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NO
SOMOS TAN INTELIGENTES
"Después
dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia
semejanza. Domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo,
sobre los ganados, sobre las fieras campestres y sobre los reptiles
de la tierra."
Y el génesis bíblico no es muy distinto al génesis de otras grandes
religiones. O sea, que el hombre no sólo es el pináculo de la Creación,
hecho a imagen y semejanza de Dios, sino que también tiene poder
sobre todo lo creado.
Si el mosquito del vinagre, por citar a un animal poco apreciado
y de corta vida, posee su propia biblia -cosa que dudo porque su
orgullo no alcanza a tanto- se auto-otorgará también el calificativo
de rey de la Creación.
¿Por qué?
Pura lógica de mosquito. Si cuanto existe tan sólo puede percibir
aquello que está por debajo de su complejidad vital, es indudable
que se supondrá el más alto peldaño de la Creación. ¡Después de
mí, Dios!
Y el hombre, que gusta de utilizar la lógica del mosquito, opina
lo mismo. Pero basta con realizar una simple extrapolación de jerarquías
para darnos cuenta de que al igual que hay otras formas de vida
con complejidad superior a la del mosquito del vinagre, de la misma
manera lo lógico es pensar que la cadena de complejidades sigue
por encima de la humana y asciende hasta múltiples estructuras de
vida que nos trascienden y de las que nada podemos saber, salvo
deducirlas o intuirlas.
De la misma forma, una simple extrapolación nos dirá que si toda
forma de vida se alimenta, en general, de aquellas que la preceden
en complejidad, también las que están por encima de nosotros es
lógico pensar que nos utilicen en sus tres comidas diarias. Y deberíamos
estarles agradecidos, porque sólo siendo comidos alcanzamos un mayor
peldaño en la escala de complejidades vitales que, quizás, es tanto
como alcanzar un mayor grado evolutivo. Porque yo no me hago bacalao
al comérmelo al pil pil. Es el bacalao el que, metabolizado por
mí, pasa a ser protoplasma humano. Por eso el máximo cielo es fundirnos
con Dios, dejar que nos coma, que nos triture y degluta para pasar
a ser Él.
Y que nadie me diga que nuestra Era de la Razón ha desechado ya
las explicaciones bíblicas, porque no es un problema de religiosidad,
sino de orgullo. La prueba es que Descartes, la gran linterna
de nuestro racional siglo de las luces, ha llenado cinco páginas
de su Discurso del Método con múltiples argumentos que intentan
convencernos de que el instinto (el animal) es de naturaleza distinta
a la razón (el hombre). Ya se sabe, la obsesión cartesiana por convencernos
de que somos sólo cabeza.
Los chinos, antes de Mao, cuando les iluminaba Confucio,
no Deng Xiaoping, entendían que "la Vida -que es la
inteligencia- duerme en la piedra, sueña en la planta, despierta
en el animal y sabe que está despierta en el hombre". O sea,
que todo se reducía a una gradual apertura de conciencia, basada
esta apertura en una, cada vez, mayor frecuencia de ritmos cerebrales.
No olvidemos que la vida se va estructurando en una constante escalada
de agregaciones. La vida va ganando complejidad, pero ni siquiera
podemos decir que evoluciona. Simplemente, como una cebolla, va
añadiendo capas, sólo que en nuestro caso, aparte la más compleja
estructura de las capas orgánicas añadidas, esas capas son la constante
adquisición de nuevas bandas de conciencia. No hay minerales, plantas,
animales y hombres; hay capas de cebolla que se van agregando, que
se van ensanchando, expandiendo, dando al núcleo, a la conciencia,
que es lo que nos unifica, nuevos ángulos de visión.
Lo malo es que hemos sacralizado el último ángulo de visión adquirido.
El ritmo de lo que llamamos vigilia. Y consideramos que no hay otro.
