
LEONID
Sergeiev dejó caer su inmenso cuerpo en uno de los sillones
del amplio laboratorio. Parsimoniosamente sacó su vieja
pipa, que encendió. La pregunta surgió con la primera bocanada
de humo.
—Y bien, ¿qué opina? —
Creo que estás a punto de conseguir algo definitivo.
Leonid me miró fijamente; y sus ojos, siempre alegres,
acompañaron, risueños, las más sorprendentes palabras:
—Pues has de saber que posiblemente ese éxito que consideras
definitivo tan soló dependa de ti.
— ¿De mí?
Denegué una y otra vez enérgicamente. ¿Comó podía depender
de mí el resultado de unas investigaciones que estaban
muy lejos de mi especialidad?
—Pero, Leonid — intenté argumentar—, si esta mañana,
cuando he llegado a San Petersburgo, ni siquiera sabía
en qué consistían tus investigaciones...
Me miraba tranquilo, sonriendo como un buda feliz. Parecía satisfecho
con el espectáculo de mis exclamaciones.
—Bien... —me rendí—. Adelante. Di ya qué esperas de mí.
Leonid levantó fatigosamente su pesado cuerpo.
—Ven —dijo.
Crucé de nuevo las amplias estancias del primer piso
de la Universidad de San Petersburgo y, una vez más,
Leonid me llevó a su despacho de director del Departamento
de Fisiología. Buscó en su archivador y sacó una
carpeta que me entregó.
—¿La reconoces?
—¡Sí! ¡Claro!
Era el amplio protocolo de las experiencias telepáticas que
había efectuado con el paragnosta Fernando Roldán.
—Pero de eso hace mucho tiempo —murmuré—. Ni siquiera me acordaba
de que te hubiera mandado copia.
—Fue un magnífico trabajo —me dijo Leonid—; pero esto
tan sólo hemos podido saberlo ahora, cuando ha sido posible
someter tus intuiciones a mi sistema de controles fisiológicos.
Leonid llenó dos vasos y nos sentamos. Me mantuve expectante.
Había logrado intrigarme.
—Si observas a fondo el contenido de la carpeta — siguió Leonid—,
comprobarás que he completado tus observaciones con unas
hipotéticas conclusiones que, de ser ciertas, convertirían a
tu paragnosta en el primer auténtico telépata de la historia
de la humanidad. Por lo menos, de la historia conocida. Tú
has visto ya que mis experiencias se basan en las manifestaciones
fisiológicas relacionadas con la comunicación extrasensorial,
pero lo que no te he dicho aún, aunque lo habrás imaginado,
es que creo puedo utilizar esas reacciones fisiológicas para
potenciar, por lo menos en algunos casos, la capacidad telepática
del paragnosta.
—Y tú crees que Fernando...
—Sí. Es el sensitivo más apropiado para el experimento.
Pero no sólo por sus propias facultades paranormales,
sino también porque sus constantes parecen ser las más
adecuadas para establecer una comunicación extrasensorial plena
con Nelya Messing.
Leonid me pasó la fotografía de una muchacha joven, de
mirada soñadora. Contemplé aquel rostro agraciado, de
una languidez turbadora, al que enmarcaba el centelleante halo
de una sedosa cabellera rubia.
—Tiene la misma suave luz que las noches de San Petersburgo
—comenté. Leonid sonrió ante lo que consideraba el cumplido
de un caballero español, y prosiguió:
—Nelya es una sensitiva excepcional. Y parece el complemento
perfecto de Fernando Roldán. Estoy convencido de que
están fisiológicamente más unidos que dos gemelos univitelinos.
Ante mi sonrisa, Leonid comprendió lo que imaginaba y sonrió
también.
—Quién sabe... —comentó—.
Quién sabe si efectivamente algún día podremos emparejar a la
humanidad en unidades telepáticas y otorgarle, así, la más
plena de las felicidades. En todo caso—añadió—, esto depende
en gran medida de Fernando Roldán y de ti. Le necesito
a él, pero lo necesito contigo. Sólo tú cuentas
con su confianza. Además, le has investigado a fondo y conoces
todas sus reacciones. Yo diría, incluso, que sabes de él
lo que quizá a nosotros nunca nos diría, y no creo necesario
aclararte que toda información es poca en este tipo de investigaciones.
Aparte de que necesito también tus conocimientos en el campo
de los fenómenos psigamma.
Intenté protestar ante un elogio tan desmesurado. ¿En
qué podía ser útil yo a Leonid, el científico que estaba
revolucionando el campo de la experimentación extrasensorial?
Pero Leonid dirigió uno de sus gruesos dedos hacia mí. Y lo
mantuvo fijo, gravemente fijo.
—Y, por descontado — insistió—, necesito también tu gran intuición
latina. Ya sabes —apostilló— que la parapsicología es
la ciencia de los intuitivos.
Y yo acabé aceptando complacido, demostrando así que
mi intuición no estaba a la altura de lo que Leonid valoraba,
porque en ningún momento intuí que esas experiencias iban a
ser causa de sorprendentes acontecimientos, de incontrolados
acontecimientos que se...