LA INDIA, UN PAÍS SIN ESPIRITUALIDAD
Si busca espiritualidad, por favor, créame, no vaya a la India. Porque veamos, ¿a qué viene ese embobamiento de Occidente ante un lingam -vulgo pene- de piedra o ante esos gurús de masas que viven en el descaro y en la opulencia?
Ante todo, no olvidemos que en Occidente nos distinguimos por lo bien que miramos. Sólo que mirar no es ver. Mirar es ver lo que otro ha dicho o ha escrito. Mirar es no ver la prenda que compramos, sino la etiqueta que alguien ha pegado en ella. Y así, ocurre que un día los Beatles, Ram Dass, Hermann Hesse y otros nombres más o menos famosos, pasaron a ser la etiqueta de una India que se vende ahora con una denominación de origen cuya característica diferencial es la espiritualidad. Y son muchos los que van a la India -o a un ashram- y creen haber visto lo que otros les habían dicho que iban a ver. Como ocurrió en el cuento de Andersen, el del rey aquel al que todos veían ricamente vestido cuando en realidad iba desnudo. Y sólo un niño -porque los niños ven, no miran- gritó la verdad.
¿Lo intentamos también nosotros? Intentamos ver, no mirar, a la India? Antes aclararé, no obstante, que aun siendo muchas las religiones existentes en la India, y aun cuando haya hecho referencia a Hermann Hesse, cuyo Siddharta se refiere a la doctrina budista, la India es, ante todo y sobretodo, el hinduismo. Y no sólo por el número de fieles que lo practican –más del 80 por ciento de la población, y la población alcanza los 1.200 millones de habitantes-, sino también porque cuando- Occidente se inclina ante la espiritualidad supuestamente existente en la India, lo que hace es inclinarse ante el yoga y otras técnicas de realización interior procedentes de las escrituras védicas, que son las que dieron fundamento a esa religión.
Aunque eso no impide que cuanto aquí afirmo se refiera también –en mayor o menor medida- a las restantes religiones y doctrinas de la India, budismo incluido. A fin de cuentas, al fundador del budismo los hindúes le consideran la novena encarnación de Visnú. Y Visnú es la segunda persona de la trinidad hindú.
Y hecha esta aclaración, veamos -no miremos- a la India a través de un caleidoscopio que incluye los rasgos más característicos de ese país.
ARQUEOLOGÍA ANTROPOLÓGICA
Si usted va a Egipto, tiene claro que verá ruinas y momias. Esplendorosas ruinas y amojamadas momias que forman parte de una historia antigua que ahora es ya arqueología. Y lo mismo ocurre con las culturas de la América Precolombina e, incluso, con la, para nosotros, más cercana cultura griega. Todo es arqueología. O sea, algo digno de admirar, pero que está muerto ya. Que no es antropología viva.
En la India, por el contrario, se da el sorprendente hecho de que su ancestral cultura del valle del río Indo -y de eso hace ya unos 4.500 años-, así como su posterior -pero no mucho menos antigua- cultura aria, siguen estando ahí, en las calles, en las casas, en las alcobas... impregnándolo todo. Si bien convertido ya en un frasco vacío, sin aroma, hecho simple rito mecánico, mostrando a quien ve -no a quien sólo mira- una caótica pasarela por la que desfilan ruinas arqueológicas vivientes. Y cierto es que, en toda arqueología, hay elementos validos que debimos haber integrado y mantenido vivos, pero no menos cierto es que no se puede vivir eternamente en los tiempos del cuplé y menos todavía convertir en imagen a adorar la pulga que atormentaba a la Chelito.
DE LA BOCA DE BRAHMA
Dicen quienes miran, que la India es un país pacífico. Donde todo son sonrisas y amabilidad. Y sí, es verdad, porque un brahmán puede liarse a trompazos con un intocable simplemente porque le ha rozado y, en efecto, el intocable le sonríe y besa la mano.
Pero, claro, ¿quién no sonríe a un brahmán si todos siguen creyendo que éste, aun siendo ruina arqueológica, ha surgido de la boca de la Divinidad?