Los demás son -así se les califica- estados alterados, patológicos
o poco menos. Algo parecido a que nos surgiera un aparato de rayos
X en los ojos y nos empeñáramos en que la realidad sólo es -sólo
puede ser- huesos. Y desecháramos las otras perspectivas ópticas
que nos muestran otras formas de realidad.
Naturalmente, en el caso de este último ejemplo habría unos estúpidos
seres, llamados animales, que no ven la auténtica realidad formada
por magníficos esqueletos. Y al otro lado y por encima de esos estúpidos
animales -en buena ilusión dicotómica cortical-, estaríamos nosotros,
los hechos a imagen y semejanza de Dios, los que, como Él, sabríamos
que la realidad son huesos. Algo así como empezar diciendo "pienso,
luego existo" y, cada día más envanecidos con nuestro hemisferio
cerebral izquierdo deductivo, acabar diciendo: "sueño, luego
estoy despierto". Serían -son- los sueños de la razón, los que
dieron -siguen dando- vida al monstruo de Frankenstein.
La verdad es que los hechos tan sólo nos dicen que tenemos ritmos
beta más maduros que los mamíferos superiores. Sólo eso y nada más
que eso. O, si se prefiere, que Dios nos ha hecho a imagen y semejanza
de los animales.
Veámoslo.
LIMPIEZA DE CUTIS
Cuando
nuestras mujeres van a hacerse una limpieza de cutis, a quitarse
manchas, espinillas y similares, no hacen sino lo que tantos animales.
Porque, sin ir más lejos, ahí, en el mar, está el caso de ese pez,
de hasta un metro, al que llamamos serrano. Digo llamamos porque
él, que no es, como nosotros, el Rey de la Creación, está muy lejos
de saber que se llama así. Y ese pez es asiduo visitante de los
salones de belleza que otros pececillos han abierto junto a los
arrecifes de coral. Todo un lujo. Esos pececillos cuando ven al
serrano en el lugar apropiado del arrecife salen y, con una delicadeza
y diligencia que ya quisieran nuestras esthéticiennes, se
dedican a limpiar las manchas, parásitos, etc. de la piel del cliente,
que se mantiene en una actitud hierática, casi en éxtasis, dejándose
"manosear" por los pececillos que, por cierto, pertenecen a la familia
de los labroideos, que son quienes se dedican a esos menesteres
en los arrecifes marinos. Unos menesteres que incluyen también servicio
de odontología. Porque los serranos, cuando sienten que la limpieza
de piel ha terminado, abren su enorme boca de feroz predador marino
y los labroideos le hacen una limpieza de dientes que es digna de
todo elogio. Y se ha comprobado que los labroideos son tan diligentes
que atienden en su salón de belleza a más de trescientos clientes
cada día. Aclaro que su jornada de trabajo es de seis horas.
Los salones de belleza y las peluquerías son establecimientos que
tienen todos los animales. Y si se observa el tiempo que dedican,
por ejemplo, las aves a su aseo, tenemos que admitir, avergonzados,
que los humanos somos unos guarros.
Y al igual que el aseo forma parte de la vida de los animales, también
lo forma la fisioterapia. Los animales tienen sus balnearios y van
a ellos cuando creen necesitar cuidados. Dándose el sorprendente
hecho de que un león, por ejemplo, no agrede a una cebra si ambos
se encuentran en el balneario. Cada uno va a lo suyo, que es tomar
las aguas. Supongo que el león piensa que una cebra con artritis
reumática no es una presa especialmente apetecible. Porque los animales
son mucho más selectivos que los humanos. Y hasta más delicados.
Si no, ¿qué hacemos para que una cría humana recién nacida empiece
a respirar? La cogemos por los pies, con lo que la pobre cría humana
queda cabeza abajo, algo realmente atemorizante, y procedemos entonces
a golpearle con fuerza el tierno culito. Algo realmente humillante
y brutal. Tan humillante y brutal que no lo hacen ni los orangutanes.
