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Para
una más completa información de qué es, cómo cura, y qué
cura ANATHEÓRESIS le invitamos a leer el texto de la entrevista
que el Director de la revista Discovery DSalud, José Antonio
Campoy, hizo a Joaquín Grau, al publicarse el Tratado Teórico-Práctico
de Anatheóresis. Las claves de la enfermedad.
Cuando
Joaquín Grau me pidió que leyera su último libro
-Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis-
no pude sospechar ni por asomo el enorme alcance de su obra.
Cierto es que hace unos años yo mismo había asistido en
calidad de alumno a sus cursos -reciclaje incluido en el
bellísimo pueblo griego de Monemvassia, a donde nos llevó
a estudiar- y que le presioné muchas veces para que dejara
reflejado por escrito todo el conocimiento acumulado con
sus experiencias terapéuticas, pero no es menos cierto que
he quedado perplejo con su lectura. Y es que, en el breve
espacio de dos años, Joaquín Grau no se ha limitado a plasmar
sus experiencias y a explicar la terapia y sus fundamentos
sino que ha cimentado y estructurado un auténtico corpus
doctrinal, sólido, apoyado por abundante casuística y con
una metodología impecable. Una obra que tiene el fundamento
suficiente como para producir un cataclismo mundial en el
ámbito de la Salud y que, por ello mismo, va a provocar
reacciones probablemente virulentas. Aún sorprendido, se
lo dije sin rodeos cuando me entrevisté con él:
¿Eres consciente de que tu Tratado Teórico-Práctico
de Anatheóresis agrieta los cimientos
del edificio científico que sustenta el actual paradigma
de la Medicina y que si lo que afirmas es cierto, hay que
replantearse, entre otras muchas cosas, todo lo que se refiere
al diagnóstico y tratamiento de los enfermos?
Soy
consciente. Pero mi tesis responde al axioma comúnmente
aceptado de que no existen enfermedades, sino enfermos,
y de que la inmensa mayoría de éstas responden a problemas
que tienen su origen en uno mismo. El cuerpo se limita a
somatizar el problema. La diferencia es que yo he constatado,
después de 30 años de experiencia clínica, que la mayor
parte de las enfermedades, si no todas, son actualizaciones
de daños originados cuando el ser humano aún no ha alcanzado
los 7 o los 12 años, según los casos (tampoco todo el mundo
madura a la misma edad). Y cuanto afirmo puede ser fácilmente
contrastado con la práctica clínica.
Me temo que vas a recibir una respuesta gélida, cuando
no un ataque virulento, por gran parte de la clase médica
convencional...
Sé
que mis explicaciones serán negadas -si no ignoradas- por
aquellos científicos -cada vez menos, afortunadamente- que
siguen encerrados en la seguridad de las murallas que un
día levantaron Newton y Descartes. Comprendo ese miedo -que
no es sólo paradigmático, sino también biológico- porque
mi terapia ahonda hasta alcanzar los más escondidos y dolorosos
estratos de la psique. Sé que no he diseñado sólo una terapia
más, sino que explico también que existe otra forma de percibir
el mundo y la vida, otra forma de ser y de estar.
¿Y cómo surgió esa nueva visión?
La
comprensión y valoración de que existen distintas formas
de percibir -de ver y sentir la realidad- es el fruto de
una constante investigación que inicié en l960 y eclosionó
a principios de la década de los ochenta, cuando llegué
a la evidencia de que utilizando unos determinados estados
de conciencia, distintos del de vigilia, así como una dialéctica
apropiada a esos estados, era posible obtener una metodología
regresiva altamente terapéutica. Porque la Anatheóresis,
nombre con el que la he bautizado, no es una terapia fundamentada
en los procesos de percepción del hemisferio cerebral izquierdo
-que es el plano de conciencia que utiliza nuestra ciencia
mecanicista-, sino que tiene sus fundamentos y su justificación
en los procesos de percepción del hemisferio cerebral derecho,
acausal e interiorizador, que es el que realmente metaboliza
el conocimiento.
¿Y por qué el término de Anatheóresis?
Para
diferenciarlo de las distintas técnicas hipnóticas y regresivas.
¿Y por qué?, te dirás. Pues porque la terapia anatheorética
es mucho más que todo eso, es todo un cuerpo doctrinal científico
basado en la experiencia clínica, no en disgresiones mentales,
y no incluye creencias ni doctrinas. La Anatheóresis es
ciencia. Y si bien es cierto que utilizo, en algunos casos,
una estrategia basada en vidas anteriores, ello tiene una
razón puramente escenográfica, no doctrinal.
En cualquier caso, utilizas en ella las técnicas de relajación
¿Cuál es, pues, la diferencia básica con la hipnosis y la
sofrosis?
