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LOS
AUCAS ¿SALVAJES O MÍSTICOS?
En
1978 conviví por primera vez con los aucas. Gracias a Quento,
hijo de madre auca, fui aceptado por una tribu de esa etnia.
Soy una de las pocas personas que ha conseguido acercarse a ellos
sin morir.
Loa
aucas tienen su hábitat en la amazonia Oriental de El Ecuador
y su forma de vida corresponde al Paleolítico. Algunas de sus tribus,
como aquella con la que conviví solo sabe del hombre blanco que
es un intruso que va a secuestrarles -para recluirles en zonas lejanas-
o a asesinarles. De ahí que nos aniquilen en cuanto entramos en
su territorio.
Son
terribles guerreros, temidos por todos. En el verano de 1987 los
medios de comunicación del mundo entero dieron cuenta de una de
sus últimas y brutales acciones violentas. Me refiero al asesinato
del obispo español Alejandro Labaca y de su acompañante,
la monja colombiana Inés Araujo. Fueron alanceados hasta
setenta y cinco veces.
Convivir
con los aucas, aislado de todo posible contacto con el mundo
civilizado, durante casi un mes, supuso para mí retroceder unos
40.000 años en el tiempo. Ser un hombre más del Paleolítico, cazador
y recolector. Algo realmente fascinante.
Mis
experiencias con los aucas -aucas es el nombre que han dado a esa
etnia los quechuas y significa asesino, salvaje, traidor- las he
narrado detalladamente en el libro "Mi vida con los Aucas". Libro
en el que, aparte de explicar cómo son, cómo viven y cómo sienten
los aucas y aparte de recoger su idioma y otras formas de comunicarse,
explico también que no son esos asesinos que vemos en ellos. Conmigo
los aucas fueron lo que realmente son, huaorani, porque huaorani
(el singular huao) es el nombre que ellos se han dado, el
de su idioma, y huao significa gente, persona. Pero gente, persona,
en un sentido humano, amistoso.
Y
más aún: lo que no digo en el libro y revelo aquí por vez primera
es que esos aucas -esos salvajes, asesinos y traidores para nuestra
civilización- no son tan sólo personas, sino que sus pautas de comunicación
poseen claras analogías con las que nosotros solemos atribuir a
los estados de comunicación mística.
Y la pregunta es: ¿Cómo se puede atribuir a una etnia todavía inmersa
en el Paleolítico, completamente salvaje, unos procesos de comunicación
relacionados con los místicos, que se considera ocupan la cumbre
de la espiritualidad?
Si
bien son muchas las clasificaciones que intentan ordenar los estados
de conciencia, lo que sí ha quedado claro y todos los tratadistas
respetan es que hay un proceso cumbre, que se encuentra en el pináculo
de estos estados anímicos. Y este proceso es la experiencia mística.
LA EXPERIENCIA MÍSTICA
Para
San Pablo ese estado místico es "la paz que trasciende
el conocimiento". R.M. Bucke lo denominó "conciencia
cósmica". En el budismo Zen, el término que le corresponde es
satori o kensho. En yoga se llama samadhi o
mosksha. En el taoísmo, "el Tao absoluto". Thomas
Merton utilizó la frase "inconsciente trascendental"
para describirlo. Abrahan Maslow creo el término "experiencia
cumbre". Los sufís hablan de fana. Gurdjieff lo
denominó "conciencia objetiva". Los cuáqueros lo llaman "la
luz interior". Jung se refería a la individualización.
"Pero -como ha escrito John White- cualquiera que
sea el nombre de este fenómeno tan viejo y conocido (iluminación,
liberación, experiencia mística, etc.) todos están relacionados
con un estado de conciencia radicalmente diferente de nuestro entendimiento
normal, de nuestra conciencia vigil, de nuestra mente de todos los
días. Por lo demás, todos están de acuerdo en que se trata del estado
más alto de la conciencia: una percepción autotransformadora de
la unión total de uno con el infinito. Se encuentra más allá del
espacio y del tiempo. También más allá de las palabras y es altamente
emocional"
En
términos más científicos, y dentro de la Psicología Transpersonal,
Roger N. Walsh, con quien coinciden Duane Elgin, Frances
y Vaughan y Ken Wilber, indica que el proceso
de experiencia mística se caracteriza por:
» Inefabilidad: la experiencia es de un poder tal
y tan diferente de la experiencia ordinaria que da la sensación
de que desafía toda descripción.
