que parecía preocuparle, lo que no dejó de sorprenderme porque Ignacio habitualmente solía rehuir los temas abstractos.
-Creedme -estaba diciendo Ignacio-, hay que romper de una vez por todas con nuestra percepción del yo como centro de un ser separado y aislado. Estamos tan absortos en la ilusión del yo-mismo como ego separado, que no somos capaces de comprender nuestro auténtico sí-mismo.
-De acuerdo -cortó Ruiz-, acepto tu filosofía a lo vedanta, pero no me negarás que no se trata más que de filosofía, porque, a fin de cuentas, lo que vale no es tanto lo que soy, sino lo que creo ser.
-En cierto sentido, sólo en cierto sentido -rectificó Ignacio-, porque la verdad o, lo que es lo mismo, la realidad, se sigue manifestando al margen de lo que creamos nosotros.
-Yo opino, Adolfo -se dirigió Jeanne Beauchamp a Ruiz- que tu forma de enfocar la realidad es el resultado del error de aislamiento de que está hablando Ignacio. Antepones tu realidad a la realidad porque antepones tu ego al ego de la totalidad.
-Este trabalenguas lo tengo que dar yo en una de mis comedias -comentó jocoso Antonio Páramo, al que nadie hizo caso.
-Sí, Adolfo -cogió de nuevo Ignacio el hilo de la disertación-. La razón de nuestro problema está en el modo de sentirnos y concebirnos seres humanos. Nuestra percepción sensorial nos lleva a la ilusión de que terminamos donde termina nuestra piel, y esto nos conduce a la creencia de que somos centros separados de sensación y de acción. Lógicamente, este falso concepto de individualidad nos sitúa frente a la Naturaleza, a la que consideramos algo extraño y ajeno a nosotros, algo, en consecuencia, que debemos conquistar, cuando la realidad es que no somos, ni mucho menos, ajenos a la Naturaleza, sino expresión de ella. Nosotros no venimos a este mundo, sino que le salimos, le crecemos, como surgen y crecen las hojas de un árbol. En definitiva, somos Naturaleza.
-Pero -insistió Adolfo-, no negarás que, a pesar de todo, poseemos una individualidad.
-Sí -concedió Ignacio-, pero no de la forma que la concebimos. Yo imagino al mundo...
-Has dicho yo imagino; tú, tú imaginas, ¿te das cuenta? -cortó con una sonrisa de suficiencia Antonio Páramo-. Confiesa que has picado. Mucho hablar de que no existe el yo...
Ignacio le miró con gesto resignado, pero sólo Jeanne se atrevió a expresar lo que pensábamos.
-Anda, majo, ¿por qué no te vas con los otros grupos a hablar de chismes, que se te da mejor?
-Sí, me voy -se indignó Antonio Páramo-, porque no decís más que chorradas.
Y se alejó erguido en dirección al grupo donde se encontraba Alejandra.
Tras una corta pausa, Ignacio volvió a coger la palabra.