Ya
en 1878 el gran neurólogo Jean Martin Charcot explicó que
hay distintos grados de hipnosis y que cada uno de ellos
se traduce en una forma de percibir la realidad y, en consecuencia,
de reaccionar ante los estímulos. Por tanto, es un problema
de gradación, pero la relajación es hipnosis, como hipnosis
es también la sofronización; lo que las distingue es sólo
el grado de profundidad hipnótica. Y la diferencia básica
con la hipnosis profunda es que en ésta el paciente pierde
la conciencia -que es sólo un estado de amnesia-, mientras
que en la relajación y en la sofrosis no ocurre así y el
paciente permanece consciente. Y en Anatheóresis, además,
se le lleva siempre a un ritmo cerebral determinado, a 4
Hz. de frecuencia, en el umbral de la pérdida de consciencia
pero evitando que ésta se produzca.
¿Y por qué realizar la terapia exactamente a esa frecuencia
y no a otra?
Porque
mis investigaciones experimentales me llevaron a comprobar,
con los años, que el ritmo de 4 Hz. era la llave que abría
la cámara acorazada del hemisferio cerebral derecho y permitía
vivenciar y diluir los daños acumulados a lo largo de la
etapa de gestación, nacimiento y primeros años de vida de
todo ser humano. Constatando, además, que era sumamente
fácil llevar a un paciente a esos 4 Hz., que bastaba casi
una simple relajación profunda. Y te diré que cuando descubrí,
hace ya más de veinte años, la forma de inducir a un paciente
a 4 Hz. sin que se durmiera, varios científicos convencionales
me dijeron que eso era imposible ya que esa frecuencia reproducía
el estado hipnagógico y ello suponía, inevitablemente, entrar
en el estado de sueño fisiológico. Ha habido que esperar
a que la tecnología pusiera a punto sofisticados electroestimuladores
para que la neurociencia descubriera que, en efecto, estar
con altos trenes de ondas theta básicas no supone necesariamente
entrar en el sueño, así como para descubrir que ésa es la
frecuencia cerebral que mejor permite revivir acontecimientos
de la infancia e, incluso, anteriores. En suma, que hoy
la neurociencia ha corroborado lo que hace veinte años ya
venía diciendo. En fin, más vale tarde que nunca.
Tu método terapéutico descansa, pues, entre otros pilares,
en inducir en los pacientes ese estado de relajación profunda...
Exacto,
pero eso sólo en cuanto al tipo de inducción hipnótica que
la Anatheóresis utiliza; porque no hay que olvidar todo
el cuerpo doctrinal -teórico y práctico- que hay en ella.
Y cuando hablas de "daños", ¿a qué te refieres
exactamente? Sé que utilizas en el libro una terminología
muy explícita, pero no quisiera transmitir demasiados tecnicismos
a los lectores en un artículo divulgativo...
A
aquellos hechos emocionalmente dolorosos que todos, en mayor
o menor medida, sufrimos durante nuestra gestación en el
seno materno, durante el nacimiento y a lo largo de los
primeros años de infancia, y cuya energía retenemos y embalsamos.
Porque esa energía embalsada, que no fluye, al igual que
todo cuanto se encharca, acaba por pudrirse, lo que equivale
a unas sintomatologías que terminan siempre en somatizaciones,
en "enfermedades".
Y dices que todos los "daños" se originan antes
de los 7-12 años y que todo lo que posteriormente nos enferma
es sólo una actualización de esos daños.
En
efecto. Tras muchos años de terapias, pude constatar que
todos nuestros daños suelen tener su origen en el claustro
materno y el nacimiento; y que éste es más traumático cuanto
más traumático haya sido el proceso de gestación. Así como
que la biografía infantil -desde el nacimiento hasta los
siete o doce años (según los niños)- suele más potenciar
traumas anteriores que generar otros nuevos. Luego, alcanzada
la adolescencia, los impactos emocionales no son ya traumáticos
por sí mismos, sino que lo son en tanto activan un daño
originado en el transcurso de nuestra vida prenatal, natal
y, en grado descendente de intensidad, durante el período
infantil. Si enfermamos pasados esos más o menos doce años,
ello se debe a que todo cúmulo traumático reprimido hasta
esa edad -o sea, antes de que surjan en nosotros los ritmos
cerebrales beta maduros- es una carga de profundidad patológica
que, en estado de latencia, espera -energetizándose más
y más- el acto analógico que lo va a hacer estallar.
Es decir, que, a tu juicio, cada enfermedad responde
a la actualización de un problema emocional y afectivo concreto.
Claro.
Por eso no podemos decir que se cura la adicción a la heroína,
sino que se le devuelve la capacidad de vivir en el mundo
a esa persona que intenta una y otra vez volver al cálido
y seguro baño de endorfinas que era el útero de su madre.
Como no se cura la adicción a la cocaína, sino que se le
devuelve el equilibrio emocional a una persona cuyo trauma
afectivo le impulsa a cruzar todos los Andes de la vida
en una sola noche. Como no se cura una alergia, sino a una
persona que no traga a su jefe, a su familia..., o a la
que asfixia el ambiente en el que vive, o a la que manifiesta
en la frontera de su piel su rechazo del mundo exterior,
o... Como no se cura un sida, sino a una persona con tantos
y tan profundos huecos afectivos que no sólo desea morir,
sino también mostrarnos el espantable espectáculo de su
agonía.
