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LOS
"NIÑOS SANTOS" QUE CURAN
Gordon
Wasson llegó a la Sierra Mazateca en 1953. Gordon Wasson, banquero
y micólogo, buscaba el hongo sagrado de las antiguas culturas precolombinas.
Fue un duro peregrinaje. El culto al hongo era un rito sagrado y
secreto. Pero, al fin, Gordon Wasson fue aceptado. Y pudo asistir
al más secreto y sorprendente de los ritos. Pero no pudo tomar el
hongo. La "carne y sangre de Dios" le estaba entonces vedada a un
hombre blanco. Sólo tiempo después, cuando Gordon Wasson conoció
a María Sabina, le fue dado iniciarse en el rito del hongo, en el
rito de los "niños santos".
Hoy, gracias a María Sabina, suma sacerdotisa del hongo mazateco,
que no dudó en entregarlo a quienes buscaban a Dios, el hongo, sintetizado,
ha pasado a nuestra farmacopea. Y todos los años, decenas de hombres
blancos ascienden a la agreste Sierra Madre Oriental para vivir
una experiencia que cambió las vidas de George Harrison, Paul McCartney,
Bob Dylan y, entre otros, también a Aldous Huxley.
MARÍA SABINA
Nosotros -René Santaella, curandero de Puebla (México) que hizo
posible el viaje; su amigo y colaborador, el químico y farmacéutico
Enrique de Anda; mi compañero Manuel Almodóvar y yo- llegamos a
la Sierra Mazateca en 1980. Y también fue un duro viaje. Un viaje
largo y peligroso. Que hicimos, en parte, de noche. Lo que ningún
conductor medianamente consciente estaba en momento alguno dispuesto
a hacer.
Pero lo hicimos y, sorteando el peligro de hombres y ruta, llegamos
hasta la choza de María Sabina. Hasta ese nido de águilas que pende
a lo alto, en un vértigo de cielo y tierra.
Me han dicho que María Sabina ha muerto ya. Que los Seres Principales,
con los que hablaba en sus ritos de hongos terapéuticos, se la han
llevado con ellos. Y que junto a ellos vive la paz que no tuvo en
la tierra.
Porque María Sabina vivió siempre el dolor de haber creído en los
hombres blancos. Ella quebrantó el secreto de los "niños santos"
(hongos sagrados) creyendo que nosotros, los no mazatecos, que todos
nosotros, como Gordon Wasson, buscábamos a Dios. Pero no tardó en
comprender que había abierto las puertas del rito más hermético
de la tierra a una cultura maldita, que ha hecho del hombre una
máquina sensorial. Una dolorida máquina que busca hundirse en la
oscura locura del hongo alucinador, que no busca la luz alucinante
de los "niños santos".
EL LIBRO AMOXTLI
"Desde el momento que llegaron los extranjeros -ha dicho María Sabina-,
los "niños santos" perdieron su pureza. Perdieron su fuerza, los
descompusieron. De ahora en adelante ya no servirán. No tiene remedio."
No, no tiene remedio. El extranjero blanco no entiende de dioses.
El extranjero blanco no acepta otros dioses que él mismo. Y María
Sabina lo sabía. Lo vi en sus ojos de anciana triste y enferma.
De mujer pobre y dolorida. Pero, también, de hechicera llena de
sabiduría.
A María Sabina le llamaban la hechicera sabia. Y lo era. Lo era
porque fue la única que leyó en el Amoxtli. Se lo dio uno de los
Seres Principales el día que tomó por vez primera a los "niños santos".
María Sabina entonces no era más que una niña y tomó tan grave decisión
porque veía que su hermana se moría. Y ella, en su niñez solitaria,
abandonada, sabía que sólo los "niños santos" podían darle el remedio.
Y los "niños santos" no sólo le dieron el remedio, sino que, además,
llamaron a los Seres Principales, quienes abrieron ante ella el
Libro de la Sabiduría. "María -le dijeron-, éste es el Libro del
Lenguaje. Todo lo que en él hay escrito es para ti. El libro es
tuyo, tómalo para que cures..." Y María Sabina lo tomó emocionada
y ella, que no sabe leer, leyó en el libro toda la sabiduría, porque
los "niños santos" otorgan poderes que sólo los dioses tienen.
INGIERO EL
HONGO
Junto a mí, Enrique de Anda, también él va a tomar a los "niños
santos". A un lado, Rene Santaella, Manuel Almodóvar y la hija de
María Sabina. Al otro lado, varios mazatecos de Huautla. Mazatecos
de rostro grave, hierático. María Sabina, ante el altar, reza y
canta en mazateco a las imágenes de la Virgen y santos cristianos.
"Soy
mujer que llora, dice."
"Soy
mujer día, dice."
"Soy
mujer que hace tronar, dice."
María Sabina, ahora, avanza hacia mí y me entrega los hongos. María
Sabina no habla castellano, pero su gesto ha sido claro. Miro los
hongos a la luz de las candelas y sé que son de los llamados "derrumbe",
de los más fuertes. María Sabina insiste con el gesto y me los llevo
a la boca, los mastico lenta, pausadamente. Los "niños santos" están
entrando en mí.
"Soy mujer espíritu, dice."
"Soy mujer de luz, dice."
"Soy mujer águila dueña, dice."
María Sabina sigue salmodiando. Su voz lo llena todo, y una gran
paz me invade. Súbitamente rompo en grandes carcajadas. Me siento
alegre, feliz. Me llena una gran euforia y río, río. Y el caso es
que soy consciente de que me río sin razón, sin que nada justifique
mi risa. ¡Pero eso qué importa!
"Nuestra
mujer santo, dice."
"Nuestra
mujer espíritu, dice."
"Nuestra
mujer de las alturas, dice."
A la risa ha seguido una sensación de enorme placidez. Pero ha durado
poco, muy poco. Ha empezado un molesto mareo. Un mareo que me atenaza
estómago y cabeza. Me encuentro mal. Y tiemblo. El frío es terrible.
Tirito.
"El corazón de Cristo traigo yo."
"El corazón de nuestra Virgen traigo yo."
"El corazón del padre traigo yo."
Es un frío insoportable. María Sabina me mira. La veo fosforescente.
Me mira y frota tabaco en mis pulsos. Estrecha mi frente y sus manos
son cálidas, amistosas.
"Soy mujer que mira hacia dentro, dice."
"Soy mujer que mira hacia dentro, dice."
"Soy mujer que mira hacia dentro, dice."
El pie de María Sabina golpea el suelo en la oscuridad, una oscuridad
que empieza ya a poblarse de luces, y ese golpe, ese golpe sabio,
dado en el justo momento, abre las puertas de otro mundo. Y miro
hacia dentro. Veo... ¡Veo...!
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