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UNA
TRANSFUSIÓN DE SONIDO
Ocurrió
en Haití. Fue después de haber vivido la estremecida experiencia
de un auténtico vudú. Después de haber visto a los loa (espíritus)
cabalgar y descabalgar a las hunsi (médiums). Después de
haber enfebrecido, tenso y dolorido, en el aire magnetizado de una
noche de vibrante percusión. Después de haber visto a las hunsi
tendidas, con los cuerpos hechos arco y flecha que se tensa
y se dispara. Después de haber comprobado que el sonido y el misterio
llenaba de gozo y baba sus labios entreabiertos, de bocas jadeantes.
Fue después cuando comprendí que el misterio y el sonido, el arcano
de los ritmos y de la vibración, eran los peldaños de la vida. Ritmos
telúricos, biorritmos, ritmos cerebrales... Todo música, todo ruido,
todo resonancia y diapasón. Melodía y vida, ruido y muerte, entropía
y neguentropía, los dos polos del arco que hace posible que tengamos
un corazón que golpea. El big bang de nuestra propia creación.
VIAJE AL MÁS ALLÁ
Me llevó Odette, una mestiza de piel clara y ojos profundos,
con calidez de amanecer en las manos. Siempre tendré despierta en
mi retina la imagen del cuerpo ágil de Odette y ese escorzo felino
cuando, andando delante, a un paso de mí, volvía su rostro en la
noche para indicarme los peligros de una jungla con garfios vegetales.
No fue un largo camino. Íbamos hacia el norte, dejando atrás Puerto
Príncipe. Bordeamos campos de caña de azúcar, cruzamos trochas,
huyendo de los caminos que podían delatarnos, y llegamos a una cascada,
la Cascada de los Peregrinos, una pequeña cascada de aguas espumosas
en las que Odette se sumergió. Me dijo que se estaba purificando
para la ceremonia. Me lo dijo espejando luna en el agua que besaba
su piel, vibrante y viva como un espejo oscuro, de oscuridades cegadoras.
Y no volvió a vestirse. Fue hacia unos cercanos susurros, hacia
la luz de lamparillas de un calvero en el que varias sombras se
movían diligentes, disponiendo la mesa del ritual: carne de cerdo,
maíz, el gallo negro, ron de caña...
Otras hunsi bañaron sus cuerpos libres en la cascada y se
unieron al grupo de sombras. Sombras de hombres que estaban terminando
de cavar una fosa. Las hunsi, todavía trémulas tras su trance
bajo las aguas de la cascada, dispusieron las velas rituales: una
negra, una blanca y una amarilla. Fueron luego hacia la doliente
oscuridad de un denso rincón de jungla del que llegaban gemidos
apagados y susurrantes cantos. Y entonces, a la luz de lamparillas,
velas y luna del calvero, vi a un hungan (jefe espiritual
de una cofradía) -sombrero de paja y pipa humeante en la boca- que
avanzaba precediendo un cortejo fúnebre. Movía el asson (sonajero)
y tras él, a hombros de cuatro huntó (tañedores de los tambores
rituales), un féretro del que surgían los susurrantes lamentos.
En el féretro, agonizando, la mambo (sacerdotisa) Celline,
una mambo famosa.
Ya el féretro en el suelo, contemplé a aquella anciana oscura, enflaquecida,
que movía ligeramente las manos y miraba en torno a sí atónita,
con un leve, muy leve, parpadeo. Eran los ojos apagados, de mirada
interiorizada, sin fulgor, de alguien que está próximo a expirar.
Y comprendí. Comprendí que iba a presenciar una de las ceremonias
más íntimas, más estremecedoras, porque se trataba de conjurar a
los loas pretos, a los más duros y violentos, a los
que trataban de llevarse a la mambo. Y el hungan iba
a combatir a muerte con ellos. Trataría de arrebatarles la presa.
Iba a contemplar el duelo terrible, escalofriante, que un día vivió
Orfeo en el Hades. Y el arma esta vez también iba a ser el
sonido.