Un brahmán es un ser tan perfecto que, aun cuando esté poco menos que mendigando, difícilmente aceptará que eso se puede remediar trabajando. Tan perfecto es un brahmán que ni sus propias defecaciones puede mirar. Y hay que tratarlo con una deferencia especial. Y que nadie le discuta sus virtudes, aun cuando algunos brahmanes, en lo que a sus virtudes respecta, no van más allá de las que adornan a un mono juguetón.
Y, por el contrario, ¿qué puede un desdichado intocable que ni casta tiene, que no llega ni a ser un sudra, que son los que han nacido de los pies de Brahma?
Naturalmente, el sistema de castas fue impuesto en la antigüedad por una oligarquía religiosa dominante. Algo que, referido al pasado, se puede comprender. Pero lo que no se puede comprender es que ese sistema perdure cuando la humanidad ha entrado en el siglo XXI.
Y que nadie afirme que las castas no existen, porque cierto es que aun cuando ahora haya un intento de evitar esa palabra, difícilmente accede un intocable a puestos de prestigio. Un intocable en la India es alguien que, en teoría, puede gobernar el país, pero que en la práctica suele estar ocupando los empleos más serviles. Puede, por ejemplo, limpiar los cubiertos de estaño, pero difícilmente se le dejará que limpie los de plata. Un ser impuro como él es siempre contaminante. Algo así como un apestado.
De manera que no se trata de pacifismo, porque pocos países se han edificado sobre tanta sangre como la India, sino de sometimiento. De aceptación de un sistema de castas que se apoya en la religión.
Porque los brahmanes, los sacerdotes, son los guardianes y árbitros del Bien y del Mal. Y la Divinidad, por descontado, esta con ellos. Lo que debe ser cierto dados sus muchos años de hegemonía. A los demás, a los que han salido de vísceras que están por debajo de la cintura de Brahma, no les queda sino la silente, aunque esperanzada, súplica de humillar la cabeza, ofrendar flores, ordenar estampitas…, de ser gratos y mostrarse sumisos a las divinidades que, muy solemnes, con el hilo dorado enrollado en el hombro desnudo, símbolo de su dignidad, guardan los propios brahmanes. Y a eso llamamos espiritualidad.
DEMASIADOS CUENTOS
Resulta que un día ya muy lejano, la casta sacerdotal -que ostentaba y sigue ostentando todavía el privilegio de la Cultura- se dio cuenta de que sus vasallos, hambrientos, mataban las vacas para comérselas. Y, claro, una vaca muerta no da leche, no da calor a cuantos duermen en torno a ella y no defeca. Cosa esta última muy grave porque los excrementos de las vacas, puestos a secar al sol, son un magnífico combustible para el fuego; Y, además, si se mezclan con paja, o con alguna otra fibra que les dé consistencia, pueden utilizarse para construir unas muy aparentes chozas. De manera que los brahmanes, siempre atentos a lo que el pueblo necesita, decretaron un día que las vacas eran sagradas y no podían ser sacrificadas. Y es que más vale imponer leyes -y si son sagradas mejor- que instruir al pueblo, que esto puede traer problemas.
Y ahora, más de cuatro mil años después de que Dios ordenara no matar vacas, los hindúes, ajenos a las razones que motivaron esa orden, siguen sin sacrificarlas. Y así van ellas tan contentas, entorpeciendo el tráfico, ocupando las aceras, renqueantes, sí, y también en el puro hueso, con sus pupas, heridas por las motos..., pero, aun así, se las ve tan contentas, con una alegría tan visible en los ojos, que esta vez dan ganas de felicitar a Brahma por estar del lado de las vacas. Lástima que no hiciera lo mismo con los humanos.
Pero no sólo las vacas son muestra visible de que algo que tuvo sentido sigue vivo ahora, cuando ya no lo tiene. También la astrología es algo muy serio en la India. Y no son pocos los matrimonios que no han podido consumarse por causa de un puñetero astro que estaba mal aspectado. Porque, díganme, ¿quién es el guapo que se casa con una mujer que tiene al estéril Saturno en la Casa V, la de los hijos?