La ciencia convencional no acepta esa tesis. Para ella,
ni un feto ni un niño muy pequeño pueden traumatizarse porque
aún no son conscientes de su entorno.
Eso
se debe a que la ciencia convencional sigue hoy afirmando
que no hay más que una forma válida de percepción: el estado
de vigilia, que es el estado habitual de conciencia. Y que
cualquier otra forma de percibir el entorno no es sino un
estado de conciencia alterado. O sea, una forma "patológica"
de procesar la información. Mira, Newton concibió el universo
como la obra de un excelso relojero y Descartes postuló
que el dualismo mente-materia era una realidad absoluta.
Pero hoy sabemos que ni el universo es un mecanismo de relojería
ni la mente es ajena a la materia. Eso suponiendo que exista
la materia, porque todo evidencia que sólo hay Conciencia.
Y que si las formas de percepción -o sea, las formas de
ver y sentir la Realidad- son innumerables eso se debe a
que los planos de conciencia, las formas de percibir la
Conciencia -o las formas en que la Conciencia se percibe
a sí misma- son también innumerables. Dicho de otra forma:
no hay un solo y concreto estado de conciencia válido, sino
innumerables planos válidos de realidad. Válidos y reales
dentro de su propio plano, aunque ninguno de ellos es la
Realidad. Porque para percibir la Realidad -esa realidad
que consideramos absoluta y que solemos denominar Dios-
deberíamos ser capaces de alcanzar la comprensión de la
conciencia toda, en su única y mandálica plenitud. Y eso
es algo que nuestros órganos de percepción están muy lejos
de alcanzar. Debemos comprender, en suma, que todos los
estados de percepción son estados de conciencia, que no
hay un estado real y válido -el llamado estado habitual
o de vigilia- y otros alterados o patológicos -los restantes
estados- sino distintas formas, todas ellas válidas, de
acercarnos a la Realidad.
¿Quieres decir con ello que un feto, aún en el seno materno,
no sólo percibe, sino que recibe impactos emocionales que
generarán en él los daños que el día de mañana somatizará
enfermando?
Exacto.
Pero no sólo vivencia cuanto ocurre dentro del claustro
materno, sino también cuanto ocurre fuera de él. Una especie
de percepción extrauterina. Mira, todo evidencia que en
los primeros meses de gestación el feto posee una conciencia
amplísima, casi ilimitada, que le permite elegir puntos
de focalización perceptiva, de forma que puede percibir
lo que sucede incluso fuera del seno materno; capacidad
que, poco a poco, mes a mes, se va reduciendo conforme la
percepción global se va identificando con un cuerpo -o se
va estructurando en forma de cuerpo físico- hasta quedar
presa -o fundida- en él. Perdiendo, así, esa amplia y libre
capacidad de percibir desde cualquier ángulo interno o externo.
Se ha comprobado que, en estado anatheorético, -el estado
llamado IERA: Inducción al Estado Regresivo
Anatheorético- los pacientes vivencian hechos concretos
que sucedieron mientras estaban en el vientre de su madre,
hechos que luego se constataron y no pudieron ser, en ningún
caso, recuerdo de algo que les contaron.
¿Entonces los estados de percepción en el ser humano varían
con el tiempo?
Ciertamente.
Y la casuística obtenida hasta ahora me permite describir
la evolución de esas fases perceptivas. El primer estadio
correspondería a la fase inicial embrionaria, en el que
el feto tiene una percepción global con predominio de las
vivencias arquetípicas primigenias. Corresponde a un estadio
altamente onírico en el que el embrión estaría totalmente
abierto a los impulsos de la madre. El segundo incluye la
época de madurez embrionaria y los inicios de la época fetal,
en la que el cerebro muestra una estructura con circunvoluciones
y corresponde a una percepción simbólica ya estructurada
mitológicamente. Sigue siendo una percepción sin yo, sin
focalización, abierta a todos los impactos, especialmente
a los emotivos procedentes de la madre, con la que se mantiene
-como en el primer estadio- en una simbiosis total, motivo
por el que el bebé inscribe en su sistema nervioso, en sus
células, en su cuerpo todo, cuanto emotivamente la madre
lleva escrito y cuanto la madre va "escribiendo"
en su mente. El tercer estadio intrauterino de percepción
se inicia entre el cuarto y sexto mes, momento en que el
bebé posee un cerebro totalmente estructurado neuralmente
y que abarca hasta el nacimiento e, incluso, hasta la época
preverbal. En él, la percepción se caracteriza por altos
trenes de ondas theta; una percepción, por tanto, que sigue
siendo altamente analógica, pero en la que la conciencia
muestra ya una notoria focalización. En este estadio, la
simbología arquetípica empieza a teñirse de connotaciones
personales. Así, el arquetipo amor puede ser ya, en este
estadio, un claro sentimiento de abandono, de rechazo, si
en anteriores estadios el bebé se ha sentido no deseado.
