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LA
NUEVA HUMANIDAD
De
forma generalizada la Humanidad presiente hoy que algo se está moviendo
en el centro mismo de su conciencia. Es sólo un leve cosquilleo,
algo que es anhelo al tiempo que nos inquieta. Pero es sólo eso,
un leve cosquilleo de semilla germinada.
¿Y
cuál será el fruto? ¿Cómo conocer el rostro de la nueva Humanidad?
¿Cómo conocerlo si la semilla cree muerte lo que es surgir como
árbol?
Tenemos,
sí, un nombre para ese nuevo estado. Le hemos dado el nombre de
Conciencia Planetaria. Pero ya se sabe que los nombres son sólo
mapas y folletos. Y nadie puede conocer Australia mirando un mapa,
ni nadie puede conducir un coche real teniendo tan sólo el folleto
que lo describe.
FILOSOFÍA PERENNE
No
obstante...
Ya
en el siglo XVII Leibniz reconoció una constante metafísica
a la que denominó Filosofía Perenne. Autores posteriores recogieron
ese nombre y su concepto en un intento por precisar más y mejor
lo que hay de común en todas las grandes religiones. Y, sobre todo,
lo que, siendo común, ha permanecido de esas religiones en el transcurso
de los tiempos.
¿Es
ése, pues, el hilo de Ariadna?
Así debemos creerlo, puesto que a través de los siglos nuestra expansión
de conciencia parece ha sido sólo un acercamiento a esos rasgos
comunes. Un acercamiento que nos está llevando a ver más y más claro,
debido a la cercanía, el numinoso rostro de la Realidad Última.
Cuando los retablos de todas las religiones son, como está ocurriendo
en nuestros días, barrocas escenas de fábulas sincréticas, laberintos
de confusión, gestos sin contenido, pienso que sólo ese factor común,
que permanece y crece a través de los tiempos, nos puede mostrar
el rostro todavía oculto de nuestra próxima conciencia. De nuestra
conciencia planetaria.
Si
así es, veamos esos rasgos comunes y desvelemos la silueta del hombre
trascendente que estamos destinados a ser.
ESO QUE ERES TÚ
En
el Chandogya Upanishad se lee:
Cuando Svetaketu tuvo doce años, fue mandado a un maestro, con el
que estudió hasta cumplir los veinticuatro. Después de aprender
todos los Vedas, regresó al hogar lleno de presunción en la creencia
de que poseía una educación consumada, y era muy dado a la censura.
Su
padre le dijo:
-Svetaketu,
hijo mío, tú que estás tan pagado de tu ciencia y tan lleno de censuras,
¿has buscado el conocimiento por el cual oímos lo inaudible, y por
el cual percibimos lo que no puede percibirse y sabemos lo que no
puede saberse?
-¿Cuál
es este conocimiento, padre mío? -preguntó Svetaketu-
Su
padre respondió:
-Cómo
conociendo un terrón de arcilla se conoce todo lo que está hecho
de arcilla, pues la diferencia es sólo en el nombre, pero la verdad
es que todo es arcilla, así, hijo mío, es el conocimiento que, una
vez adquirido, nos hace saberlo todo.
-Pero
sin duda esos venerables maestros míos ignoran este conocimiento;
pues, si lo poseyesen, me lo habrían comunicado. Dame, pues, tú,
padre mío, este conocimiento.
-Así
sea -contestó el padre... Y dijo:
-Tráeme
un fruto del árbol del nyagrodha.
-Aquí
está, padre.
-Rómpelo.
-Roto
está, padre.
-¿Qué
ves ahí?
-Unas
simientes, padre, pequeñísimas.
-Rompe
una.
-Rota
está.
-¿Qué
ves ahí?
-Nada.
El
padre dijo:
-Hijo
mío, en la esencia sutil que no percibes ahí, en esa esencia está
el ser del enorme árbol del nyagrodha. En eso que es la sutil esencia,
todo lo que existe tiene su yo. Eso es lo Verdadero, eso es el Yo,
y tú, Svetaketu, eres Eso.
El
"Eso que eres Tú" de los Upanishad es el primero y más importante
de los factores comunes a todas las grandes religiones. Cierto es
que no todos los fundadores de religiones han formulado la presencia
de Dios en el hombre en particular y en la Creación en general con
el grado de proximidad que lo hacen las doctrinas orientales, pero
no hay una sola de esas creencias perennes que no destaque el valor
sagrado de cuanto ha surgido de las manos del Demiurgo.