Y empezó la ceremonia. No había tiempo que perder. La luna avanzaba
hacia la luz del día y en el Infierno tan sólo se puede combatir
de noche, en la oscuridad de máscara de los pliegues de sombras.
Y empezó la ceremonia. Una ceremonia que he descrito ya en el libro
Mis experiencias en lo invisible. Y aquí acudo a él, a mi
propio texto, para narrar algo que no sabría volver a escribir.
UNA TRANSFUSIÓN DE SONIDO
La mambo, sumida en su agonía, vestida con un camisón blanco
a modo de mortaja, fue rociada con maíz y luego el hungan
procedió como si hubiera muerto ya. Le tapó los orificios de los
oídos y de la nariz con algodón, sujetó sus mandíbulas con un pañuelo
negro, le situó los brazos sobre el abdomen, con las palmas de las
manos hacia arriba, bien extendidos los dedos, y unió los dedos
gordos de los pies, atándolos fuertemente.
Los tambores preto iniciaron un sonido lento, arrítmico,
con fondo de jadeos susurrantes. Las hunsi empezaron a moverse
al ritmo de los tambores, en una danza indescriptiblemente fascinante
que no abandonaron hasta que el último tambor silenció el último
de sus latidos.
El hungan sacrificó el gallo y con el cuerpo del animal,
todavía palpitante, inició un ritmo incansable de pases magnéticos
sobre el cuerpo de la mambo agonizante. Al tiempo, elevaba
tonante su voz pidiendo a los loas pretos que la liberaran
en nombre de Dios. Y en este punto empezó lo sorprendente.
Está vivo aún en mi retina. Veo todavía, nítidas en el recuerdo,
a las hunsi, que se estremecen poseídas; veo al hungan,
que grita y gime y aspergia con sangre el cuerpo de la moribunda.
A la vez, las plañideras, súbitamente surgidas de las sombras, sollozan,
suplicantes unas veces y airadas otras. Y los cuerpos desnudos magnetizan
el aire de aquel claro de jungla, centro de un carrefour,
de una cruz mágica de caminos coronados por el agua sagrada de la
cascada. Los huntó van buscando, con su sonido, el débil
ritmo del corazón de la mambo. Se adivina que intentan ponerse
en resonancia con los latidos de la moribunda. Y tantean una y otra
vez, hasta que, al fin, la anciana yacente se estremece con violencia.
Su cuerpo parece haber sido penetrado por algo doloroso, algo que
la engarfia y establece una conexión tambor-corazón. Porque ahora
el cuerpo agonizante se sitúa al unísono con los tambores, se mueve
ligeramente al ritmo del sonido que con toda evidencia le llega,
directamente, del cuero del tambor, donde se aloja -dicen los vuduistas-
un loa, hasta el cuerpo nudoso de piel negra, sin vigor,
de la mambo, que, por otro lado, sigue con los oídos taponados,
¿cerrados al sonido?
El hungan ha cogido su asson chacha de semillas
y dirige ahora a los huntó. Como un director de orquesta
controla el vigor y la cadencia de los sonidos. Modula el ritmo,
lo baja, lo eleva. Y la reseca envoltura de piel negra sube y baja
con una respiración asmática, ronca, que se mueve al compás de los
tambores.
Las hunsi golpean el aire con sus desnudas pelvis, lo imantan,
lo llenan de vida pujante, de vida que quiere vivir. El hungan
se inclina sobre el cuerpo jadeante de la mambo y cambia
el ritmo. Es un ritmo nuevo. Un simple batir de tambores a unos
setenta golpes por minuto. Al ritmo de un corazón sano. Y esa cadencia
se adueña del corazón de la anciana. Abre los ojos y mira. Tensa
las manos. Tantea y aferra los lados del féretro. Se esfuerza por
erguirse, pero, exhausta, se desmaya y cae. ¿Ha muerto?
