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CAP. 5:
LA IMPORTANCIA DEL
ENTORNO
Gincawa, que por ser soltero comparte con
su hermano Apa choza y mujer, está haciendo una lanza. Más que
hacerla la acaricia con el filo de un corto trozo de machete,
botín de alguna acción guerrera.
Al día siguiente, empuñando la lanza, veríamos a Gincawa
avanzar por la selva, hecho selva. Con los cinco sentidos en
perfecta armonía con el entorno. Chillando como el mono para
cazar al mono. Cumpliendo los ritos básicos de la antigua magia
analógica.
Yo avanzo por la selva como un pato sobre una tarta. La orden
de Quento es no tocar los árboles. En los árboles está la hormiga
mañi y otros muchos peligros más, casi todos mortales.
Así que yo, hecho ojos, sólo ojos, voy pendiente de las raíces
que se ocultan bajo la profunda y viscosa capa de humus y barro
sobre la que andamos. Voy tensamente pendiente de no tropezar
ni resbalar. Y, lógicamente, no oigo, ni gusto, ni huelo, ni
siento, sólo miro. Soy incapaz de atender a mis cinco
sentidos al mismo tiempo. Yo no soy selva. Yo soy un
voyeur
occidental. La civilización me ha especializado en mirar, en
recorrer las líneas de un libro, en contemplar las pantallas
del cine y de la televisión, en detectar los colores de los
semáforos... Total que Waica, con alrededor de siete años, compadecido,
viene a darme la mano para conducirme por la selva. Yo, que
soy todo ojos, que durante años he especializado mi sentido
de la vista ante el televisor, resulta que soy un completo ciego
en la selva.