Finalmente, el cuarto estadio de percepción es el que corresponde
a la época preadolescente, fase en la que el niño inicia
la difícil conquista del ritmo beta. Es la fase de formación
del yo, la fase en la que el niño se limita ya a potenciar
los daños extrauterinos que pondrán dolor y enfermedad en
su vida, especialmente cuando sea adulto.
Estados de conciencia cuya existencia puede constatarse
e, incluso, "medirse"...
Cierto.
Porque aunque los procesos cerebrales siguen siendo una
incógnita para la ciencia, hay algo que sí podemos afirmar:
la existencia de cuatro estados básicos de conciencia, que
vienen definidos por la frecuencia de las ondas eléctricas
cerebrales, algo que puede comprobarse con un electroencefalógrafo;
banda de ritmos que va desde poco más de la respuesta plana
hasta 35 y más hercios.
En cualquier caso, al comentar el funcionamiento de los
dos hemisferios cerebrales, explicas en el libro que podríamos
englobar en un solo grupo los ritmos subjetivos de conciencia
y hablar así sólo de dos grandes bandas de frecuencia cerebral:
la de los llamados ritmos de ondas lentas o bajas -delta,
theta y alfa- y la del llamado ritmo de ondas rápidas o
altas: beta.
Cierto,
porque a fin de cuentas hay -globalmente hablando- dos formas
distintas -en algunos aspectos antagónicas- de procesar
la información. Una que corresponde al hemisferio cerebral
derecho -que funciona en la banda de ritmos de ondas lentas-
y otra al hemisferio cerebral izquierdo -que lo hace en
el ritmo de ondas rápidas-. Lateralidad demostrada científicamente,
aunque conviene precisar que, en caso de emergencia, cada
uno de esos dos hemisferios cerebrales puede asumir casi
todas las funciones del otro, aunque no las ejercite con
la misma perfección. Por otro lado, debo aclarar también
que si bien al hablar de hemisferios cerebrales parece me
refiero a la zona de la corteza cerebral. En cualquier caso,
lo que quiero resaltar es el hecho de que perceptivamente
nuestro cerebro está escindido en dos y que cada uno de
esos dos hemisferios -o sea, de esos "dos cerebros"-
es poco menos que un adversario para el otro, porque cada
uno ve la realidad de muy distinta manera, hasta el punto
de que ignoran que pertenecen a una misma persona. Y también
sabemos ya que el derecho -que rige la parte izquierda del
cuerpo- percibe de forma subjetiva, en tanto el izquierdo
-que rige la parte derecha- tiene su característica básica
en la capacidad de objetivar, de escindir la realidad entre
un dentro y un fuera, entre yo y el otro.
Creo que sería oportuno explicarle también al lector,
con mayor detalle, las características básicas de ambos
hemisferios. ¿Te parece?
Me
parece. Mira, el hemisferio cerebral izquierdo, por escindir
la subjetividad -que es unidad, globalidad, totalidad-,
crea la dualidad. Ya no hay una sola totalidad que lo llena
todo, sino que pasa a haber un dentro y un fuera, un yo
y unos otros y, lógicamente también, una causa y un efecto.
Así pues, todo proceso perceptivo de ese hemisferio cerebral
es causal, hay siempre una causa con su consiguiente efecto.
Y de ahí que nuestra ciencia convencional, que es básicamente
la ciencia del hemisferio cerebral izquierdo -la ciencia
newtoniana y cartesiana- deseche y, en general, considere
poco menos que patológica toda información aportada por
el hemisferio cerebral derecho. Resulta fácil comprender
que una percepción dual establece sus postulados mediante
un proceso de comparación y contraste entre los opuestos.
Y eso es razonar y es también, siempre, enjuiciar y objetivar.
Un enjuiciamiento que, por su radicalidad bipolar, supone
no sólo una conclusión, sino también una exclusión. Porque
elegir entre dos extremos presupone, inevitablemente, excluir
uno de ellos. Y excluir es condenar, es echar fuera. Todo
juicio, por tanto, comporta considerar algo o a alguien
culpable por el solo hecho de haber considerado algo o a
alguien inocente. Y echar fuera es la forma de ejecutar
el castigo. Bien, pues eso es precisamente lo que hacemos
con la enfermedad. Porque somatizarla es intentar echarla
fuera de nosotros. Por tanto, el hemisferio izquierdo es
también el que crea la moral, al contrastar lo que consideramos
adecuado con lo que consideramos inadecuado. O sea, entre
lo "bueno" y lo "malo". Sólo que, por tratarse
de conceptos, cada persona o etnia puede juzgar el bien
y el mal desde una distinta polaridad. Una polaridad que,
indudablemente, identifica siempre el bien con el propio
yo. O sea, bueno es aquello que es -o, al menos, así lo
creo- adecuado para mí. Y malo, lo contrario. Por eso no
es de extrañar que haya casi tantos conceptos de moralidad
como personas y que la moral cambie cuando cambian los conceptos
sobre los que se sustenta. Interpretación moral que consideramos
objetiva, cuando en realidad ha sido dictada por las líneas
rectoras de la cultura personal y social, así como por las
adicciones emotivas profundas que tenemos todos. Y digo
todo esto porque es importante comprender, de cara a la
terapia, que "recordar" no es volver a vivir una
experiencia, sino llevar a la conciencia la interpretación,
no el hecho. Porque lo que cura no es "recordar",
sino vivenciar de nuevo ese hecho traumático. En definitiva,
la percepción del hemisferio cerebral izquierdo no nos da
la Realidad, sólo una forma de percibirla, por mucho que
la ciencia convencional la considere la única forma válida
y real de percepción.
