INICIO
  Un viaje al Paleolítico
 
Para un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.
   INICIO CAP. 11: EL GRAN MENSAJE

   Decididamente nada hay más práctico que el come para ir por la selva. Así que me quito la ropa y... Nemo, el más tocón de los jóvenes aucas, me contempla fijamente, como hechizado. Y por la dirección de su absorta, casi esquizoide, mirada... La verdad, empiezo a inquietarme.
Segundos después también Tita parece fascinado. Y eso me alarma aún más. Pero a la mirada fija de Tita une la suya Ubi. Y empiezo a no comprender nada. Porque, sinceramente, yo nunca he presumido de genitales. Aunque, quizá... ¡quién sabe!. Es posible que yo no me haya valorado en justicia.
Nemo, que ha avanzado sin abandonar su expresión de asombro y admiración, me está tocando ahora. Uno de sus dedos, con extremo cuidado, casi con veneración, recorre la ancha y profunda cicatriz que dejó mi apéndice extirpado. Al tiempo ha levantado la mirada y me contempla con admiración. ¡Así que era mi cicatriz!.
Quento está hablando con los guerreros aucas. No sé qué les dice, pero, instantes después, también ellos acarician mi cicatriz con expresión grave, fascinada. Y a los guerreros siguen sus mujeres. Y luego los niños. Y, finalmente, Uruca; quien recorre mi cicatriz como distraída, de forma francamente irreverente. Y es que esa muchacha es la cosa más tosca que ha nacido de madre auca. ¡Ni mi cicatriz sabe apreciar!.
Y, día tras día, los aucas siguieron acariciando mi cicatriz. Parecían embobados con ella. Creo que me hubieran dado todas sus mujeres por poseer una igual. Y yo empecé a reconciliarme con el cirujano que hizo tan chapucera operación de apendicitis.
Durante un tiempo Quento dejó que me ilusionara con mi cicatriz-imán. Pero una noche -cuando le pregunté por enésima vez cual era la razón de que mi cicatriz tuviera tanto éxito- soltó una risotada y me aclaró que había dicho a los aucas que esa herida me la había hecho combatiendo contra varios enemigos, a los que había matado. ¡Qué bestia!.
Dos semanas después mi cicatriz despertaba ya muy poca admiración. ¿Se habían acostumbrado a ella?. No creo. Pero si se habían acostumbrado a verme tropezar y resbalar en las trochas de la selva. A verme cruzar sentado, culeando, sobre puentes-tronco. A verme hecho poco menos que un inútil. Y así no había auca que pudiera tomarme en serio. Ni aún con cicatriz.