Y de religión no hablemos. Su panteón de dioses es interminable. De hecho, todos esos dioses son atributos de un solo Dios que se manifiesta trino: Brahma el creador, Visnú el preservador y Shiva el destructor y reproductor. Pero eso no importa. Si el Mahabharata, el Ramayana o cualquier otro libro sagrado -que de hecho son sólo relatos épicos- dice que una divinidad -en este caso Rama- fue salvada de su enemigo por un mono, pues eso: todos a adorar al mono. Si otra divinidad -en este caso Shiva- tiene un hijo llamado Ganesa con cabeza de elefante, pues todos a adorar a Ganesa y a ponerle flores en la trompa. Que, por cierto, Ganesa es una de las divinidades mas solicitadas porque es el que otorga fortuna y sabiduría. Y, así, lo que son sólo símbolos en esas antiguas narraciones, pasan a ser dioses a adorar. Y quien dice dioses, dice imágenes y estampitas. Y cada imagen y cada estampita en su altar, y cada altar con su ritual de sándalo, jazmín, almizcle, pétalos de flores, incienso, agua y fuego purificadores, mantras, genuflexiones, algún que otro amuleto, mucho sudor y hasta llanto. Pero, sobre todo, que el gesto ritual de la mano sea el de la mano derecha, porque la izquierda es una mala mano. Es una mano que los hindúes ignoran y hasta menosprecian porque ellos, que son arqueología y en la arqueología no hay papel higiénico, siguen utilizando esa mano siniestra para limpiarse el trasero.
Claro que también nosotros tenemos una buena porción de arqueología en nuestras costumbres religiosas. Porque esos símbolos que los hindúes confunden con divinidades no son distintos de algunos de nuestros símbolos. Así, también nosotros creamos un símbolo virginal llamado María. Y tanto nos gustó que lo fuimos multiplicando hasta alcanzar decenas de vírgenes: del Carmen, del Rocío, de las Nieves, de la Luz, la Milagrosa, la Dolorosa, la de la Buena Leche... Y también tenemos nuestras estampitas. Y, como los hindúes, un cuento para cada estampita. Porque también nosotros, como versificó León Felipe: “Yo he visto: que Ia cuna del hombre Ia mecen con cuentos,/ que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,/ que el llanto del hombre Io taponan con cuentos,/ que los huesos del hombre los entierran con cuentos,/ y que el miedo del hombre.../ ha inventado todos los cuentos./ Yo sé muy pocas cosas, es verdad,/ pero me han dormido con todos los cuentos.../ y sé todos los cuentos.”
¿QUÉ ES UNA MUJER EN LA INDIA?
Todos los días en la India decenas de mujeres casadas mueren en extrañas circunstancias. Extrañas para quien sólo mira. Quien ve, sabe -y esto es un secreto a voces- que esas mujeres, o se han suicidado o han sido asesinadas por su marido o por su suegro. En todo caso, ellas son siempre las víctimas de una sociedad terriblemente cruel que explota y menosprecia a la mujer. Porque una mujer es más una carga que un alivio. Una mujer, por ejemplo, al casarse tiene que aportar una dote que a veces supone una deuda tan larga como insoportable para sus padres. De ahí que si decenas son las mujeres casadas que acaban suicidándose ante la impune crueldad de su marido o suegro, más son las asesinadas por éstos porque así, sin mujer ya, el que fue su marido puede obtener otra dote casándose con otra mujer.
Y siendo así, ¿qué de extraño tiene que todos los días también, no cientos, si no miles de niñas recién nacidas, sean abandonadas en el laberíntico caos de las calles de las grandes ciudades de la India?
Una niña es un estorbo, algo muy poco valioso; una niña es una futura dote a pagar. ¿No arrojó Shiva a su mujer a un brasero? ¿Y no fue acaso este acto simbólico -para ellos real- el que durante siglos justificó -y, en algunos casos, todavía sigue justificando- que, al morir el marido, la viuda fuera llevada también a la pira funeraria?