De
hecho el concepto es que nada ha surgido de Dios, sino que todo
sigue siendo Él. De la misma forma que los árboles no surgen de
la Tierra, sino que son la Tierra, porque estamos aprendiendo a
ver desde más altura y esa mayor altura nos muestra que los ríos
no nacen en un lugar para llegar, finalmente, al mar, sino que son
lenguas de agua constantemente unidas al mar. De la misma manera,
los humanos somos aspectos, sólo aspectos, de la Realidad Última.
Y este concepto de que la Vida -todo cuanto existe- es Él, de manera
que también Dios es nosotros -lo que no significa que nosotros seamos
dioses- nos muestra una imagen humana de la divinidad. Pero al tiempo,
es el concepto que nos puede salvar, porque ese ver a Dios en todo,
saber que el hermano río, el hermano mar, la hermana tierra y también
el hermano asno son aspectos múltiples de la Unidad -no simple creación,
que eso supone separatividad- confiere a todo un valor sagrado que,
una vez interiorizado, convertido en conciencia planetaria, nos
obligará no sólo a ser ecológicos, sino a cambiar también todos
los conceptos culturales. ¿Cómo no ser cuidadosos con nuestro planeta
si, de alguna manera, Él es la Tierra? ¿Y cómo no ser humildes si
hay tanto Él en el hermano asno como Él hay en nosotros, los humanos?
¿JUEGA DIOS AL ESCONDITE?
Si
bien es cierto, dice la Filosofía Perenne, que "Dios es el yo-mismo
del mundo, no por ello puedes ver a Dios. Por la misma razón por
la que no puedes ver tus ojos sin un espejo, y sin duda no puedes
morder tus propios dientes o mirar dentro de tu cabeza".
Dice
un cuento vedanta que a Dios le encanta jugar al escondite, pero
como fuera de Dios no hay nada, Dios se tiene sólo a sí mismo para
jugar. Esta dificultad la supera simulando que Él no es Él. Esta
es su manera de esconderse de sí mismo. Simula que es tú y yo, y
toda la gente en el mundo, y todos los animales y las plantas y
las piedras, y también todas las estrellas. De modo que le ocurren
aventuras extrañas y maravillosas, aunque algunas son terroríficas.
Pero estas últimas no son más que malos sueños, sólo sueños que
desaparecen cuando Él se despierta.
Ahora
bien, cuando Dios juega al escondite y pretende ser tú y yo, lo
hace tan bien que le lleva mucho tiempo recordar cuándo y cómo se
inventó a sí mismo. Pero ahí está, precisamente, la gracia del juego,
eso es lo que Él quería conseguir. No quiere encontrarse a sí mismo
demasiado pronto, pues eso estropearía el juego. Por eso es tan
difícil para ti y para mí darnos cuenta de que somos Dios disfrazado
y oculto.
Pero
hay una forma, dice la Filosofía Perenne, de encontrar a Dios. Y
esa forma es armonizar la dualidad, unir los contrarios, superarlos.
En el más antiguo poema zen podemos leer ya: "Si quieres llegar
a la simple verdad, recuerda que el conflicto entre el bien y el
mal es la enfermedad de la mente".
Y
así es. No se puede separar el bien del mal, como no se puede separar
el día de la noche. Escindiendo no se puede llegar a la Totalidad.
Se trata, simplemente, de "acabar con la obsesiva conciencia
que el hombre tiene de sí mismo y su insistencia en ser un yo separado.
Esto -afirma la Filosofía Perenne- constituye el último y
más formidable obstáculo para el conocimiento unitivo de Dios".
Hasta
ahora el hombre ha conservado un yo denso, un ego nuclear, por eso
hasta ahora el humano no podía entender el concepto de que Él es
nosotros. Porque cuando el yo es un yo segregado, un yo firme e
individualizado, decir que Él es yo equivale a entender que yo soy
Él. Que mi yo individualizado, y mi solo yo, es Dios.
Pero
estamos ya en la era de una nueva tecnología que nos permite crear
redes holísticas de comunicación. Y vamos a viajar por el espacio
-quizá sólo por el espacio cercano, pero por el espacio- y nuestro
yo terrestre -lo hemos visto en los primeros astronautas- se expande,
pierde densidad, al salir del espacio terrestre, al verse yo planetario
y empezar a intuir un yo cósmico.
Por
otro lado, no parece aventurado afirmar que esa misma expansión
de conciencia nos permitirá -por una simple ley de resonancia- entrar
en contacto con otros yo alienígenas que también son Él. Y esto
por el solo hecho de ocurrir, dará fin al actual concepto terrestre
de un yo local y localizado. Entraremos en la fase inevitable de
conciencia planetaria.
EL AMOR NO TIENE ERRORES
Naturalmente, entre los factores comunes la Filosofía Perenne recoge
el amor. O mejor, la caridad entendida en su auténtica acepción,
que es amor desinteresado. "El amor es infalible -dice William
Law-, no tiene errores, pues todos los errores son falta
de amor." O como dijo San Agustín: "Ama y haz lo que
te plazca". Porque el de Hipona sabía que cuando se ama ningún
daño puede hacerse.
Y
sorprende que dos mil años después del nacimiento de Jesús de
Nazaret tengamos que dar de nuevo a la palabra caridad su auténtico
sentido. O lo que es lo mismo, que sigamos carentes de todo sentido
del amor. Porque nadie, absolutamente nadie que no viva en el Tercer
Mundo -o sea, ni usted ni yo- puede hablar de caridad, de ese amor
desinteresado que se ejerce con humildad. Porque nosotros hemos
degradado el sagrado sentido de la caridad reduciéndolo al simple
valor de una limosna. No amamos. En realidad el solo hecho de que
hablemos tanto del amor es el signo más evidente de que ni siquiera
sabemos qué expresa esa palabra. Porque el pez, cuando vive en el
agua, inmerso en ella, en su medio, ni siquiera puede concebir que
el agua existe. El pez empezó a saber lo que era el agua cuando
salió de ella, cuando el agua pasó a ser sólo un recuerdo y un anhelo.
También nosotros, como nuestros antepasados acuáticos, hemos perdido
nuestro medio y ahora, en la tierra árida y densa de nuestro yo
fosilizado, se nos llena la boca hablando de las excelencias del
amor.
Pero,
¿de qué amor? ¿Del amor posesivo del amante, que retiene al amado
contra la voluntad de éste? ¿Del amor que se ejerce con violencia?
¿Del amor que exige contratos y juramentos? ¿Del amor que predican
quienes comercian con Dios? ¿Del amor de quienes en nombre del amor,
y aún del amor en Cristo, retienen bienes, acaparan poder y sólo
dan palabras a quienes agonizan mirándonos, acusándonos, con sus
grandes, desolados, ojos de moscas hambrientas?
Aunque
estamos ya viendo formas de amor que no conocíamos. Esa resistencia
de los jóvenes a jugar al odio de las guerras, ese despertar de
inquietudes hacia nuestro planeta, ese empezar a mirarle como a
un enfermo, esa búsqueda de borrar fronteras físicas y psicológicas,
esas uniones de parejas sin promesas ni compromisos. Todo apunta
que si bien es muy difícil pensar en una Era del Amor, porque difícilmente
puede ser Era del Amor la Era del Hombre en la Tierra, eso no impide
que el solo hecho de ver en todo el Todo sagrado, esa otra premisa
de la conciencia planetaria, nos hará más solidarios. No seremos
ya el hombre de ahora, especializado en dividir, en enjuiciar, en
condenar, porque quien expande su yo no crea contrarios. Sólo se
puede expandir aquello que se une a algo.
¿TIENES TÚ LA VERDAD?
La
Verdad -así, con mayúscula- es una de las palabras más utilizadas
en nuestra cultura. Es una palabra que nos justifica. Tenemos la
Verdad. La Gran Verdad. La Auténtica. Y la Filosofía Perenne, con
gran perspicacia, indica que el contenido expresado por esa palabra
tan utilizada por todas las religiones no puede aprehenderse por
medio de símbolos verbales. Y en definitiva, como escribió Hui
Neng: "No hay nada verdadero en ningún sitio, en ningún sitio
se encuentra la Verdad. Si tú dices qué es la verdad, este ver tuyo
no es el verdadero. Cuando la Verdad es dejada a sí misma, no hay
nada falso en ella, pues es la Mente misma. Cuando la Mente en sí
misma no es liberada de lo falso, no hay nada verdadero; en ese
caso, en ningún sitio se encuentra la Verdad".
Este
último concepto, de trascendente importancia, se abre paso en nuestra
cultura verbal. Se empieza a comprender que la especulación teológica,
la que ha estado rizando el rizo del sexo de los ángeles, es una
total aberración. Hoy se empieza a comprender, como la Filosofía
Perenne opina, que la Voz tan sólo se oye en el silencio y que la
palabrería, ese constante interpretar, son ruidos de rock duro que
silencian cualquier mensaje que nos pueda llegar. Sólo el vaso vacío,
dice el Tao Te King, se puede llenar. Y recuerdo que cuando
en Huautla Jiménez, en el Nido de Águilas de Oxaca, tomé el hongo
sagrado mazateco de manos de María Sabina, el último mensaje
que esa mujer -llamada "la mujer sabia"- me dio fue: "Demasiadas
cosas en la cabeza. Así es difícil entrar".
En
efecto, nosotros los occidentales, los adictos a la palabra y al
verbo -que son concepto y tiempo-, nosotros, a quienes nos han enseñado
a rezar en voz alta -o en voz baja pero con palabras- estamos destinados
a no entrar en el Reino. Porque el Reino, que está en el sagrado
silencio de nuestro templo interior, no en los grandes templos exteriores,
donde el orgullo humano ha intentado mostrarnos a un dios a su imagen
y semejanza, estamos destinados a no conocer la Verdad. La Verdad
-y yo creo que aún simplemente la verdad- tan sólo puede conocerse
en auténtica meditación. En esa pérdida del yo como núcleo personal
y denso y en su expansión solidaria con todo. Con una clara visión
de que la auténtica comunicación tan sólo puede establecerse de
vacío a vacío, de resonancia a resonancia, de anhelo a anhelo. Sólo
la mente abierta -sin interpretaciones ni dogmas-, sólo la mente
receptiva -sin imposiciones ni cruzadas-, sólo la mente aquietada
-sin relojes ni metas temporales-, sólo la mente sencilla -sin prejuicios
ni juicios de valor- puede alcanzar una no distorsionada comunicación
transpersonal.
La
experiencia personal e intransferible ejercida con el espíritu tranquilo
es el único camino para acceder a la verdad. Quizá a la Verdad.
Así lo entiende la Filosofía Perenne. Como así lo entendió Ryo-Nen,
una religiosa zen: "Sesenta y seis veces vieron estos ojos las
cambiantes escenas del otoño. Hablé bastante ya sobre la luz de
la luna; no me preguntéis más. Atended sólo a la voz de los pinos
y cedros, cuando ningún viento se agita".
LOS CERDOS DE CHUANG TSE
Junto
a aspectos en torno a la salvación, liberación, fe, ritos, sufrimiento
y oración, la Filosofía Perenne se extiende especialmente en torno
al grave error de que nos estemos dirigiendo a Dios sin apartarnos
del yo. William Law, autor de textos especialmente luminosos,
llenos de amor caritativo, fue no obstante especialmente duro al
referirse a ese error: "¿Queréis saber por qué han aparecido
en el mundo tantos espíritus falsos que han engañado a sí mismos
y a otros con falso fuego y falsa luz, alegando información, iluminación
y apertura de la Vida divina, especialmente para obrar maravillas
bajo extraordinarios llamados de Dios? Es por esto: se han dirigido
a Dios sin apartarse de sí mismos; querrían vivir para Dios antes
de morir para su propia naturaleza. Y la religión en las manos del
yo, o naturaleza corrupta, sirve solamente para expresar vicios
de peor clase que los existentes en la naturaleza dejada a sí misma.
De ahí las desordenadas pasiones de hombres religiosos, que arden
en una llama peor que las pasiones empleadas sólo en los negocios
del mundo; el orgullo, la exaltación de sí mismo, el odio y la persecución,
so capa de celo religioso, quieren santificar actos que la naturaleza,
librada a sí misma, se avergonzaría de confesar".
A
lo largo de la Historia, una increíble suma de maldades ha sido
hecha por ambiciosos idealistas, conducidos por su propia palabrería
y su avidez de poder o la convicción de que obraban por el máximo
bien de sus semejantes.
"El gran augur -ha escrito Chuang Tse-, ataviado con
sus vestiduras ceremoniales, se acercó al matadero y habló así a
los cerdos: "¿Qué objeción podéis poner a vuestra muerte? Os engordaré
durante tres meses. Me disciplinaré durante diez días y observaré
tres ayunos. Esparciré hierba fina y colocaré vuestro cuerpo sobre
la labrada fuente del sacrificio. ¿No os satisface todo esto?".
Luego,
hablando desde el punto de vista de los cerdos, continuó: "Quizá
sea mejor, después de todo, vivir de afrecho y escapar al matadero".
"Pero, en cambio -añadió, hablando desde su propio punto de vista-,
para gozar honores en vida, estaría uno dispuesto a morir sobre
un escudo de guerra o en la cesta del verdugo".
Rechazó,
pues, el punto de vista de los cerdos y adoptó su propio punto de
vista. ¿En qué sentido, pues, era él distinto de los cerdos?".