Porque cuando nace una cría de orangután la madre, tras cortarle
amorosamente el cordón umbilical con un beso-mordisco, coge no menos
amorosamente a la cría y la lleva hasta su pecho; con ternura acerca
entonces el rostro y suavemente, con la delicadeza de un beso-caricia,
le hace un boca a boca. ¡Y aún hay quien habla mal de los orangutanes!
¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?
Si
captura una jirafa persiguiéndola y luego la mete en una jaula y
se la lleva unos kilómetros, lo más probable es que caiga muerta
súbitamente. De estrés.
Un rebaño de ovejas cruzó junto a un polluelo recién nacido. El
pobre polluelo correteó de un lado a otro desorientado. Finalmente
murió. De estrés.
Los animales, como los humanos, enferman y pueden morir de estrés
a causa del miedo, por el abandono de la persona con la que mantiene
un vínculo emocional, por temor a haber perdido la madre, por...
muchísimas causas más.
Por ejemplo, por haber perdido a su pareja y, con ella, su domicilio
conyugal, que fue lo que mató a Floristán, un pájaro que se lanzó
a una competición de canto con un intruso al que bautizaron con
el nombre de Pizarro. Leonore, una hembra que mantenía relaciones
amorosas con Floristán, asistía a la competición con el pico levantado,
muy interesada en el resultado. Y el resultado fue que Floristán,
agotado, sustituyó el canto por un agitado jadeo. Entonces Leonore,
tras lanzar una mirada de desprecio a Floristán, que había pasado
a ser un perdedor, voló hasta posarse junto a Pizarro y, entregada,
le acarició el cuello con el pico. Y ya sabemos lo que esto significa
en el idioma de los pájaros hembra. Demasiado para el pobre Floristán,
que cayó muerto. De estrés.
Como puede verse, nuestros ejecutivos, que tanto presumen de estrés,
no son más que unos galápagos con muchas conchas, porque si vamos
a comparar, casi todas las especies de animales son más vulnerables
al estrés que un ejecutivo. Así que no hay por qué presumir. Que
lo de ir estresado ya no es sólo cosa de hombres. Y éstos son, comprobado,
menos sensibles que los animales.
Pero, cuidado, porque un ejecutivo humano puede no caer muerto de
estrés con la facilidad que murió Floristán, pero sí es probable
que el estrés le deje idiota, como idiota se quedó Hugo.
Hugo era un mono babuino muy inteligente -algo así como un ejecutivo
con idiomas- y ocurrió que le metieron en la jaula a Fips, un babuino
estúpido, pero con músculos hasta en las pestañas. Y como era de
esperar, Fips sacudió a Hugo y éste tuvo que responder a la agresión.
Pero estaba claro que Fips podía sonarle los mocos a Hugo cuando
y cuantas veces quisiera. Lógicamente, separaron a los dos babuinos
y pusieron a Fips en una jaula contigua, donde podía verle Hugo.
Y a Hugo, aun cuando estaba a salvo de los golpes de Fips, la sola
presencia de éste le dejó idiotizado porque, repetidos los tests
que le habían dado la fama de inteligente, después de lo de Fips
y con éste a la vista, el pobre Hugo no dio una. Estaba totalmente
bloqueado -o sea, estresado-, hasta que se llevaron a Fips lejos
de la vista de Hugo. Entonces volvió a ser el brillante mono ejecutivo
que había sido.
Claro que si Hugo hubiera estado en libertad, lo más probable es
que hubiera hecho algo parecido a lo que hacen muchos ejecutivos.
Y otros muchos que no lo son. Concretamente buscarse aliados. Porque
ya se sabe que la unión hace la fuerza y que el pueblo unido jamás
será vencido.
Y esto es lo que hacen hombres y animales. Como los elefantes, con
ser tan fuertes uno a uno. Pues aun así, se unen, porque una manada
de elefantes unida jamás será vencida. Es el comportamiento social
de los elefantes. Y cuanto más inteligentes son, más unión social.
Como las ratas, ese animal cuyo cerebro -según los más recientes
estudios neurobiológicos- es como el del hombre, sólo que pesa menos.
