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Para
un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS
AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de
los capítulos del libro.
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CAP. 8: EL LENGUAJE DE LA PIEL
Llevo sólo unas horas entre los aucas y mujeres, hombres y niños me han abrazado mil veces, me han buscado piojos que aún no tengo y no han cesado de tirarme de la barba con una sonrisa de incredulidad. Estoy siendo el hombre más tocado de la Tierra.
Y llega la noche. Ubi, Uruca, Waica, Nemo y algún niño más se disponen a dormir en nuestra choza. Se ovillan como gusanos buscando el calor de los cuerpos. Hace frío y no tenemos el fuego encendido. Ellos, los feroces guerreros aucas, me abrazan una vez más y salen de la choza. Ellas, sus mujeres, se disponen a seguirles. Pero una tira antes, una vez más, de mi barba. Sigue sin entender que alguien pueda tener tanto pelo en la cara. Otra, una de las mujeres de Apa, la última en irse, me sonríe acogedora y con la mano recorre suavemente, muy suavemente, mi rostro y espalda. Es una caricia cálida, llena de ternura y afecto. Y yo me limito a sonreír. No me atrevo a devolverle la caricia porque no conozco el lenguaje táctil. La mujer se va. Días después comprendería que, simplemente, me estaba dando la bienvenida.
Tras mi primera noche en la selva me despierto súbitamente. Ha sido el sonoro silencio del amanecer, el instante en que la selva acalla su parloteo de la noche.
Desde la hamaca miro a mi alrededor y veo, silenciosos, expectantes, a los feroces guerreros aucas. Están en cuclillas y me miran fijamente. Pero han visto ya que he despertado y se lanzan sobre mi y me abrazan con una alegría que no comprendo. Al parecer su alegría es inenarrable al verme allí, otro día a su lado, dispuesto a compartir su compañía. Y me abrazan una y otra vez. Y Gincawa abre y cierra la navaja de resorte ante mis ojos mostrándome que ya sabe manejarla. Es su forma de agradecerme el obsequio.
Y yo les devuelvo los abrazos. Río también. Y rodamos todos al suelo y empiezan los juegos. Los inacabables juegos de piel a piel de los aucas.
Y ahora, tras una noche en una choza auca, ya se que no necesito aprender su idioma para comunicarme con ellos. Porque he aprendido ya a devolverles los abrazos, a palmear sus cuerpos y a no temer los roces epidérmicos. Y sé que éste es el auténtico lenguaje de los aucas.
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