» Noética: hay una sensación incrementada de claridad
y comprensión. Percepción alterada del espacio y del tiempo.
» Apreciación de la naturaleza holística, unitiva
e integrada del Universo, y de la propia unida con él.
» Intenso afecto positivo, incluyendo una sensación
de la perfección del Universo.
Creo
innecesario extenderme en algo tan obvio como la inefabilidad de
la experiencia mística. A fin de cuentas, se trata de otra forma
de percibir. Y hoy se sabe ya que a cada estado de conciencia -o
alteración de la frecuencia, potencial eléctrico, etc. del cerebro-
le corresponde una forma distinta de percibir.
Y
que cada una de esas formas de percibir resulta incomprensible para
las restantes. Así, nuestro estado vigil de ritmos beta cerebrales,
que ha creado el concepto tiempo y la dualidad, que es lineal y
argumentativo y que se corresponde con la cultura escrita, no puede
explicar las pautas de comunicación auca que se mueven en un ritmo
más lento: analógico y emocional. Como tampoco podemos describir
conceptualmente -o sea, con el lenguaje y la escritura- nuestras
propias experiencias místicas. Pero eso no significa que esas experiencias
no sean válidas o sean patológicas. Significa, simplemente, como
ya he indicado, que son otra forma de percibir. Una forma de percibir
que el ritmo beta dual no puede explicar. Algo que a los aucas
les trae sin cuidado, porque ellos desconocen la escritura y,
casi, el lenguaje. Ellos palpan y sienten, así que nada hay que
explicar. A fin de cuentas, son lo suficientemente inteligentes
como para saber que la vida ha sido hecha básicamente para ser vivida.
Y sólo en segundo lugar, para ser interpretada y explicada. En cambio
nosotros, a fuerza de sacralizar el estado vigil del ritmo beta,
de creerlo la única forma de inteligencia y conocimiento, estamos
convencidos de que todo debe poderse comunicar discursivamente,
mediante la palabra y la escritura. Y así desechamos o consideramos
patológico todo cuanto la razón -o sea, la percepción fragmentada
típica del ritmo beta- no puede aprehender.
He
de confesar, por tanto, que también a mí me resultó al principio
muy difícil comprender los procesos de percepción auca, pero,
acostumbrado a inducir a pacientes a estados regresivos, me resultó
más fácil que a otro investigador de nuestra cultura intuir sus
estados de conciencia y acercarme a ellos mediante una metodología
de pautas regresivas.
Como
en el caso de la inefabilidad, resulta muy difícil transmitir la
sensación que yo tuve de que la comprensión de los aucas era más
intuitiva, más plena, también más ajena a su propia conciencia personal,
de lo que es a nosotros nuestra comprensión.
UNIDAD CON LA SELVA
Mi
vida con los aucas me hizo ver y sentir que su inteligencia
está perfectamente unida al inconsciente colectivo -o cósmico-.
Es una inteligencia profundamente ecológica. Así, los aucas,
que conocen las virtudes y peligros de todas las plantas, que pueden
utilizar, por tanto, drogas tan potentes como el alucinógeno ayahuasca,
es, no obstante, un pueblo que no fuma, ni se
droga. Ni prácticamente utiliza
el alcohol. Y no
lo hacen porque saben
-intuitivamente- que eso destruiría la unidad tribal, esa unidad
que les trasciende y a la que sirven por encima de su unidad como
individuos.
Es
un hecho que los aucas no interrumpen el flujo informativo
que les recorre. Son casi sistema nervioso autónomo. Y no crean
separatividad. Ellos viven en la unicidad. Sueño y realidad, subjetividad
y objetividad, no están tan distanciados como en nosotros. Ellos
son la selva y la selva es ellos. Viven en la selva como el feto
en el claustro materno. Umbilicalmente unidos a ella. Y resulta
evidente que en esas condiciones de subjetiva-objetividad no hay
nada externo que cambiar. Y así es, porque, para empezar, no hay
nada externo. La selva no está fuera de ellos. Y el orden de la
selva, el orden natural, es su orden. El orden de la conciencia
del inconsciente. Y si bien es cierto que no poseen el conocimiento
causal-matemático, están en posesión -actúan como si lo poseyeran-
del conocimiento de inconsciente colectivo, el conocimiento que
rige el Cosmos como totalidad. Selva y ellos son una misma inteligencia.
Y la vida de la selva es su vida. Por eso ellos, inconscientemente,
protegen la selva y la selva les protege a ellos.
Por
ejemplo, los aucas nunca cazan una pieza, una sola pieza
más de las que necesitan para alimentarse unos días. Entienden que
la selva les da los animales que necesitan. Pero ni uno más. Y si
cazan por encima de sus necesidades creen que están matando animales
que la selva no les ha dado, que no estaban destinados a ellos.
Si eso ocurre los aucas saben que la selva les castigará.
Y, en efecto, así es, porque el castigo, el terrible castigo, sería
la rápida extinción de la caza.
Cabe
objetar que esa inteligencia holística que les penetra y parece
ajena a ellos como individualidad, les obliga a cometer infanticidios
cuando un excesivo nacimiento de niñas pone en peligro la estabilidad
tribal. Y este hecho parece alejarnos de la sensación incrementada
de claridad y comprensión de que hablan los místicos. Porque si
bien es cierto que los aucas dan muestras de una inteligencia
que está por encima de los conocimientos de que son conscientes,
también es cierto que esa inteligencia grupal auca parece tener
como fin básico la supervivencia de la etnia. Pero aquí cabe también
indicar que la conciencia mística no rechaza la crueldad, simplemente
se limita a aceptarla como algo natural, hasta conveniente. Es la
aceptación plena de los hechos. Su plena comprensión. Y en este
sentido sí podría hablarse de una profunda noética auca.
ESPACIO Y TIEMPO
Indudablemente
los aucas experimentan el espacio y el tiempo de forma muy
distinta a la nuestra. Y, por descontado, su espacio-tiempo es o
está más cerca del espacio-tiempo místico que del espacio-tiempo
generado por las ondas cerebrales beta, más aceleradas que las ondas
alfa, theta y delta.
Los
aucas viven todas sus sensaciones como el niño no nato. Para
los aucas, al igual que para el feto, prácticamente todo
está en ellos mismos. Las sensaciones no les llegan, están y las
sienten. Ellos, para objetivar, para saber que algo está fuera de
ellos, tocan. De esta manera logran que algo esté fuera sin dejar
de estar dentro. Es la objetividad de una constante subjetividad.
Por eso en el mundo sensorial auca todo es contacto físico. Porque
no hay comunicación a distancia. En nosotros el ojo que mira ve,
inevitablemente, algo que está fuera, distanciado. Los aucas,
por el contrario, cuando miran están acercando aquello que miran,
porque ellos lo ven: tocan. También con la mirada.
Por
otro lado, los aucas no viven la vida como una vida-argumento.
Ni siquiera el día les trae una serie de hechos encadenados. La
vida para ellos es jugar, cazar, copular, dormir. Y cada uno de
estos acontecimientos es unidad y plenitud con propia intensidad
sensorial. Para ello la finalidad de la vida es vivir, con lo que
medio y fin se identifican en un espacio-tiempo cero.
En
una cultura sin alfabeto fonético, sin escritura, como la de los
aucas, en la que no ha surgido todavía la especialización
de la vista con su discurrir lineal, todo se vive con sentimiento
de intensidad.
Para
ellos, sólo hay acontecimientos. Y esos acontecimientos son, básicamente,
más o menos impactantes. De manera que los que más presionan la
mente ocupan un primer lugar, por su mayor intensidad, en su constante
presente. Por así decirlo, son más presente que el presente de aquellos
otros acontecimientos que han dejado menos huella, aún cuando éstos
hayan ocurrido en fechas más cercanas en el tiempo.
Hay,
por tanto, en el auca, una percepción alterada del espacio
y del tiempo, pero cabe la pregunta -tan difícil de responder- de
si la calidad del espacio-tiempo de los aucas posee la fuerza
trascendente -disolvente y de punto omega- que dicen posee el espacio-tiempo
del éxtasis místico.
He
indicado ya que los aucas viven en la selva como el feto
en el claustro materno. En efecto, es un hecho que el auca vive
como en suspensión en el agua amniótica de su cosmos-selva, de su
dios-selva. Y en este sentido el auca es plenamente holístico, total.
Hasta el punto de que su "yo" queda supeditado al yo-tribu, y éste
al yo-selva. Siendo la selva, para ellos, que entienden no existe
nada fuera de ella, lo que el Universo es para nosotros. Y, así,
al igual que los místicos llegan a la unicidad por la fusión con
el cosmos (...con su totalidad), ellos llegan a esa unicidad interna
por su fusión con la selva (con su totalidad). Todo llega de la
selva, la selva establece con entrega total a esa comunicación.