¿Qué es una mujer? ¿Qué es una niña? El hindú es un ser internamente impasible que circula por el caos de las grandes ciudades de su país con el grávido peso de sus carencias, que si sonríe casi siempre su sonrisa es más de servilismo que de alegría. El hindú está incapacitado para ver -incluso para mirar- el dolor del abandono en los ojos de una niña de meses, que es su hija. El hindú se muestra indiferente a esa nueva vida que busca implorante, con ojos y manos, unos brazos que la estrechen, que le den calor y seguridad. Pero no hay brazos ni abrazos para esas niñas. Sólo ser abandonadas en la calle. Sólo ser abandonadas al dolor y a la muerte.
LA DIOSA VISA
Si va a Benarés y quiere recorrer el Ganges durante una hora puede alquilar, junto con otras veinte personas, una de las muchas barcas de remos, cuyos remeros habrán tirado de usted, suplicantes, para que subiera a una de ellas. Y al subir a una de ellas con veinte o más personas, verá la cara de satisfacción del remero, un personaje casi siempre escuálido, explotado por otro, que se esfuerza, como esclavo en galeras, hasta el agotamiento, impulsando la repleta barca. Y no se preocupe por su provisión de divisas: cuando desembarque usted no tendrá que desembolsar mas que unas 10 pesetas (en el año 1995, cuando yo realicé el viaje a la India). En total, un ingreso para el dueño de la barca de 50 rupias (200 ptas). ¿Cuánto para el barquero de esas 200 ptas.? Lo ignoro, pero sí sé que habremos ayudado a acortar -por agotamiento- un poco más la mísera vida de un casi esclavo.
Y también en Benarés, si quiere seguir dándose el gusto de sentirse poco menos que un patricio romano, lleve todas sus enormes y pesadas maletas -cuatro, cinco, no importa- a la estación y alquile allí un mozo. Vera, con sorpresa, cómo -aunque esté al borde del desmayo- se las sube todas a la cabeza y así, aplastado bajo esa pirámide de decenas de kilos, vera también cómo avanza -escaleras arriba, escaleras abajo- no menos de medio kilómetro, cómo espera luego horas junto a las maletas a que llegue uno de esos trenes que en la India nunca se sabe cuándo aparecerán, y, finalmente, las sube al vagón. Esto y contemplar las miles de ratas que, escuálidas también, buscan una inexistente comida por las vías del tren, le costará sólo de 5 a 10 rupias (de 20 a 40 ptas.). Y si está dispuesto a regatear, incluso menos. Aunque también es posible que usted, compasivamente, esté dispuesto a pagar más. En ese caso procure que no se entere un agente local de turismo porque, casi seguro, le acusará de maleducar a esos privilegiados mozos de estación oficialmente reconocidos -se les distingue por su atuendo- que tienen -como los remeros-alguien que les dé trabajo.
Y los agentes de turismo no dejan de tener razón en esto último, porque mozos de estación y remeros son unos privilegiados ante los muchos hindúes que se ven obligados a mendigar. Especialmente niñas y niños que, empujados por sus padres, se lanzan todos los días a las calles en busca de unas rupias con que aliviar la miseria familiar. Y más todavía: como en el Londres de Dickens, hay hindúes que se dedican a recoger a los niños huérfanos abandonados, o que han perdido a sus padres a causa de alguna hambruna o monzón, para utilizarlos como mendigos. Y más y más todavía: en algunos casos –hay quienes afirman que en muchísimos casos- esos niños son cruelmente lisiados por sus dueños y, así, ya cojos, mancos, con la columna vertebral retorcida y cualquiera sabe qué otro daño que pueda provocar compasión, los lanzan a pedir. Son los Super Oliver Twist de la India. De esa India tan espiritual. Tan espiritual que, al igual que Nepal, donde ya ha triunfado el comunismo, también la India está próxima a caer en él. Y a nadie le preocupa si el comunismo predica o no el ateísmo. ¿Eso qué es? Y si es lo que dicen, ¿eso qué importa? ¿Que el comunismo es Lenin? Pues muy bien, se coloca una estampita de Lenin en el altar y ya tienen otro dios. ¿No han hecho eso con la diosa Visa? Esta tarjeta es posible que todavía no haya llegado a los altares, pero qué duda cabe, es ya una nueva divinidad en la vida de los hindúes. Más todavía, es el símbolo de una nueva casta. De una casta que está por encima de los brahmanes. Y esto puede comprobarlo usted cuando quiera. Basta con que enseñe una tarjeta de crédito –le aconsejo que sea Visa porque suele ser una de las divinidades-crédito más adoradas- y verá cómo el brahmán, tan orgulloso él, inclina la cabeza, le sonríe y, si está sentado, se levanta para cederle su asiento, lo que equivale a cederle su rango y su lugar.
