
A
principios de año fui llamado por la Facultad de Filosofía y
Letras de la Complutense para dictar un seminario en torno a
los fenómenos paranormales en la brujería.
De esas charlas guardo la imagen terriblemente nítida de un
alumno que, sentado en el lugar más cercano a mí del hemiciclo,
absorbía prácticamente mis palabras en una actitud de tensión
casi trágica. Parecía escrutar cada uno de mis gestos, aun las
mismas inflexiones de mi voz, como si esos mínimos detalles
pudieran llevarle más allá de mis explicaciones, hacia un pensamiento
oculto, aún no conocido por hombre alguno, capaz de abrirle,
con la fuerza del fogonazo súbito y revelador, la puerta del
infierno en que parecía estar encadenado.
Yo sabía que acabaría por abordarme, por urgirme la respuesta
que no hallaba en mis charlas; de ahí que no me extrañó verle
avanzar hacia mí el último día del seminario. Le contemplé abiertamente
en tanto él recorría el corto espacio que nos separaba. Era
alto y de proporciones atléticas. Mucho más alto y atlético
de lo que parecía sentado en el hemiciclo. Pero un aparente
cansancio de siglos se había aferrado a su cuerpo. Un cansancio
que le ablandaba y apagaba su rostro.
-Perdone que le moleste ... -titubeó-, pero necesito hablar
con usted...
Con un gesto afirmativo atendí aquel ruego que esperaba y minutos
después tomábamos asiento en una cafetería cercana y, allí,
con voz atropellada...
-Me llamo Gustavo Balbín... este año me licencié en la especialidad
de Historia General y... , pero la verdad es que esto importa
menos; lo que importa es que usted, en sus charlas, ha hablado
de algo...
Gustavo inició el relato de sus vivencias, unas vivencias, que,
aun siendo siniestramente enigmáticas, entonces estábamos muy
lejos de sospechar no eran sino el principio de uno de esos
estremecedores acontecimientos que nos suspenden en el más abominable
de los abismos. Un abismo de angustia y terror que, desdichadamente,
acompañará a Gustavo, minuto tras minuto, todos los días de
su vida.
-Al iniciarse el curso -fue explicando Gustavo- varias compañeras
lanzaron la idea de realizar una gira por tierras de brujas
y hechiceros. La idea nos gustó y muchos nos unimos a ellas.
Pensamos que era una buena idea para pasar unos días agradables
pudiendo husmear, al tiempo, en una época de la historia que
a todos nos interesa. El primer viaje lo realizaron en marzo,
aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Así, un moderno
microbús, con su carga de alegres estudiantes, avanzó por el
valle de Baztán, camino de Zugarramurdi.
-Nuestra meta era el Prado de Berroscoberro. Todos sabíamos
que la secta de brujos de Zugarramurdi, famosa por el auto de
fe dictado en Logroño en 1610, celebraba sus aquelarres en ese
prado.
Nada tiene de extraño, por tanto, que, según me contó Gustavo,
al llegar al Prado de Berroscoberro, ya con los últimos rayos
de sol, a algunos de los estudiantes se les ocurriera preparar
la simulación de un aquelarre, improvisando los ritos luciferinos
descritos por los propios brujos quemados en el auto de fe de
1610.
-A pesar de que entonces, influidos por los textos de estudio,
estaba convencido de que la brujería no había sido otra cosa
que un fenómeno social, perfectamente comprensible y sin misterios,
aun así, no sé por qué, sentí estremecerme ante la idea de simular
un aquelarre. Pero, desdichadamente para mí, nada dije porque
me pareció un temor irracional. Además, no quise mostrarme cobarde
ante Rosa, a la que había convertido en algo más que mi novia
y a la que me sentía unido por un lazo afectivo que nunca creí
que pudiera romperse tan fácilmente. Rosa me parece ahora trivial,
carente de todo encanto, casi me irrita su presencia. Ahora
todo lo inunda esa aparición que día a día me va sumiendo en
la más espantosa de las locuras.
Gustavo permaneció unos segundos en silencio, inmerso en sus
propios pensamientos. Maquinalmente levantó la taza con café,
que hasta entonces había ignorado, y la apuró de un golpe. Me
miró, y en sus ojos había temor.
-No debí encarnar el papel de Juan de Goiburu -dijo con voz
apagada.
Antonio, el alegre y despreocupado Antonio, siempre dispuesto
a convertir la vida en juego, fue quien asumió el papel de director
de una representación que resultó dramática para Gustavo.
y todos, todos excepto Gustavo, aceptaron alegremente las órdenes
que Antonio iba dando.
Luís, el obeso Luís, de rostro risueño, pasó a ser Maese Leonardo,
el diablo macho cabrío de las saturnales. -Búscate unos cuernos
y lávate el trasero, guarro, que te lo van a besar -le gritó
Antonio.
Elegir a Graciana de Barrenechea, reina de las brujas de Zugarramurdi,
resultó más difícil.
-No ... , tú no, Piluca, que tienes cara de bruja.