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  Relatos de otra dimensión
 
Para un mejor conocimiento de CONDENADOS A PALABRAS transcribimos a continuación el inicio de uno de los relatos del libro.

INICIO RELATO: EL FULGOR DEL ODIO
Entró sujetando el sombrero sobre el pecho y con la mirada indecisa. A una invitación mía, tímidamente tomó asiento.
En tanto daba la vuelta a mi mesa de despacho para sentarme en un butacón junto a él, contemplé su envejecido rostro, en el que se leía dolor y frustración.
-El doctor Ramírez me dijo que usted me esperaba…
Que conoce ya mi historial y creía que usted era…
Le miré y recordé las palabras de Ramírez: "Es la imagen del hombre demolido. Parece tener quince años más de los cincuenta que suma y todo en él es devastación".
Ante mi silencio, el hombre se encogió aún más en el asiento.
-Quizá no era hoy el día…
Le tranquilicé.
-Sí; hoy es el día y precisamente para que podamos estar más tranquilos tan sólo le he citado a usted.
¿Un whisky?
-No, muchas gracias; alcohol, no.
Le serví un zumo, que bebió de un trago, compulsivamente. Más que beberlo se lo arrojó a la garganta como el que arroja el agua de un cubo a un fuego que quiere sofocar. Recordé uno de los párrafos del informe que me mandó Ramírez: "Si no logras que vierta hasta la última palabra, arderá en ellas."
Le hablé suavemente, intentando abatir sus defensas con el persuasivo tono que había dado a mi voz.
-Supongo que el doctor Ramírez le ha hablado ya de la necesidad de someterle a un estado regresivo. Algo totalmente inofensivo. Una especie de estado hipnótico que esperamos nos permita extraer el material que provoca esas imágenes que le perturban.
-Lo que usted disponga -asintió sumiso.
Pero supe que no había logrado vencer todas sus resistencias porque en un gesto instintivo sujetó aún más fuertemente su sombrero sobre el pecho.
Inducirle a estado regresivo supuso un largo combate. Tardé casi una hora en vencer el sólido baluarte que, en el transcurso de su vida, aquel hombre había levantado para protegerse del mundo. Pero al fin cedió el último reducto y pude transitar libremente por su vida.
-Ahora está muy relajado, muy tranquilo… Dígame, ¿cuál es su nombre?
-Ramón Cores Peña.
Su voz fluía sin obstáculos. Todo estaba en orden.
Tomé asiento a su lado, con el magnetófono a mano, y me dispuse a escuchar.
Habló de suaves mareas en el claustro materno. De blancas blandas paredes gelatinosas. Revivió el cálido dulzor de la leche materna. Y fue creciendo en un recuerdo grato, sin traumas, recuerdo de dulces brazos que acunan, de voces suaves, acariciantes, de pañales limpios… Y hubo hasta un beso del niño Ramón a su padre que el adulto don Ramón, en hipnosis, arrojó al aire de mi gabinete. No encontré sino amor en su plácida infancia. Y esto me extrañó. Es cierto que sabía ya, por el informe de Ramírez, que el primer gran dolor del que don Ramón era consciente le llegó a los doce años, cuando la guerra civil le arrebató a su padre. Pero ese dolor tardío no explicaba, a mi entender, las amenazantes fantasmagorías que ahora le atormentaban, que estaban devastando su vida. Yo esperaba encontrar la causa en su infancia. De ahí que buceara en sus más profundos niveles de conciencia.
Y obcecado, volví una y otra vez a la infancia de don Ramón y pregunté, pregunté, pregunté. Rastreé todos los minutos de sus más tempranas vivencias. Hurgué en sus más lejanos recuerdos. Y sus recuerdos estaban llenos de unos padres felices en un hogar estable. Hubo, sí, pequeñas dudas, temores intuidos, pero insuficientes.
El primero cuando nació su hermano Carlos.
-Es malo -dijo.
-¿Por qué es malo?
-Todos van a verle.
-¿A ti no?
-También.
-¿Tú le quieres?
Y el niño Ramón estalló gozoso en la voz de don Ramón.
-¡Le quiero mucho!
No, incomprensiblemente no estaba en la infancia de don Ramón el fuego que le ahogaba. Y decidí adentrarme en una adolescencia que ya sabía desgraciada por el informe de Ramírez.
Posguerra. Primogénito de tres hermanos a los que había que cuidar y alimentar. Una madre que envejecía en la lucha diaria por sostener una familia sin padre.
Humillaciones, frustraciones, angustia.
-Ahora tienes quince años. ¿Qué ves? ¿Qué sientes?
-Está enferma. Muy enferma.
Don Ramón se agitó y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
-No quiero que se muera…
Sentí una gran pena por aquel joven, casi un niño, al que había hecho nacer de nuevo con una simple regresión hipnótica. Por eso rompí la cinta de los recuerdos.
Sabía que si no le transfería a otra edad iba a vivir, con todo el hondo dolor de aquel día, la agonía y muerte de su madre.
-Ahora tienes dieciséis años. ¿Qué ves? ¿Qué sientes?
Lágrimas y dolor.
-Ahora tienes diecisiete años. ¿Qué ves? ¿Qué sientes?
Lágrimas y dolor.
-Ahora tienes dieciocho años. ¿Qué ves? ¿Qué sientes?
Lágrimas y dolor.
-Ahora tienes diecinueve años. ¿Qué ves? ¿Qué sientes?
Lágrimas y dolor.
Veinte, veintiuno, veintidós.
Surge la primera esperanza. Se llama Carmina.
-¿La ves?
-Está sentada…
La paz vuelve al rostro de don Ramón.
-¿Dónde estáis?
-En clase.
Ramón ha cuidado de sus hermanos, les ha dedicado todas las horas del día. Pero se ha dado a sí mismo las de la noche. Las horas no dormidas dedicadas a las clases nocturnas. A un bachillerato hecho con sueños robados, con vigilias ilusionadas. Y Carmina se ha unido ya a esas noches de gloria imaginada. También ella sueña con Ramón y en Ramón.
Veintitrés, veinticuatro, veinticinco…
Una boda rica en promesas une a Carmina y Ramón.
Tienen muy poco, casi nada; pero lo tienen todo.
Veintiséis, veintisiete, veintiocho…
En los sueños de Ramón siempre ha habido una gloria literaria. Y cada vez más le urge hacerla realidad. Cuando los hijos lleguen tiene que darles un nombre famoso.
Veintinueve, treinta, treinta y uno…
Los hijos no llegan. La fama tampoco.