
Quedé
sumamente sorprendido ante el anuncio de la visita de Martín
Valdés. ¿Qué querría de mí? Tan sólo había hablado con él en
una ocasión, hará unos dos años. Coincidimos en el Congreso
Internacional de Parapsicología de Génova e intercambiamos unas
breves palabras tras la exposición de sus experiencias en torno
al comportamiento paranormal de las plantas.
Fue una brillante exposición que intuí no contenía sino una
parte, y quizá la menos valiosa, de los resultados de sus investigaciones.
Posteriormente, intenté entrar en contacto con él, deseoso de
que me orientara en unas experiencias que había iniciado en
torno a la comunicación hombre-planta. Pero nada conseguí. Su
respuesta fue un breve escrito en el que me notificaba no había
llegado a ningún resultado que pudiera serme útil; pero sin
añadir dato alguno en torno al estado de sus investigaciones.
Era la carta fría y distante que correspondía al hombre altivo
que había conocido en Génova. Una carta que impedía todo nuevo
intento de contacto con él.
Y ahora venía a mí. ¿Por qué?
Estreché su mano y le invité a sentarse. Rehusó los licores
que le ofrecí y no perdió un solo instante en exponer las razones
que le habían llevado hasta mí.
-En una ocasión usted se interesó por el estado de mis investigaciones.
Entonces no satisfice sus deseos. Sepa que investigo por el
placer de investigar. Y, por tanto, no me siento obligado a
las normas usuales de intercambio de conocimientos, que considero
ajenas a mí. Digo esto para que conozca no hubo razones personales
en mi evasiva de entonces. Pero ahora necesito su colaboración.
Una ayuda no muy importante, pero que, aún así, a cambio de
ella estoy dispuesto a abrirle mi laboratorio.
Martín Valdés fijó en mí su mirada interrogante. Una mirada
dura, de despótica superioridad. Por un momento estuve a punto
de negarle mi ayuda, pero confieso que el deseo de conocer los
apasionantes secretos que, pensé, guardaba en su laboratorio,
venció el impulso de humillarle con una respuesta despectiva.
-¿En qué consistiría mi colaboración?
-Algo muy sencillo. Necesito un sensitivo especialmente adecuado
para intentar la comunicación directa hombre-planta. Y también
que adiestre a ese sensitivo para que pueda utilizarle en experiencias
de sintonización psíquica.
-¿Sólo esto?
-Tan sólo esto. Una pequeña ayuda que no deja de tener su importancia
para mí. Usted sabe que mi especialidad es la electrónica y
que sólo por azar me he visto inmerso en el mundo de la parapsicología.
Además, vivo aislado en el campo. Todo esto le hará comprender
sin recelos que sea incapaz de encontrar por mí mismo al sensitivo
adecuado para este tipo de investigaciones. Además, no soy un
experto en técnicas de hipnosis regresiva. Hasta ahora he intentado
la comunicación hombre-planta mediante complejos aparatos electrónicos.
Pero estaba equivocado -admitió-
Necesito un buen sensitivo y espero que usted me lo proporcione.
Bruscamente, se levantó.
-Perdone, pero tengo otros muchos problemas que resolver. Espero
recibirle a usted y al sensitivo la próxima semana. Dígale que
deberá permanecer cerca de un mes en mi casa. Y encárguese usted
mismo de fijarle la retribución. Puede ser lo generosa que desee.
Con una sensación de alivio vi alejarse a aquel hombre que,
en su altivez, parecía creer que todo se reducía a un problema
de precio.
Martín Valdés vivía a unos kilómetros de Ávila. En un paraje
solitario. Habitaba una antigua mansión blasonada en la que,
sólo entrar, percibimos los efluvios de su carga psíquica de
siglos de historia.
Una vieja sirvienta nos acompañó hasta una amplia sala de altas
paredes.
Pablo la recorrió varias veces, acarició luego los desflecados
tapices, presionó las manos sobre el raso de las sillas y permaneció
estático con el rostro contraído en un gesto de desagrado, ante
un historiado bargueño.
Le contemplé sonriendo. Me recordaba las meticulosas inspecciones
que efectúa mi gato cuando entra en un lugar por primera vez.
Pablo se acercó a mí con el resultado de sus sensitivas avenguaciones.
-En esta casa hay algo que no me gusta -dijo con expresión grave-.
No sé..., es como una fuerza hostil…
-En cuanto aparezca el dueño conocerás la razón de
estas emanaciones -bromeé.
Pero Valdés nos recibió con una afabilidad que me desconcertó.
-El sensitivo, supongo -y, con una sonrisa acogedora, extendió
la mano.
-En efecto, Pablo Marín -presenté.
Valdés retuvo unos instantes la mano de Pablo. Parecía satisfecho.
-iMagnífico! -exclamo.
Se dirigió a mí: