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Para
un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS
AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de
los capítulos del libro.
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CAP. 12: DESPUÉS DEL ENCUENTRO
Cuando, con abrazos y con tristeza en sus ojos y en los nuestros, nos despedimos, sabíamos ya que su auténtico nombre no es aucas sino
huaoraní, que significa personas. Que aucas -salvajes, asesinos- es el nombre que les han dado quienes no les conocen. Y sabíamos también que si bien es cierto que los huaoraní han matado a blancos, más cierto es que antes éstos -caucheros, buscadores de oro y petroleros- les hicieron objeto de toda clase de vejaciones y crueldades.
Me contaron en Quito que, en los primeros meses de prospección, los petroleros intentaron que los
huaoraní trabajaran en los sondeos que efectuaban en territorio de éstos. Pero todos sus esfuerzos por integrar mano de obra barata fueron estériles. Así que a estos primeros intentos siguieron enfrentamientos y hostilidad por ambas partes. Pero en la selva, un huao con lanza es más eficaz que cien blancos con misiles. De manera que algún ejecutivo blanco, racional y expeditivo, imaginó que la mejor forma de resolver el problema huao -que estorbaba a los intereses del progreso al retrasar la extracción de petróleo- era darles comida. Pero comida envenenada. Y así se hizo más de una vez, exterminando a tribus enteras: hombres mujeres y niños.
Y nosotros, los civilizados, portaestandartes de la cultura y ostentadores de la divina luz de la razón, seguimos llamando aucas -salvajes, asesinos- a los
huaoraní , porque, a pesar de haberles invadido el territorio y de nuestra comida envenenada, seguimos convencidos de que los aucas son ellos. Y los
huaoraní nosotros.
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