Al igual que a un místico, todo le llega de Dios y se entrega a
ese mensaje diluyendo en Él su yo.
Y
de la misma manera que un místico se hace Dios con Dios, el auca
se hace selva con la selva. Pero su identificación con la selva,
aun siendo personal, no la siente así, sino que la siente a partir
de la unidad social tribu. Es como si una comunidad religiosa de
místicos entendiera que la fusión con la Totalidad no es una cuestión
personal, sino algo colectivo, que compromete a toda la comunidad.
Imposible,
no obstante, cualificar aquí -y más imposible todavía cuantificar-
si la fusión del místico con la divinidad es más íntima y gratificante
que la del auca en su unión con la selva. Pero en todo caso, hay
que destacar que el místico vive instantes de fusión, en tanto que
en los aucas la fusión es su forma de vida.
INTENSA AFECTIVIDAD
Normalmente
la vida de los aucas es una juerga constante. Desde que amanece
hasta que anochece no cesan de jugar, parlotear y reír. Y no hay
novedad que, aun siendo aparentemente una desdicha, no provoque
la hilaridad. A Boca, por ejemplo, se le ha vertido la olla en la
que preparaba el curare. Pues bien, nos lo cuenta una y otra vez
entre risotadas, imitando con las manos, con los pies, con el cuerpo,
cómo se le ha vertido la olla. Y todos ríen. Todos parecen enormemente
felices a pesar de que al desdichado de Boca se le ha vertido el
curare, lo que le supondrá otro medio día elaborarlo de nuevo. No
importa, la vida es alegre y no hay penas en los ojos aucas.
Los
aucas son hospitalarios, acogedores, lúdicos. Poseen todas
las virtudes de quienes han establecido una amplia afectividad positiva.
Y, por otro lado, insisto, ni por asomo piensan que la selva pueda
o deba ser mejorada.
No
obstante, es de justicia decir aquí que la fusión amorosa de que
hablan los místicos no parece ser la que viven los aucas,
porque éstos, aun viviendo en fusión con la Naturaleza, poseen enemigos
a los que no dudan en matar. Las luchas tribales son un hecho, como
lo son los infanticidios.
Es
indudable que algunos de los rasgos del comportamiento auca
pueden ser explicados por la etología. Así, su capacidad de fusión
en tribu-manada, la defensa del territorio, etc. son rasgos que
el auca -también nuestro hombre occidental en muchos aspectos-
comparte con el animal. Pero, en este caso, al igual que en el análisis
de un posible misticismo auca, el paralelismo no llega a
la identidad. Ni nosotros somos chimpancés con frigorífico, ni el
auca es un jaguar que ha aprendido a bromear.
Pero...
¿cómo explicar que el auca tenga, a la vez, casi tanto de
chimpancé como de Buda?
Entre
los estados de conciencia hay uno que es el estado regresivo. Ese
estado regresivo se caracteriza por un descenso a un nivel anterior
a la propia edad. Estos estados pueden ser temporales (por modificación
de los estados de conciencia mediante inducciones verbales y de
otro tipo como drogas) o de larga duración (determinados casos de
senilidad).
Es
de destacar que las regresiones van unidas a ritmos cerebrales más
lentos que beta. Y esos ritmos más lentos -alfa, theta y delta-
son, precisamente, los ritmos sofrónicos y de meditación.
A
nivel individual se considera que una regresión llega a su punto
máximo cuando se identifica con el feto que fue.
Aclaro aquí que las ondas cerebrales comienzan antes de nacer, pero
a los diez o doce meses de haber nacido se dice que el promedio
es sólo de 10 ciclos por segundo. Muy por debajo del ritmo beta
de vigilia. Este ritmo se alcanza con plenitud entre los siete y
los doce años.
Así,
teniendo en cuenta que el niño vive en un mundo sin tiempo y con
alteración del concepto espacio, no es de extrañar que, como indican
Raymond Prince y Charles Savage: "Todo niño recién
nacido establece con el mundo exterior unas relaciones de participación.
O quizás sea más correcto decir que en esta etapa temprana el ser
y el mundo aún no han sido separados el uno del otro. Dentro de
la relación del recién nacido con la cosa, él es esa cosa; no ve
ni siente el pecho de su madre, no oye el sonido del silbato del
tren... Quizás podamos pensar que el flujo de conciencia del niño
en esos momentos sea una sucesión de cosas concretas: hambre, dolor,
pecho, madre, olor, las barras de la cuna, etc. En esta etapa no
habría separación entre el yo y el ello: todo sería uno."
