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Para un mejor conocimiento
de CONDENADOS
A PALABRAS transcribimos
a continuación el inicio de uno de los relatos del libro.
INICIO
RELATO: ESTA
VEZ TE DARÉ MI
SUEÑO
 Han
transcurrido muchos años ya desde los trágicos acontecimientos
que dieron fama -triste fama- a <<Villa
Adriana>> . Pero a pesar del tiempo
transcurrido, cuanto allí acaeció sigue latiendo en mí con la
fuerza de algo constantemente vivo y punzante.
¡Pobre Adriana! Amó tanto a su marido, que ese mismo gran amor
la llevó a la más insólita y terrible de las venganzas.
Aun ahora, muchas noches, cuando los recuerdos de
<<Villa Adriana>> me alejan del sueño, escucho los
gemidos de muerte de aquel día y me siento culpable, porque
yo, que no aparecí en las reseñas de prensa que
recogieron los acontecimientos de aquel infausto día,
yo, no obstante, pude haber evitado la sobrecogedora tragedia
de <<Villa Adriana>>.
Hubiera bastado con atender el ruego que ella me hizo el primer
día que vino a visitarme:
-Por favor, ¡bórreme los sueños!
Avanzó hacia mí con los ojos húmedos de lágrimas, adelantó las
manos, y sujetando las mías, las estrechó suplicante:
-Por favor, ¡bórreme los sueños!
En aquellos momentos no era la Adriana sonriente, aparentemente
feliz y segura de sí misma que, durante años, había casi monopolizado
las páginas de sociedad de las publicaciones ilustradas. Su
deslumbrante belleza, juvenil y serena, estaba ensombrecida
por el dolor y un gesto profundamente amargo distorsionaba su
rostro. Pero había algo en ella que seguía vivo y juvenil, que
parecía haberse ennoblecido con el dolor. Eran sus manos. Aquellas
incomprensibles manos florales, largas, palpitantes, con las
que acompañaba cada una de sus palabras. Manos que podían despreciar
o halagar con un mínimo movimiento.
Y aquellas manos, que habían sido hechas para acariciar y ser
acariciadas, perdieron su languidez y se crisparon sobre las
mías.
-Usted lo puede hacer. Bórremelos -gimió.
Pedí a Adriana que hablara, que vertiera su angustia en palabras.
Y Adriana habló, habló, habló. Por primera vez confió a alguien
el terrible dolor que marchitaba su vida:
-Aun cuando yo entonces no podía saberlo, la felicidad de nuestros
primeros años de matrimonio quedó truncada el día que tuve el
primero de aquellos sueños. Recuerdo que me desperté sollozando
en medio de la noche. Había sido una pesadilla espantosa. Empapada
en sudor, temblando aún, me refugié en los brazos de Hugo. Y
le conté aquel sueño terriblemente lúcido, del que recordaba
los más mínimos detalles.
Adriana se extendió en una pormenorizada descripción del sueño.
Y yo dejé que los recuerdos fueran dictando su propio orden
y medida.
-Una semana después -prosiguió, volviendo al hilo de su relato-
Hugo llegó terriblemente excitado del trabajo. Nerviosamente,
puso un periódico ante mis ojos y me señaló un lugar de la página.
Aterrada, leí mi propio sueño. Allí estaba el choque de trenes.
La descripción toda del accidente, y también, y esto fue lo
que me llenó de pavor, las fotografías reproduciendo los mismos
rostros ensangrentados que me hicieron gemir en sueños. El lugar
del siniestro, los nombres de las víctimas, todo coincidía.
Y comprobé, sobrecogida, que era yo quien más sabía del accidente.
Porque yo conocía sus causas, las causas que, según el periódico,
estaban buscando los expertos.
Durante semanas, Adriana vivió el temor de tenerse que enfrentar
a un nuevo sueño precognoscitivo, a uno de esos sueños lúcidos,
con fulgor propio, tan distinto de los sueños normales. Se acurrucaba
en los brazos de Hugo, pidiéndole la despertara inmediatamente
si la veía agitarse bajo el horror de una nueva pesadilla pero
no había pesadillas en sus sueños y acabó por olvidar sus temores.
-Volví a mis noches tranquilas, convencida de que aquel horror
había muerto para siempre. Adriana llevó una de sus manos a
la frente. Permaneció unos segundos ensimismada. Luego, la mano
cayó y, como asustada, se enlazó a la otra.
-Llegó cuando más desprevenida estaba. Y fue una pesadilla todavía
más espantosa que la anterior. En el transcurso de unos pocos
minutos, Adriana vivió en sueños la terrible tragedia que conmovió
el mundo hace poco más de seis años. Un mes antes de que ocurriera,
y sabiendo que ocurriría un mes después, presenció el atentado
que nos situó al borde de una conflagración nuclear. Y ni uno
solo de los acontecimientos que siguieron al atentado escapó
de su sueño. Vio el pánico en miles de ojos, contempló el derrumbamiento
de importantes fortunas, transitó por entre cadáveres y acunó
en sus brazos estremecidos al niño perdido, agonizante, que
un mes después murió auténticamente en sus brazos.
-Mi primera reacción al salir de aquella pesadilla fue gritar
al mundo mi secreto. Sabía, estaba plenamente convencida, de
que el sueño se iba a realizar y quería evitar tanto infortunio.
Pero Hugo, tras escuchar el sueño, me disuadió de este intento.
Argumentó de mil formas que nadie me haría caso. Que me tomarían
por loca. Que la misma información que poseía se volvería contra
mí.
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