"Ninguna categoría celular, ningún tipo de circuito particular
es propio del córtex cerebral del hombre -ha escrito Jean
Pierre Changeux en "El hombre neuronal"-. Las piezas y los
tornillos de la máquina cerebral humana provienen de un fondo muy
parecido, si no idéntico, al del ratón. El acontecimiento más importante
en la evolución del cerebro de los mamíferos es la expansión del
neocórtex. Ésta va acompañada de un aumento del número total de
neuronas y, por tanto, del número y la complejidad de las operaciones
susceptibles de ser llevadas a cabo por el córtex (...) Ni a nivel
de anatomía macroscópica del córtex, ni al de su arquitectura microscópica,
se da una reorganización cualitativa violenta que haga pasar del
cerebro animal al cerebro humano. Existe, por el contrario, una
evolución cuantitativa y continua del número total de neuronas..."
O sea, es un problema, tan sólo, de cantidad. O, dicho de otra
manera, somos ratas más grandes. Por eso los hombres tienen sonidos
de sometimiento, gestos de humillación, etc., iguales a los de las
ratas. Y dos hombres dentro de una jaula, en cautividad y sin espacio,
acaban matándose, como lo harían dos ratas macho.
Somos tan bestias como los animales. Y éstos, tan bestias como los
hombres porque también los animales, especialmente las hormigas
amazonas, tienen su ku-klus-klan y como los negreros salen a apresar
víctimas para someterlas a esclavitud.
Y hay casos, todavía más cercanos a los hábitos humanos, en que
el cazador no busca gratificar sus necesidades fisiológicas, sino
algo más trascendente. Y esto se ha visto en los chimpancés, cuyos
jefes, en algún caso, han atacado súbitamente a crías de babuino,
las han descuartizado y luego han repartido la carne a trocitos,
con la seriedad de un oficiante en un acto ritual.
Los sociobiólogos explican esta ceremonia como un acto de reafirmación
de los lazos de la manada. Todos participan de un mismo criterio,
todos comparten la misma creencia, todos se asientan sobre una misma
fe.
LA GULA ES COSA DE HUMANOS
Lo
cuenta el etólogo R. M. Fox. Y cuenta que, teniendo en cuenta
la voracidad de las pirañas, intentó conocer cuánto tiempo tardarían
en reventar literalmente si tuvieran una cantidad ilimitada de comida.
Así que cogió veinticinco peces de más de veinte centímetros y los
arrojó en un acuario con dos pirañas de esa misma longitud. Estaba
convencido de que iba a asistir a una orgía. Y no fue así. Las dos
pirañas se comieron, en partes iguales, un solo pez. O sea, no comieron
más de lo que habitualmente comían. Pero hicieron algo sorprendente.
Empezaron a comerse las aletas de los restantes peces, dejándolos
de esta manera con vida pero inmovilizados. Luego, día a día, se
los fueron comiendo, pero sin gula. Así que cuando las pirañas dejan
en unos minutos un oso en el esqueleto es porque son miles las que
atacan, no porque coman por el solo vicio de comer. Que es, precisamente,
lo que hacen muchos humanos, que no sólo comen hasta enfermar sino
que, además, esto es lo lamentable, logran que sus perros engorden
tanto como ellos. Eso cuando un perro nunca hubiera caído en el
vicio de la gula por sí mismo.
Y otro entuerto a enderezar es la falacia humana de que los animales
mandan a sus viejos al asilo. Al contrario, los cuidan solícitamente
porque saben que son quienes poseen más conocimientos. Algo así
como la antigua Roma con sus senadores. Lo más que puede ocurrir
es que jubilen a un anciano libidinoso. Esos ancianos que se empeñan
en procrear cuando lo suyo es llevar a la manada por los caminos
de caza y descubrir los más adecuados refugios. Todo lo contrario
que en nuestra actual cultura urbana. ¡Qué le importa al hijo o
nieto heredero que el padre o abuelo fornique más que un mandril
borracho! ¡Lo que importa es que no meta las narices en el negocio
que el propio padre o abuelo han puesto en pie!.