En la hambrienta India todo está en venta. A mí, el brahmán que administraba a uno de los maharajás de Bijaipur me vendió el turbante que llevaba éste por 300 rupias (1200 ptas.). Bien es cierto que ese mismo brahmán, poco después, volvía a mi lloroso y asustado porque el maharajá le había abroncado. Y no por haberle vendido el turbante, sino porque me lo había vendido muy barato. El maharajá opinaba que el brahmán debió haberme pedido el doble. Y tenía razón, porque era de seda, medía un montón de metros y estaba ricamente adornado y trabajado. Y es que los brahmanes, que no han nacido de los muslos de Brahma como los Vaisyas, que son los comerciantes, no tienen ni idea de precios. Y así va su espiritualidad. Tan baja que nunca podrán llegar a ser aceptados por la diosa Visa.
EL KARMA ES COSA DE POBRES
Si algo tiene claro el hinduismo es que todos pasamos por una serie de renacimientos -reencarnaciones- que finalmente conducen al moksha. O sea, a la salvación. Una salvación que consiste, precisamente, en liberarnos de la inevitable rueda del karma. Algo realmente de agradecer porque una vida de malas acciones -aunque no está muy claro cuales son las acciones malas entre los hindúes- nos llevará a un karma inferior. O sea, a una reencarnación todavía más desdichada o, incluso, así lo entienden algunos, a que el alma transmigre y pase a encarnarse en un animal.
Naturalmente, esa creencia, que forma parte del dharma -o ley natural- es especialmente válida para las castas inferiores. Con lo que resulta que los más desdichados pasan a ser también los más pecadores. ¿Cómo tener aprecio a un intocable, que vaya usted a saber qué hizo en su vida anterior, para que haya encarnado tan bajo?
Y así, no es de extrañar que una nepalí reencarnacionista se mostrara perpleja al ver que un occidental rico -un simple turista es ya un millonario en el Nepal y en la India- fuera a un sanador local a tratarse una afección cutánea. No pudo evitar exclamar: “Pero si tiene un buen karma -se refería a que tenía dinero-, ¿cómo es posible que esté enfermo?”
Ya sé que no todos los reencarnacionistas son tan crédulos. Pero cierto es que los hindúes tienen siempre la palabra karma en la boca. Y se preocupan mucho de cómo va tu karma. En Pushkar, donde hay un templo consagrado a Brahma -dicen que es el único existente en la India donde se puede adorar a esta divinidad- me ofrecieron todas las flores del mundo -y casi siempre gratis, que todo hay que decirlo- para que fuera a arrojarlas al lago que bordea la ciudad. Al parecer, ese lago es como el Ganges, muy saludable para el karma.
Y yo no dudo de que las aguas de ese lago limpien de manchas del karma, pero me consta que algunos de sus nativos prefieren la cerveza a ese agua. Sólo que, como Pushkar es un lugar sagrado, y eso significa que el alcohol y la carne están prohibidos, cuando invitaba a cerveza a un nativo tenía que hacerlo en la habitación del hotel y tras haber tomado toda clase de precauciones para que nadie nos viera. Y, entonces, mis invitados -fueron varios y en varias ocasiones- empinaban la botella de cerveza con una avidez que me extasiaba. Confieso que ahora, al recordarlo, me duele haber provocado tanto mal karma, especialmente porque no sé si la mancha kármica de alcohol es fácil de quitar.