Partiendo
de esa percepción unitiva del mundo, Prince y Savage llegan a la
conclusión de que toda experiencia mística no es más que una regresión
al estado de recién nacido. O quizás, al estado fetal.
Y
si llevamos este mismo razonamiento a la evolución de la especie,
Roger W. Wescott ha descrito: "Situar cronológicamente
la génesis del ego es una tarea arriesgada, pero me siento inclinado
a relacionar su desarrollo con la aparición del lenguaje, la religión
y los sistemas de parentesco. Esto significaría que la primera especie
homínida que tuvo un ego fue el homo neandertalis; la primera cultura
que lo incorporó la Musteriana y la primera era en observarlo, el
Mesopaleolítico . Cronológicamente esto significaría que el ego
tiene alrededor de 100.000 años; es antiguo en comparación con la
civilización, pero recién nacido comparado con la conciencia. La
probabilidad de que el ego sea posterior a la conciencia dentro
de la filogénesis humana se ve aumentada por el hecho de que parece
suceder lo mismo en la ontogénesis física del niño."
Si
aceptamos que la experiencia mística es una regresión en la propia
biografía de quien la experimenta, y si unimos esto a la analogía
filogenética de que toda experiencia mística puede ser también una
regresión en la biografía de la especie o, más aún, en la propia
evolución de la vida, nos encontramos con la terrible conclusión
de que el estado místico corresponde a los primeros períodos de
la vida y que ese estado es más pleno cuanto más cercano se encuentra
del punto del surgimiento a la existencia. De ahí que los aucas
posean pautas de comportamiento místico,
pero dada su cercana antigüedad -de 20.000 a 40.000
años- su estado místico es más imperfecto.
Y
digo terrible conclusión porque esto nos llevaría al hecho de que
la evolución, con su creación de, cada vez, más rápidos ritmos cerebrales,
con su, cada vez, mayor capacidad segregadora, nos va alejando más
y más del sentimiento holístico, de la fusión con la totalidad.
Seríamos
como un espejo que se va rompiendo en más y más fragmentos, que
multiplica una y otra vez y cada vez más lo que era una sola imagen,
una sola identidad, para amontonar trocitos de un puzzle cada vez
más fragmentado que no sabemos ya ordenar.
Porque
si estamos todos de acuerdo en que la experiencia mística es un
estado cumbre, el más alto estado de conciencia, entonces qué ocurre,
¿nos estamos degradando cada vez más? ¿Son los aucas los
civilizados y nosotros somos salvajes? ¿Viaja la evolución de la
Vida hacia su propia destrucción? ¿Se fragmenta y aleja cada vez
más como la metralla espacial del big bang primigenio? ¿O,
simplemente, estamos recorriendo la curva inevitable de la segunda
ley de la termodinámica, que nos llevaría a la muerte por entropía?
Y si así fuera, ¿es esa la causa por la que cada vez necesitamos
más y mayores formas de energía a fin de mantener el necesario orden
neguentrópico que nos aleje del cada vez más cercano reposo por
igualación?
Demasiadas
preguntas sin respuesta. Limitémonos al hecho de que el paraíso
perdido de nuestra infancia cerebral -el que quiera entrar en el
estado de conciencia del reino de los cielos tiene que hacerse niño-
es algo que se aleja cada vez más. Porque la realidad es que el
hombre, como especie, ha roto el cordón umbilical que le mantenía
unido a la Tierra. Hemos roto el cordón umbilical con la madre y
nos encontramos solos -individualmente solos- en un espacio y tiempo
ilimitados. Ya no somos el auca protegido por la selva, viviendo
en el claustro materno, diluido individualmente en el más amplio
"yo" de la tribu; somos unidades aisladas, sin comunicación umbilical,
somos un centro en un vacío sin límites que debemos explorar y conocer
para mitigar la angustia que nos crea tan horrendo vacío. Y así,
por ser centro e isla, por nuestra abismal incomunicación con el
Todo, vemos al Todo como meta y enemigo. Es la terrible dualidad
de quien se siente obligado a crearse amigos porque se sabe enemigo,
es la lucha por establecer de nuevo la comunicación cósmica, total,
plena y embriagante en que viven los aucas.
Pero
seamos optimistas; quizás surgir filogenéticamente a la vida externa,
salir del útero, romper el cordón umbilical con la Tierra, puede
llevarnos a un nuevo y más gratificante estado de unión mística,
de integración con el Cosmos.
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