A una orden del hungan, llevan el cuerpo de la mambo
a una fosa. Una tumba excavada en el suelo de la jungla, entre jungla,
donde la depositan. Los tambores mantienen un ritmo lento, regular,
acompasado. En torno a la tumba, lamparillas en cuencos de coco.
Preside una cruz de hierro de afilados brazos. La ceremonia se alarga.
Los loas pretos se resisten a abandonar el cuerpo
de la muerta. ¿Muerta?. La noche está llegando a su fin. Hay un
momento de desconcierto, pero el hungan se impone. Agita
el asson chacha con gesto desafiante y los huntó golpean
con fuerza los tambores.
Durante largos minutos de fragor -fragor de tambores y de cuerpos
desnudos- no puedo contemplar a la mambo. No sé qué ocurre
dentro de la fosa, que casi cubre el hungan con su cuerpo
ahora convulso, dirigiendo un ritmo frenético, ensordecedor.
Y repentinamente, tras casi toda una noche de agotadora tensión,
con las primeras brumas de un amanecer lechoso, dos manos enflaquecidas
se aferran a los bordes de la tumba y tiran de un cuerpo galvanizado,
que parece que sostiene los hilos de sonido que surgen de los atronadores
tambores.
La mambo está de pie, fuera de la tumba, completamente desnuda.
Toda ella engarfiada por el sonido. Corazón, sangre, vísceras, todo,
en la anciana, resuena al ritmo de los tambores. Inicia un paso.
Sus ojos miran sin ver. Es un cuerpo galvanizado por el sonido,
un zombi. Se hace evidente el cordón umbilical que el sonido ha
establecido de tambor a corazón. Y el fragor se hace locura. Aquel
cadáver enflaquecido, que ahora se tambalea con ojos enloquecidos,
súbitamente se ovilla y salta. Es una máscara, una sombra petrificada
que ensaya entrar en la vida. Está saltando desde la frontera de
la muerte. Se retuerce las manos y vuelve a saltar. Es una danza
macabra. Algo que estremece. La muerte está ante mí, en su más triste
imagen, haciendo volatines. Me siento mal, siento que estoy contemplando
una profanación. Pero también yo estoy engarfiado por el sonido.
Un sonido que ahora, a una orden del hungan, se ha hecho
ensordecedor, hiriente. Nuevos sonajeros se han unido a los tambores
y las hunsi mantienen el fragor enloquecido de sus cuerpos
vibrátiles, espasmódicos. Se agitan convulsas, caen y se levantan.
Odette, en el suelo, con la cabeza pegada a la tierra y el cuerpo
en arco, golpea el suelo con el bajo vientre. Es un movimiento de
tambor epileptoide. Todo es vida. También la "muerta" mueve su pelvis,
como buscando ser atraída. Busca la vida. Su cuerpo de cuero rugoso,
de abultado esqueleto, de cabellera desconchada, de mirada ciega,
se agita y corre, cae y se levanta, se ovilla y salta. Es un cuerpo
muerto que vive. Algo realmente obsceno, sacrílego, pero fascinante.
Algo extrañamente explicable.
Y más inexplicable todavía es que ese cuerpo que, de alguna manera,
estaba muerto, que debería seguir muerto, que debería ser enterrado,
está ahora en pie. Y, acallados los tambores, nacido el nuevo día,
con las hunsi de vuelta de su viaje al país de los loas,
con Odette sonriéndome, la mambo, sólo cuero y huesos, está
volviendo lentamente, pero por su pie, al lugar de donde la habían
traído.
¿Había sanado? Lo dudo. Pero por un tiempo, no sé cuánto, cierto
es que la muerte había sido alejada de ella. Y yo tengo la impresión
de haber asistido a una transfusión de sonido.