¿Y el hemisferio derecho?
El
hemisferio cerebral derecho, por el contrario, es analógico,
es decir, establece las relaciones por semejanza. En el
mundo de la analogía, por ejemplo, una gota de agua del
Océano es como -y ese "como" ha de entenderse en
el sentido de semejante, no de idéntico- a todo el Océano.
El cerebro derecho es intuitivo, así que no escinde, no
divide. Antes bien, es siempre impactado por estructuras
globales, holísticas. Pero lo más importante es que es altamente
emotivo, que en él se albergan los sentimientos. De ahí
que toda analogía -que carece de abstracciones mentales
y de conceptos- nos llegue siempre viva, con toda su carga
de dolor o de gozo, aunque sí establezca correlaciones simbólicas.
Porque las analogías tienen su lenguaje en las imágenes,
símbolos y arquetipos. Y el sueño y la mitología forman
parte de ese lenguaje. Por eso, por el carácter fundamentalmente
simbólico de las analogías, puede establecerse la correlación
holística de que la parte es como el todo, que una gota
de agua del Océano es "como" el Océano todo. Lo mismo
que puede afirmarse que una imagen de Cristo puede llevarnos
a la comprensión del Cristo vivo. Por otra parte, el hemisferio
derecho es ético, no moral. Y es preciso distinguir claramente
entre esos dos conceptos porque las instituciones -y no
sólo las religiosas- suelen ser proclives a considerar ético
lo que sólo es moral. Mira, la auténtica ética está grabada
en la conciencia ontogénica, es una herencia de nuestra
filogénesis -evolución de la vida desde su origen hasta
nosotros-; es decir, está dentro de nosotros, no en tablas
de piedra ni en los códigos de tantas instituciones oficializadas.
Es importante también saber que el hemisferio cerebral derecho
jamás interpreta, sino que muestra siempre hechos concretos,
hechos no que "recuerda", sino que vivencia, porque
le llegan impactantes, cargados de emotividad. Por tanto,
mientras el hemisferio izquierdo es unidimensional, lo que
le lleva al argumento y al concepto de finalidad, el hemisferio
derecho, por el contrario, es holístico, multidimensional.
Y, evidentemente, tampoco es discursivo. Mira, cuando el
místico vive a Dios, vivencia un hecho auténticamente holístico.
De ahí que esa experiencia resulte inefable, que no pueda
explicarse con palabras. Es decir, el hemisferio derecho
tiene un carácter holístico, no unidimensional y no cuantitativo,
sino cualitativo; porque no cuantifica ya que no escinde
ni contrasta; sólo muestra, impacta. Y cada uno de esos
impactos es global, completo en sí mismo. No divide, como
el hemisferio izquierdo, sino que integra. Y como al hemisferio
derecho la información le llega como un impacto vivo, como
una información holística, es evidente que no conoce el
tiempo. Porque para eso hace falta un proceso dual, analítico
y discursivo, como el del hemisferio izquierdo. El hemisferio
derecho se mueve en el espacio y, como en los sueños, hay
un escenario, pero la obra que en él se representa no sigue
un orden temporal.
¿Insinúas que, de alguna forma, la enfermedad es una desarmonía
entre los dos hemisferios cerebrales?
Exacto.
La enfermedad es desarmonía. Y ésta viene generada ya -y
ése es el mayor de los traumas- por la división del cerebro
en dos hemisferios. Bueno, en realidad por no asumir esa
lateralización. Porque en lugar de aceptarla, de ser conscientes
de ella y, en consecuencia, intentar armonizarla con una
sincronización cerebral, lo que hacemos es enfrentar el
hemisferio izquierdo al hemisferio derecho, intentar no
la integración, sino la victoria de uno sobre el otro. Es
la guerra de los dos hemisferios. Y toda guerra -incluidas
las que proyectamos al exterior y provocan holocaustos físicos-
es una sola guerra: la de los dos hemisferios cerebrales.
Pero la medicina convencional se niega a aceptar que la
etiología de la enfermedad pueda estar fuera de las ondas
beta, porque ha sacralizado el hemisferio izquierdo y ajusta
su metodología terapéutica a las características básicas
de la percepción causal que, a entender de esa medicina,
es la única percepción válida. Es decir, entienden que toda
enfermedad debe tener una causa que pueda ser objetivada.