HAY QUE GUARDAR EL ESPERMA
Dice el Ramayana, uno de los libros sagrados del hinduismo: “Aquel que lea este sagrado texto, quedara liberado de todos sus pecados y será elevado al más alto de los cielos”. Así que, como puede comprenderse, resolver el problema del karma -sea cual fuere el tipo de mancha- no es difícil.
Más difícil es lo del Bhagavad Gita, que es un libro también sagrado que recoge un episodio del Mahabharata, otro libro todavía más sagrado y que, de hecho, se limita a relatar las batallas de los descendientes de la estirpe lunar.
Y resulta que en Vrindaban está la sede central de los Hare Krishna, que son la más importante rama entre los seguidores del Bhagavad Gita. La sede central de los Hare.Krishna es un edificio que parece extraído de la delirante mente del ciudadano Kane. Pues bien, allí, un alto grado de los “hare”, nacido en Italia, de 36 años, pero delgadito, muy poca cosa él y con una palidez de anímico que daba pena, se empeñó en convencerme de que hacer el amor reteniendo el esperma -cosa que, según se desprendía de sus palabras, él hacía- era muy bueno para estar sano y fuerte.
Yo soy un hombre crédulo, pero hay cosas... Así que, por aquello de que las apariencias a veces engañan, aun teniendo en cuenta que casi le doblaba la edad y que he sido siempre un descuidado en eso de perder semen, le pedí que echáramos un pulso. Porque yo estoy siempre dispuesto a aceptar la evidencia. Pero él se salió por la tangente hablando de espiritualidad. Con lo que creí entender que la espiritualidad estaba en los espermatozoides. Y que por eso no había que irlos derramando por ahí, descuidadamente, que es lo que a mí me ocurre, que soy muy distraído.
EL ORINALITO DE LA FASE ANAL
Si por espiritualidad entendemos lo que debemos entender, o sea, bus-queda y sentimiento de la trascendencia. Y si por religión entendemos lo que debemos entender, o sea, una doctrina institucionalizada, jerarquizada, impuesta y culturalmente dominante, con dogmas, culto y liturgia... Si así entendemos la espiritualidad y si así entendemos la religión, en la India no sólo no hay espiritualidad, sino que ni auténtica religión hay. O, por lo menos, no se practica como tal de forma consciente. Y ése es su encanto.
En la India hay, simplemente, muchos seres que, no importa la edad, siguen viviendo regresivamente en la tierna edad del bebé. Por eso aceptan -como nosotros también un día afortunadamente ya lejano aceptamos- la injusticia, el hambre y la opresión. Y por eso su crueldad es extrema también, porque es la crueldad del niño. Y por eso también, como niños miran a los dioses como mirarían a un adulto, esperando el juguete que nunca llega. Y esperando también -por vía kármica- alcanzar un día ese estado de adulto-dios que supone .la salvación.
Y como los niños, los hindúes, sujetos a su cerebro emocional regresivo, viven en lo que Freud denominó la fase anal del crecimiento psíquico. El caos y la suciedad es su mundo. Como su mundo es el juego, no el trabajo. Y su mundo también es el sometimiento, que no el pacifismo. Los hindúes son niños que van de un lado a otro fuertemente agarrados a su orinalito. Y enseñan sus defecaciones con la impudicia de un niño. Por eso los brahmanes no pueden mirar sus excrementos. Los brahmanes, un día lejanísimo ya, tan lejano que ha sido olvidado, fueron los adultos legisladores que con sus normas religiosas de sometimiento llenaron el valle del Indo de orinalitos. Y con él siguen sus vasallos, con el hedor de sus calles y de sus casas. De esas calles alfombradas con heces de vaca y de casas hechas con este mismo sagrado excremento.
Y esto es lo que nos hechiza a nosotros. Porque nosotros, los occidentales, estamos hartos ya de ese otro cerebro razonador y grave que nos ha llevado a una vida sin juegos, en todo momento estresada.