TODO ES VIBRACIÓN Y RITMO
En El pulso silencioso, George Leonard ha escrito:
"La célula de esperma avanza a impulsos rítmicos y se une al
óvulo. Las moléculas de A.D.N. danzan juntas. Las concentraciones
de campos a modo de pulsos inician una interacción, se multiplican
y diferencian. Aparece una pauta o modelo singular, algo único en
el Universo: un nuevo ser. Recordándolo todo, ese ser recorre las
diversas etapas de la evolución terrenal, acompañado en todo momento
por el poderoso latir del corazón, de la madre. Se ve sacudido en
lo más profundo por esas pulsaciones que le prometen sentido, plenitud,
sincronía. Seguro en ese ritmo, su propio corazón va tomando forma
y comienza un latido de respuesta. Tan pronto como es posible, después
del nacimiento, la madre coge al niño en brazos y le pone la cabeza
apoyada sobre su corazón. El ritmo continúa allí, un latir seguro
y fiable con el que medir el flujo de crecimiento y cambio. Posteriormente
habrá otros ritmos, otras relaciones, pero siempre permanecerá un
profundo conocimiento de esos primeros momentos, un recordatorio
de que es el ritmo lo que sostiene la vida -que es vibración- y
lo que subyace bajo toda modalidad de existencia."
"No hay sociedad humana -añade el mismo Leonard- que desconozca
la música y la danza. Y aún cabría añadir que nada hay -humano o
no- que no conozca la música. La Tabla Periódica de Elementos, si
atendemos al peso atómico de los mismos, vemos que se divide en
siete octavos, con propiedades que tienden a repetirse."
En 1665 el científico holandés Christian Huygens colgó, uno
junto a otro, dos relojes de péndulo. Y, como esperaba, vio que
los péndulos, inicialmente desincronizados, no tardaban en balancearse
a un mismo ritmo. Y que ese mismo ritmo lo mantenían obcecadamente,
con una perfección que estaba muy lejos de poder explicar cualquier
ley mecánica.
Ahora sabemos ya que esa búsqueda de una mutua sincronización es
una ley generalizada que opera a todos los niveles. Por ejemplo,
es una demostración corriente coger dos células de corazón que latan
a un ritmo distinto e irlas aproximando. Pronto se percibe que van
cambiando de ritmo y, cercana ya una célula a la otra, acaban por
unificarlo.
William S. Condon ha ido más lejos. Ha demostrado que en
toda comunicación hablada efectiva entre humanos, el receptor está
unido al emisor: "Observé que los oyentes se movían en perfecta
sincronía, compartida con las palabras del hablante (...) La comunicación
es, pues, una danza en la que todos los involucrados realizan movimientos
complicados y compartidos a lo largo de numerosas dimensiones sutiles,
permaneciendo sin embargo extrañamente inconscientes de lo que están
haciendo. Aun personas totalmente extrañas entre sí muestran esta
sincronización. Tal sincronización parece producirse de manera continuada
si los interactuantes se mantienen atentos e interesados (...) Normalmente
un oyente no se mueve tanto como el que habla. Habrá momentos en
que parezca bastante quieto. Las partes específicas del cuerpo y
la dirección de sus movimientos difieren muchas veces de las del
que habla, pero si el oyente se mueve, aunque sea sólo para coger
un paquete de cigarrillos, sus movimientos tenderán a sincronizarse
con la estructura articulatoria de la conversación del hablante."
Este efecto Condon -se ha comprobado- va más allá del idioma
como nexo de comprensión. Véase el caso de un niño recién nacido,
que no entiende el significado de las palabras de su madre, pero
eso no impide que se mueva en perfecta sincronía con el modelo o
pauta de voz con que ella le habla. Reacciona como un diapasón,
capaz de resonar con aquello con que se identifica.