¡SÓLO LE FALTA HABLAR!
Se
me dirá que cuanto he narrado son actos instintivos -que no lo son-
y podemos volver así a la división entre instinto e inteligencia
de Descartes. Y si volvemos a ella se me dirá que nosotros hablamos
y los animales no. Y al decir esto, naturalmente, quien lo dice
se refiere a que los animales no hablan como el hombre. Y eso -salvando
aspectos que luego veremos- equivale a que un asno dijera que el
hombre es tonto porque no se comunica relinchando o coceando como
él.
Pues bien, no tan sólo todos los animales se comunican a su manera,
sino que, además, muchos de ellos son capaces de comunicarse a la
nuestra. O sea, que pueden decir sus tonterías y las nuestras con
su idioma y el nuestro. Y a esto le llamamos saber más. Como es
el caso del culto chimpancé hembra Lana.
Todo empezó en USA, concretamente en la Universidad de Nevada y
en el año 1966. Ese año Allen y Beatrice Gardner enseñaron
a Washoe, también chimpancé hembra, el lenguaje de los sordomudos.
Posteriormente, David Premack, en la Universidad de California,
enseñó a hablar a Sarah, otra chimpancé hembra. Aunque digamos ya,
antes de que surja otra chimpancé hembra, que un chimpancé macho
hubiera logrado lo mismo. Y salvado el honor masculino añadiremos
que Sarah aprendió a formular frases en el orden gramatical correcto.
Y distinguía entre objetos. Ya se podía decir aquello de que "es
tan humano que sólo le falta hablar".
Pero, sigamos. Ahora a los primates ya no se les enseña a hablar
el lenguaje humano; esto es demasiado fácil. Ahora se les enseña
a hablar el yerk, que es un programa de ordenador. Y Lana fue la
chimpancé -hembra como se sabe, aunque eso no tenga importancia-
a la que el profesor Ernst von Glaserfeld, psicólogo de la
Universidad de Georgia, enseñó el yerk, ese lenguaje especial.
Y Lana lo aprendió en un año.
Todo consiste en que Lana apriete las teclas de su computadora.
Bien entendido que cada tecla contiene un lexigrama previamente
establecido. Y, así, Lana forma frases. Pero Lana debe formular
las frases en el orden gramatical correcto establecido por la computadora;
en caso contrario el ordenador no satisface las peticiones de Lana.
Y las peticiones de Lana, en el más correcto de los yerk son: "Por
favor, máquina, dame un plátano", que es una de las frases que
más le gusta; pero también "por favor, máquina, abre la puerta"
o "por favor, máquina, proyéctame Lo que el viento se
llevo", porque Lana puede pedir que le pongan vídeos, un
disco de Julio Iglesias o lo que sea. Y no sólo pide y pide, como
un humano, sino que también va dando el nombre de los objetos que
Glaserfeld le muestra. Y Lana, que ya empieza a pensar en yerk,
da sorpresas como la siguiente. Un día el cuidador que le llevaba
la comida cogió un plátano de la bandeja y se lo comió. Lana reaccionó
violentamente, pero a lo mono, chillando y erizando el pelo. Pero,
pensando que el cuidador no la iba a atender porque no le hablaba
su lenguaje, dejó de hacer el mono y se fue corriendo a la computadora,
apretando repetidamente, con rabia, la tecla que correspondía al
lexigrama No.
Y esto, así como el hecho de que Lana se ha creado ya un ego y tiene
propia y clara identidad de sí misma, va más lejos de todo lo esperado.
Tan lejos que Descartes, si levantara la cabeza, se volvería corriendo
a la tumba.
Y no hablemos ya de los delfines, cuyo cerebro pesa un kilo setecientos
gramos para una longitud de cuerpo de un metro setenta y dos centímetros,
algo muy humano. Porque el cerebro de un chimpancé pesa unos 350
gramos, el de un gorila 450 y el del pitecántropo, nuestro antepasado,
sólo 650.