Lo que, lógicamente, la lleva a buscar la causa de las enfermedades
en algo ajeno a nosotros mismos y a establecer relaciones
causales que puedan ser físicamente constatables mediante
procesos lógicos. Por ejemplo, la medicina convencional
nunca podrá aceptar que una niña con unos pechos desmesurados,
que es objeto de burla por esa hipertrofia, lance su energía
vital contra sus propios pechos y acabe dañándoselos e,
incluso, acabe generando un cáncer de mamas si otros daños
analógicos anteriores alimentan esa actitud castradora.
Para la medicina convencional, que en todo momento debe
establecer relaciones observables, la causa de ese cáncer
tan sólo puede ser un crecimiento anormal celular, lo que
equivale a decir que la causa de ese cáncer es el propio
cáncer. Y, así, se combate la enfermedad combatiendo su
sintomatología como si la sintomatología fuese la enfermedad.
Y la sintomatología es sólo un mensaje del yo a través del
cuerpo para hacerle ver que algo va mal y debe rectificar
aquellos aspectos de sí mismo que son causa de la desarmonía
que le está dañando y que son la auténtica causa de la enfermedad.
Un mensaje que la medicina convencional no atiende porque
no comprende. Para la medicina, a pesar de lo que se dice,
no hay enfermos sino enfermedades. Y las tiene todas perfectamente
clasificadas como si fueran entes vivos, reales. Y como
es segregadora, analítica, sus conclusiones siempre son:
a más gérmenes -que esa medicina cataloga de patógenos porque
siempre tiene que haber un enemigo-, más enfermedad. Mira,
hay lesiones que la medicina convencional puede intentar
resolver con eficacia, pero hay otro tipo de daños que no.
Porque no se puede extirpar una depresión con un bisturí,
aun cuando ese bisturí sean psicofármacos, ni pueden extirparse
quirúrgicamente las causas profundas de, por ejemplo, un
cáncer, porque las causas profundas de toda enfermedad no
son bacterias ni virus, sino los daños de nuestra biografía
oculta que conforman nuestro yo. Y sólo llevando a la luz
del discernimiento -de una comprensión o sincronización
cerebral entre ambos hemisferios- esos cúmulos emocionales,
que son muy concretos y personales, que no pueden ser clasificados
ni catalogados mediante preconceptos, sólo entendiendo que
la enfermedad somos nosotros, sólo así, con una terapia
de esfuerzo por parte del enfermo, podremos recuperar la
armonía y curarnos.
¿Cómo podríamos resumir, entonces, la técnica curativa propiamente
dicha?
Bueno,
el terapeuta lo que hace es llevar al paciente al estado
IERA, es decir, a una relajación en la que sus ritmos
cerebrales se hallan en la banda de frecuencia de los 4
Hz. Luego, le efectúa una regresión, para entendernos, viajando
mentalmente hacia el pasado, induciéndole a situarse en
algún acontecimiento de su pasado que, probablemente, a
nivel consciente tiene bloqueado. Y, entonces, le hace vivenciarlo;
no visualizarlo, sino vivenciarlo, con toda su carga emotiva,
con toda su carga energética, para liberarla y, simultáneamente,
comprenderla gracias al estado en el que se encuentra, con
el consciente y el subconsciente simultáneamente abiertos
y trasvasándose información, lo que no es posible en el
estado beta, en el estado de vigilia. E insisto en que vivenciar
es descender a la banda baja de nuestra metafórica cinta
de grabaciones mentales para extraer de ella las cargas
emocionales vivas, de cúmulos de traumas analógicos que
mantienen toda la carga energética emotiva de los hechos
concretos, de lo que ocurrió -sin interpretación alguna-
y que, por tanto, fue la auténtica causa del daño. La vivencia
es el hecho real -con toda su energía emocional- que se
encuentra por debajo del recuerdo que de ese hecho hemos
formado al compensarlo. Vivenciar, por tanto, no es un ejercicio
que nos permita fantasear; cuando se vivencia, sólo puede
autoproyectarse el hecho concreto vivido, con toda su realidad
energética emocional. Vivenciación que, por un lado, desbloquea
energéticamente al paciente y, por otro, le permite comprender
lo que le originó el trauma y, por ende, disolverlo.
Centrémonos, en tal caso, en los traumas del nacimiento.
¿Realmente tienen tanta importancia en la futura vida del
recién nacido? En tu obra afirmas que muchas de las enfermedades
que uno actualiza de adulto tiene su origen en un mal parto.
¿Hasta tal punto es determinante?
Todo
nacimiento es traumático en mayor o menor grado. El bebé,
que se encuentra flotando en una bañera cargada de endorfinas,
mecido por el agua, somnoliento, muy relajado, ingrávido,
con un sentimiento de plenitud, de conciencia expandida,
en estado de éxtasis, pasa de pronto a sentir en su carne
tensa un abrazo inmovilizador y luego unos terribles empujones
a base de contracciones que terminan llevándolo a través
de un oscuro túnel a un mundo que ni siquiera puede concebir.