EL EFECTO METRÓNOMO
"La más notable de cuantas películas me mostró Condon -explica
Flora Davis en La comunicación no verbal- fue quizás
la última. En ella aparecían dos sujetos -hombre y mujer- conectados
a un electroencefalógrafo (EEG), de tal manera que se podían registrar
sus ondas cerebrales mientras hablaban. Una cámara filmaba el encuentro
y otra las agujas del EEG. Sobre la pantalla que reflejaba los trazos
del EEG se veían los rasgos alineados de doce indicadores: los seis
de la derecha correspondían al hombre y los seis de la izquierda
a la mujer. Se asemejaban bastante a la estela que dejarían dos
patinadores sobre hielo, no muy hábiles, que esquiasen al compás
de una música que no se oye. Todos no se movían a derecha o izquierda
al mismo instante, pero, en general, lo hacían de forma bastante
sincronizada; también aumentaban o disminuían la velocidad de forma
pareja. De una manera casi mágica, era como si los indicadores hablaran
entre sí."
"Ya que el discurso, los movimientos del cuerpo y el EEG
parecen estar conectados tan maravillosamente -añade Flora Davis-,
otros ritmos fisiológicos, como el latido del corazón, pueden
estar también afectados. Existen algunas pruebas que brindan apoyo
a esta teoría. Diversos ritmos fisiológicos, en el Hombre y en los
animales, pueden ponerse en fase mediante un metrónomo. Los estudios
realizados con seres humanos que escuchan canciones de cuna -ya
sea en alemán, chino, inglés o cualquier otro idioma- indican que,
a medida que se las oye, la respiración se hace cada vez más liviana
y regular, como durante el sueño, y se acompasa al ritmo de la letra
de la canción; al mismo tiempo, el ritmo cardíaco disminuye y la
respuesta galvánica de la piel (GSR) se mantiene inalterada. Cuando
en idénticas condiciones se expone a los sujetos al sonido de la
música de jazz, su respiración y GSR se tornan irregulares."
Los principios de vibración y ritmo de la filosofía hermética,
la transmitida por Hermes Trismegisto, nombre éste que dieron
los griegos a Thot, dios del conocimiento en el Antiguo Egipto,
son:
"Nada está inmóvil -dice el Kybalión-; todo se
mueve, todo vibra." Y a este principio de vibración añade el
de ritmo: "Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance
y retroceso; todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo;
la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de
su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación."
Y estos principios de vibración y ritmo afirman, a su vez, la
noción de resonancia, por lo que todo cuanto resuena a un mismo
nivel acaba haciéndose una misma cosa. Así, algunos tantristas afirman
establecer conexión telepática con cuantas personas desean controlar
observando la velocidad respiratoria de esa persona. El número de
respiraciones por minuto se hace claramente evidente en la elevación
y retracción del pecho. Así, el yogui empieza a respirar a la misma
velocidad de la persona con la que quiere situarse en rapport.
En un tiempo muy breve establece -dicen- una comunicación con la
conciencia interior del otro, y puede dirigirlo mentalmente. Una
vez armonizados -añaden-, el yogui puede acelerar o disminuir la
respiración de la otra persona, induciendo cualquier estado o velocidad
vibratoria de conciencia que desee. Es la ciencia del sonido, la
necesidad de una armonía vibratoria. Pitágoras tenía razón.
EL ROCK DE HIROSHIMA
El "estamos en onda" o "sintonizo contigo" de la actual cultura
urbana no son, por tanto, una simple frase. Ni es casualidad que
sea el rock el ritmo de esa cultura. Ante un foco de música rock,
una planta se aleja de él, enferma y puede acabar muriendo. Es un
ritmo estridente, de rotura. Es el ritmo de unas generaciones que
desean romper con el paradigma establecido. Luego, cuando el choque
de paradigmas haya dado la victoria al paradigma naciente, cuando
se haya impuesto el nuevo paradigma, el rock -versión musical de
la explosión atómica de Hiroshima- cederá el paso a una nueva música
sofronizante. Surgirá el nuevo Bach de los sintetizadores.
Será el ritmo del nuevo paradigma. Y la Humanidad toda quedará prendida,
sin pestañear, en la fuerza hipnótica de ese nuevo ritmo. Será una
nueva Ciencia-Creencia.
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