Evidentemente,
justificar el no sacrificio de nuestras pasiones, ignorancia y obstinación
con el sacrificio de nuestros semejantes, aun cuando ese sacrificio
se efectúe con ritos y honores, no es de humanos. Ni siquiera de
cerdos, porque los cerdos no intentan justificar sus propias limitaciones,
su propia obcecación en lo que Cristo llamó los "actos repetitivos",
los actos rituales alimentados por la ignorancia, llevando a otros
cerdos al matadero.
Lo
ha escrito Hans Denk: "Las ceremonias en sí no son pecado,
pero quien crea que puede alcanzar la vida por el bautismo o compartiendo
el pan se halla todavía en la superstición (...) Todas las cosas
externas deben ceder al amor, pues ellas son por el amor, y no el
amor para ellas".
Sebastián
Castelio, discípulo favorito de Calvino, se separó de
su maestro cuando éste condenó a Servet a la hoguera acusándole
de hereje. Y, dicho sea de paso, que, al parecer, Calvino no cayó
en la cuenta de que él, el acusador, había fundado su religión disintiendo
del catolicismo que, a su vez, le había considerado, por tanto,
también hereje.
Aldous
Huxley, que nos recuerda el texto de Castelio, señala que ese
texto "es una conmovedora protesta contra los crímenes y locuras
perpetrados en nombre de la religión por los reformadores del siglo
XVI que se dirigían a Dios sin apartarse de sí mismos", que
estaban más interesados en aspectos temporales del cristianismo
que en la búsqueda de la Realidad Última.
He
aquí el texto de Castelio, un texto que le hubiera supuesto la tortura
y la muerte de haberlo escrito dentro de los dominios de Calvino:
"Si vos, ilustre Príncipe (estas palabras van dirigidas al duque
de Würtemberg), hubieseis comunicado a vuestros súbditos
que los visitaríais en fecha no indicada y requerido que se pusieran
vestiduras blancas para recibiros, ¿qué haríais si, a vuestra llegada,
vieseis que, en vez de vestirse de blanco, habían pasado el tiempo
en violento debate acerca de vuestra persona, insistiendo algunos
en que estabais en Francia; declarando unos que llegaríais a caballo,
otros que en carroza; sosteniendo unos que llegaríais con gran pompa
y otros que lo haríais sin séquito alguno? Y especialmente, ¿qué
diríais si los vieseis disputar no sólo con palabras, sino con los
puños y las espadas, y si algunos lograran matar y destruir a otros
que diferían de ellos? (...) Príncipe, ¿qué pensaríais de tales
ciudadanos? Cristo nos pidió que nos pusiéramos las blancas vestiduras
de una vida pura y santa; pero, ¿qué ocupa nuestros pensamientos?
Disputamos no sólo sobre el camino hacia Cristo, sino sobre su relación
con Dios Padre, sobre la Trinidad, la predestinación, libre albedrío,
naturaleza de Dios, de los ángeles, condición del alma después de
la muerte, sobre una multitud de materias que no son esenciales
para la salvación; materias, además, que no podrán ser sabidas hasta
que nuestro corazón sea puro; pues son cosas que deben percibirse
espiritualmente".
Castelio
y Denk ajustaron su mensaje al contenido de la Filosofía Perenne,
cosa que no hicieron Calvino y Lutero, porque éstos prefirieron,
como todos los grandes conductores de religiones con estructuras
de poder, la vía fácil y más rentable entre los fieles de una simple
justificación por la fe.
Y
los fieles prefirieron esa vía fácil, en la que era posible todo
ruido de controversia teológica, con sus corolarios de división
entre fieles y herejes, con enfrentamientos y persecuciones, a la
vía menos cómoda del debilitamiento del yo, de la humildad, del
perdón y el amor caritativo, de la experiencia personal.
Y
resultados similares han traído todas las grandes religiones jerarquizadas,
con poder terrenal. El hombre cree que puede erradicar el mal llevándole
ante un piquete de ejecución. Lo combate con saña, odiándole, sin
comprender que el mal está y estará en el propio hombre en tanto
no acepte que nadie puede fusilar las tinieblas, que sólo la luz
puede disiparlas. Sólo trascendiendo la dualidad bien-mal, sólo
trascendiendo el yo, podemos alcanzar la conciencia planetaria.
Esperemos,
por tanto, que esta Era de la Comunicación nos traiga la auténtica
comunicación. Una comunicación que no utilice el Todo para particularizarnos,
para reafirmarnos en nuestro yo, sino que seamos capaces de trascender
el yo y desde nuestro cosmos interior, sin fronteras, sin el autoritarismo
de guías externos, de verdades impuestas, de ritos sin contenido,
podamos expandirnos hasta alcanzar el brillo estelar de una conciencia
planetaria.
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