De los delfines, ese animal tan respetado y hasta sacralizado por
los antiguos, símbolo de la reencarnación, se pueden contar mil
prodigios. Saben reír y hasta convertirse en monitores, porque un
día observó Lilly que uno de los delfines al que había estado
enseñando palabras y sus significados, por la noche, enseñaba, por
propia iniciativa, a sus compañeros lo que Lilly le había enseñado
durante el día. Tan sorprendente es la capacidad de aprendizaje
del delfín que Lilly dejó de investigar esos animales porque dijo
que no podía soportar tener en cautividad a seres con reacciones
tan humanas.
Chimpancés y delfines, animales tan cercanos al animal humano. Del
chimpancé se dice que en recientes experiencias uno de ellos ha
preguntado al experimentador: "¿Qué hago yo aquí?" Y de eso
a la angustia de los interrogantes metafísicos humanos -¿de dónde
vengo?, ¿a dónde voy?, ¿me alcanzará para la letra del piso?- va
un sólo paso.
LOS RITMOS BETA
Los
ritmos beta -lo he explicado en esta misma página web- son los que
crean la mente objetiva, dicotómica, argumentativa, los que sustentan
el pensamiento conceptual, abstracto, los que nos fragmentan y crean
un yo altamente energético. Y a esto algunos lo llamaron inteligencia,
oponiéndolo dicotómicamente, en un acto de sobrevaloración de los
ritmos beta, al conocimiento instintivo. Pero actualmente se sabe
que el ritmo beta, el que denominamos razonador, no es más que la
adquisición de una mayor frecuencia cerebral. Y se sabe también
que se trata sólo de otra forma de ver, de otro plano de conciencia.
En definitiva, de otra forma de ver la realidad. Y ya son menos
los científicos que se atreven a afirmar que nosotros somos los
inteligentes, los generadores de inteligencia, porque cada vez nos
vemos más como simples receptores de una inteligencia que nos trasciende.
Y que, en definitiva, no podemos hablar de nuestra vida, de nuestra
inteligencia, sino de la vida y de la inteligencia de la Naturaleza,
porque es la Naturaleza, la propia vida, la que se vive en nosotros.
"No venimos a este mundo -escribe Alan Watts- surgimos
de él. Cada uno de nosotros es un síntoma del estado del Universo".
Y de hecho todo es la inteligencia, sólo que nosotros, los humanos,
poseemos una mayor complejidad de procesos mentales y esto nos lleva
al espejismo de que somos libres, de que decidimos nuestro destino,
cuando la verdad es que estamos un poco, sólo un poco, menos unidos
a la Gran Orden que el mosquito del vinagre. Y mejor sería, quizá,
que no tuviéramos ni ese poco de incertidumbre -no de libertad,
que ser libre es no estar movido a opciones-, porque ese poco más
de incertidumbre -que confundimos con libertad- nos está llevando
a tal confusión que nos encontramos ya con la energía nuclear apuntando
a nuestras sienes, próximos al suicidio colectivo.
Y ante el actual comportamiento humano, ante el comportamiento del
hombre razonador, dicotómico, de nuestros días, que en nombre de
la paz hace la guerra, que se ha armado hasta poner en peligro la
supervivencia de la propia Humanidad, que destruye el entorno como
si él fuera un ser aparte que no necesitara de la Tierra, uno se
pregunta si la adquisición de los ritmos beta, esos ritmos que hemos
magnificado, son realmente eso: los ritmos de los dioses, o simplemente
un tumor. Una enfermedad mental que en nuestro caso se manifiesta
con una inflamación del yo, que, convertido en ego, acaba por estallar
en mil fragmentos estelares que se alejan, distanciándose cada vez
más entre sí, alcanzando una mayor y mayor lejanía y soledad, hasta
acabar cayendo en el cubo de basura del hiper-espacio.
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