Y nosotros, los estresados proletarios del capitalismo, en la India logramos el cielo de poder vivir sin el trabajo que agobia, sin la fiscalidad que nos ahoga, sin las obligaciones familiares que hemos asumido. Aunque, claro está, todo esto con tarjeta Visa. Formando parte de la casta más excelsa de cuantas puede haber en la India. O sin Visa, pero sabiendo que, cuando nos aburramos de estar sentados con las piernas retorcidas en las gradas del Ganges, hay en nuestro país de origen un hogar que nos aguarda.
Y así, sí; así la India puede ser hasta una sucursal del Paraíso. Porque la India es volver al orinalito, pero llevando en la mano un orinalito de oro y, además, sabiendo que, cuando queramos, lo podemos tirar.
No es de extrañar, por tanto, que en esas condiciones, quien llega a la India mirando, pero sin ver, eso que un día se llamo ser hippy, no es de extrañar que se unza -como una vaca sagrada en día de fiesta- a un collar de flores, se despoje de la ropa y, en calzoncillos, se sumerja con unción en el Ganges sagrado, esperando así, sin más, sin dar golpe, a lo sumo haciendo algún que otro gesto ritual, todos los goces del cielo hindú.
No nos engañemos. La india soñada -la de la etiqueta- no es la India real. La India, como nación, es un caos. Y un caos es su religión. Una religión que confunde símbolos con realidad y que ha caído en la degradación de unos ritos supersticiosos que se ejecutan mecánicamente. Y quien busca el conocimiento, se encuentra con un pandemónium de enseñanzas. Casi todos los gurús son farsantes. Y cuantos buscan viendo -no mirando- están cansados de encontrarse con rishis que, en lugar de ser hombres sabios, viven en la mas completa ignorancia; con mahatmas que, en lugar de mostrar su alma grande, la tienen pequeña y está en venta; con prajapatis que, en lugar de custodiar la Verdad, custodian sus riquezas; con sadayoguis que, en lugar de estar realizados, están embrutecidos; con munimudras que, en lugar de ser patriarcas del saber, son guardadores de un libro que no saben leer pero que muestran para que les des una propina, eso sí, nunca inferior a la cuota mínima de 20 rupias.
LA OTRA INDIA
Cierto es que hay otra India. La lndia de Buda, de Maharsi Ramana, de Ramakrishna, de Gandhi, de Aurobindo, de Muktananda, de Krishnamurti y de otros seres ejemplares, conocidos unos y anónimos otros. Es la India de quienes han sabido leer los Vedas viéndolos en sí mismos. Pero esa otra India ya no es la India. Esa otra India es la comunidad de seres que ven y estos seres que ven están en todos los países y lugares. Y no es preciso ir a la India a buscarlos. Ni tampoco al Vaticano. Por el contrario, para encontrarlos hay que sumergirse en nuestro interior y buscar ahí, en nuestra conciencia, la Luz que hace posible nuestra existencia, la existencia de ese todo que es la Totalidad.
Y yo no digo que un auténtico gurú no pueda sernos útil en la búsqueda de la Luz, pero sí pregunto, ¿quién es un auténtico gurú? Porque nadie es modelo de nadie. Que nadie debe marcar un destino ajeno con las mismas señales con que ha marcado su propio destino. Por eso son muchos los que se extravían no sólo en la luz falsa de un maestro falsario, sino también en la luz de un maestro no falsario, pero sí falso aun no sabiéndolo él. O que, aun habiendo alcanzado su luz en la Luz, esa luz suya no es la Luz para otro.
La trascendencia -que es la iluminación- no es una simple cuestión de palabras; la trascendencia no ha surgido de la boca de Dios. La trascendencia ha surgido de Su corazón. Del Amor. Y la Luz es la expresión de esa vida en la Totalidad. No busquemos países ni palabras. Busquemos en nuestro corazón, en el silencio, y dejemos que la Luz se haga luz en nuestro interior. Eso es la auténtica India. Pero esa India está también en España.