El bebé, al nacer, es todo sensibilidad, y no sólo se encuentra
con lo desconocido, sino que también entra en un, para él,
nuevo mundo con un cuerpo abierto a todas las sensaciones,
sin defensas, un cuerpo que es como llaga viva. No olvidemos
que el bebé llega de un lugar en el que la vida se asienta
sobre la suave gravidez de un lecho de agua, con luces crepusculares,
con sonidos apagados, relajantes... y de pronto se encuentra
con luces intensas, cegadoras, que hieren sus ojos. Y es
en ese instante cuando el bebé, que venía de la penumbra,
lanza su primer y más desgarrador grito. Y lo mismo ocurre
con los sonidos, porque sus oídos, oídos de un organismo
acuático, hechos para el murmullo, que estaban protegidos
por el farallón del vientre materno, se tienen que enfrentar
a la brutalidad de bocas que gritan, que ríen felices y
opinan, con ruidos metálicos, agudos, hirientes, que ensordecen
y le causan un insoportable dolor. Y luego, sin transición,
le lavamos con un agua que él siente siempre fría en su
cuerpo ahora más desnudo, para, a continuación, sentir la
quemazón del rudo frote de la lija que supone para él una
toalla sobre su piel sin casi epidermis y que hasta ese
momento sólo había conocido la caricia de las mucosas maternas.
Tormento que puede prolongarse, dependiendo de las premuras
o no de la comadrona o del tocólogo, al cortar el cordón
umbilical del bebé, que debería dejarse intacto en tanto
latiera, en tanto estuviera ayudando todavía a una doble
respiración. Sin embargo, se le corta brutalmente ese conducto
vivo y el bebé, que ha sufrido tantas agonías de muerte
desde que empezaron las contracciones, siente por primera
vez el oxígeno como un gas corrosivo, ardiente, que entra
en un cuerpo de mucosas vírgenes. Y entonces se agita, se
estremece, se cierra y rechaza, escupe congestionado, agónico,
hasta que rompe en un llanto convulso abriendo una y otra
vez la boca, boqueando como un pez sacado del agua. Luego,
con el bebé agarrado por los pies, cabeza abajo, le golpeamos
mientras le mantenemos asomado al vértigo de un vacío aterrador.
¿Cómo puede extrañarnos, en suma, que ese primer contacto
con el mundo externo provoque traumas? Y encima, a continuación
lo encerramos, y hablo de la ropa, en una celda de paredes
que oprimen su cuerpo, dejándolo sólo en la cuna sin una
mano amorosa a la que agarrarse, con lo que el bebé, que
en todo momento antes ha estado íntimamente unido a otro
cuerpo, a otra vida, está sufriendo el terrible tormento
del abandono, de la más pavorosa de las soledades, sintiendo
por primera vez la angustia fría de la segregación.
Más que un nacimiento pareces estar describiendo un proceso
de muerte.
Y,
en realidad, así es, porque ese nacimiento a una vida aeróbica
supone la muerte en otra, anaeróbica. Además, la descripción
podría todavía dramatizarse más si tenemos en cuenta que
un útero hostil -enfermedad de la madre, hijo no deseado,
peligro de aborto, y otras muchas emociones tóxicas- son
origen de un mal tránsito vaginal y de un peor nacimiento.
Son los casos, entre otros, de los nacidos por cesárea,
carentes de orientación espacial y carentes de la necesaria
frotación vaginal de su piel para activarla; de los nacidos
de nalgas, que no ven la luz del otro mundo, que van por
un canal asfixiante de tinieblas sin fin; de los nacidos
con fórceps, condenados a una brutal opresión craneal; de
los que han sido forzados a nacer mediante partos inducidos,
en todo momento en desarmonía con la matriz natal; de los
nacidos con el cordón umbilical en torno al cuello, psicológicamente
ahorcados, con la cabeza escindida del cuerpo; de los nacidos
siendo gemelos, quizás hermanados en la pugna por sobrevivir
o quizás combatientes -victoriosos o derrotados- de una
guerra territorial... Me parece que no es necesario seguir.
Basta lo explicado para comprender que los patrones de daños
del nacimiento son las matrices básicas con las que escribimos
los textos de casi todas nuestras enfermedades.
Luego con la Anatheóresis se puede tratar cualquier enfermedad,
desde un cáncer a un caso de drogadicción...
Con
anatheóresis se puede tratar cualquier enfermedad. Y no
digo que lo cura todo, sino que todo puede intentarse siempre
que el paciente esté dispuesto a ello. A fin de cuentas,
se trata sólo de establecer una adecuada comunicación, primero,
entre el terapeuta y el paciente, luego, del paciente consigo
mismo y, posteriormente, con los demás. Mira, la enfermedad
no es más que una manifestación de las emociones patológicas.
Por eso en Anatheóresis no se curan enfermedades, sino a
enfermos. Como no se cura un cáncer, sino a una persona
normalmente sumida en el más profundo sentimiento de abandono,
tan segregada que ni su enfermedad puede establecer comunicación
-contagio- con los demás.
