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  Un viaje al Paleolítico
 
Para un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.
   INICIO CAP. 6: LA VIDA DE LOS AUCAS

   Tita está empeñado en que le dé mis calzoncillos azules. Porfía conmigo. Pero yo, en actitud heroica, cumpliendo las órdenes de Quento, me niego a darle mis calzoncillos azules. De dárselos, sé que va a dejar que se le pudran puestos y esto a él, cuyo organismo desconoce lo que es un constipado, puede costarle la vida. O sea, la mía. Porque si él muriera a causa de mis calzoncillos yo sería enterrado vivo. Así que me niego una y otra vez. Y Tita se está poniendo serio, demasiado serio. Quento, que observa la escena, sale al quite ofreciendo a Tita dos pequeños envases de película fotográfica. Y, ¡oh prodigio!, a Tita se le ilumina el rostro. Parece que al fin le hemos dado algo realmente útil. Así que se quita de los orificios de las orejas los dos discos de madera de balsa con los que se adorna y los sustituye por las dos cajitas de plástico. Con lo que logra unos adornos que ningún otro auca posee. Y se exhibe tan feliz.
Es la realidad de las cosas. Nada tiene un valor absoluto. Las cosas tienen el valor que les da cada cultura. Fue una lección más entre las muchas que me dieron los aucas. Y el caso es que yo a ellos no pude enriquecerles con nada. Porque nada de cuanto yo creía importante podía interesarles. Por la sencilla razón de que ellos, que viven jugando, que ríen constantemente, que han hecho realidad nuestro sueño de convertirnos en homo ludens, saben que no hay nada más intrascendente que nuestra falsa trascendencia. A ellos lo único que realmente les interesó de cuanto nosotros conocemos fue... ¡el fútbol!
Verdaderamente, nosotros podemos decir que enseñamos a jugar al fútbol a los aucas. Es cierto que no lo acogieron con la pasión de nuestros hinchas, pero les gustó. Y había que verles pegando patadas. Las pegaban de cualquier forma, en cualquier lugar. Especialmente en nuestras piernas. Afortunadamente los aucas van descalzos. En tanto que nosotros llevábamos botas de goma. Así que contábamos con una cierta ventaja. Pero aun así... Boca golpeaba con su pie de seis dedos que era una delicia. Y se empeñaba en meter gol en cualquier lugar. Para él las porterías estaban en todos sitios. Y daba al balón con los pies, con las manos, con cualquier parte del cuerpo. Todos ellos detenían el juego cuando querían. Pero, eso sí, reían con todo. Hubieran enloquecido al árbitro más equilibrado, porque a un auca le puedes enseñar a darle a un balón, pero, ¿quién es el guapo que les mete un reglamento en la cabeza?
Y la selva, asombrada, nos vio jugar muchas tardes. Allá, perdidos en lo más intrincado y peligroso de Amazonia. ¿Qué pensarían las graves anacondas al vernos patalear un balón desnudos y agitados, riendo y gritando como niños borrachos?
Naturalmente, los partidos nos enfrentaban a todos contra todos. Y nadie ganaba. Porque allí no podía ganar nadie. Para los aucas jugar no es ganar o perder, para ellos jugar es comunicarse. Nada más -y nada menos- que eso.