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Para
un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS
AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de
los capítulos del libro.
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CAP. 7: EL PRESTIGIO DE LA CAZA
De madrugada, bajo la lluvia, Tita ha salido a cazar. Avanza sigilosamente con su larga y pesada bodoquera. Del cuerpo cuelgan aljaba y dura esfera de corteza con algodón silvestre. En la aljaba, las flechas impregnadas de curare. Esta vez ha dejado las lanzas. No va a guerrear ni a defenderse del jaguar o del pécari, simplemente va a buscar el alimento que necesitamos. Y Tita se adentra, sin ruido, hecho lluvia y hecho hoja, en la espesura de la gran despensa-selva.
Al mediodía, bajo un sol que resbala en las hojas, aún húmedas, aparece Tita con su cargamento de armas y monos. Llega relajado, descansado, a pesar de que ha recorrido decenas de kilómetros de selva con más de sesenta kilos en la espalda. Y su rostro se abre en una sonrisa radiante. Es feliz. Ha cazado seis monos. Y los muestra. Gesticula. Habla. Y una y otra vez nos relata cómo los ha cazado. Habla deprisa, excitado, hace ruidos con la boca, imita al mono, agita las manos, simula que sopla en la bodoquera, muestra con su brazo el giro de la flecha...
Los niños aucas le contemplan con los ojos desorbitados, le escuchan ensimismados, son todo ojos y todo oídos. Y absorben los gestos y las palabras de Tita.
Y Tita repite una vez y otra su historia de caza. Vuelve a gesticular, repite de nuevo con el brazo el vuelo de la flecha, dramatiza gestos y palabras. Y yo observo que está inventando el teatro. Y veo también los rostros de los niños -y de los adultos- que contemplan la representación con respeto y admiración. Y comprendo que la excitada historia de Tita no es una muestra de la torpe vanidad de algunos de nuestros cazadores. Tita no se exhibe. Su dramatización tiene una utilidad. Tita repite una y otra vez los pormenores de la caza porque su narración es la escuela en la que los niños aucas aprenden a cazar. Y en la que los adultos guerreros siguen aprendiendo. Es un juego-enseñanza sin fin.
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