¿Y hasta qué punto es efectiva la terapia?
La
Anatheóresis está avalada por un altísimo porcentaje de
curaciones en casos que no pudo resolver la medicina convencional.
Y esto -de lo que pueden dar testimonio numerosos profesionales
de la salud, entre ellos médicos y psicólogos que practican
la terapia-, bastaría ya para acreditarla. Además, la teoría
en que se sustenta está siendo ahora respaldada por los
últimos descubrimientos de la neurociencia y por las más
recientes tesis de la Psicología Transpersonal.
Tengo entendido que el principal fracaso de la terapia
está en los errores cometidos por los terapeutas al ejercitarla.
¿Es así?
En
efecto, por eso he establecido unas normas muy claras para
el tratamiento. Porque el terapeuta nunca debe conducir
al paciente durante la sesión hacia un objetivo predeterminado;
debe, como mucho, inducir, nunca conducir. Porque es el
paciente quien sabe qué le ocurre y cómo resolverlo. Otro
error es hacerle simplemente visualizar la experiencia que
causó el daño: el paciente debe vivenciarla de nuevo, porque
si no hay vivenciación, con o sin abreacción catártica,
no hay comprensión anatheorética -con trasvase de información
entre hemisferios-, y si no hay comprensión anatheorética,
no hay curación. Otro error común es, en los casos en que
se conoce cuál es el origen del problema, el daño que lo
originó en la fase embrionaria, natal o infantil, intentar
disolverlo explicándoselo al paciente en estado beta, en
estado de vigilia. Los daños traumáticos sólo se disuelven
cuando el paciente vivencia de nuevo los hechos concretos
que los han motivado, porque el mero hecho de vivenciarlos
hace que los comprenda y, en ese momento, la energía patológica
se disipa.
En cualquier caso, son muchas las personas que rechazan
este tipo de terapias porque presuponen aceptar una serie
de creencias que chocan con sus convicciones.
Eso
es verdad con las demás terapias, pero no con la Anatheóresis.
Yo reitero hasta la saciedad -y no siempre consigo que se
me haga caso- que en Anatheóresis el terapeuta no está confesando
al paciente. No asume culpas ni pecados; y, mucho menos,
absuelve. En Anatheóresis el terapeuta debe limitarse a
sacar a la luz de la comprensión profunda lo que daña al
paciente. Eso es todo. De ahí que sea tan necesario que
el terapeuta esté libre de creencias dogmáticas. Todo dogma
es una muralla que limita nuestra expansión. Todo dogma
es la fosilización de una parte de nuestra personalidad.
Todo dogma, en definitiva, es la expresión de que estamos
enfermos.
Eso me hace recordar que, al inicio de nuestra charla,
comentaste que llevar al paciente a supuestas vidas pasadas
es, en tu método terapéutico, algo que se hace sólo como
estrategia, que tiene una pura razón escenográfica. ¿Supone
eso que rechazas la posibilidad de la reencarnación?
Para
hablar de ese tema primero tendríamos que ponernos de acuerdo
en qué entendemos por reencarnación, ya que hay muchas doctrinas
al respecto y ello nos llevaría demasiado tiempo. En todo
caso, el que las enfermedades en esta existencia sean el
efecto del supuesto karma generado en otra u otras vidas
anteriores no deja de ser una creencia no demostrada que
además permite a ciertos terapeutas justificar -supongo
que de buena fe- sus fracasos con determinados pacientes,
escudándose en que hay enfermedades kármicas, o sea, enfermedades
que son una especie de castigo que nadie puede ni debe resolver.
Mira, mi experiencia me dice que toda historia de vida anterior
narrada en estado de hipnosis -no importa en qué grado de
profundidad- es, o bien una analogía muy concreta de un
daño real ocurrido al paciente en esta vida, o bien una
proyección generalizada y dramatizada -una especie de mitología
personal- de la afectividad enferma y dolorida que aqueja
al paciente. Lo que ocurre es que los terapeutas reencarnacionistas,
por el simple hecho de basar su terapia en la creencia de
que los daños proceden siempre de vidas anteriores, llevan
al paciente sólo y directamente a vidas anteriores. Naturalmente,
se encuentran con dramatizaciones analógicas que responden
-simbólicamente- al daño real. Pero ellos no buscan el daño
ocurrido en esta vida que esas analogías enmascaran. Por
el contrario, dan a las mismas el carácter de hechos reales,
sólo que ocurridos en otras vidas. Y así, creen haber resuelto
el problema y llegado a la causa original, cuando lo único
que han hecho ha sido atrapar una sombra. En todo caso,
la Anatheóresis no tiene como finalidad demostrar la veracidad
o no de la supervivencia del hombre en cualquiera de sus
formas, y por eso no duda durante la terapia en utilizar
como estrategia el llevar al paciente a una supuesta vida
anterior si eso le permite narrar simbólicamente el problema
oculto en el subconsciente.
Jose Antonio Campoy
(Director de la revista Discovery DSalud)
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