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  Un viaje al Paleolítico
 
Para un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.
    INICIO CAP. 4: EL ENCUENTRO

   Tras sobrevolar el poblado auca, la avioneta descendió y tomamos tierra en un accidentado claro de la selva. Bajamos. Hombres, mujeres y niños desnudos rodeaban entre expectantes y recelosos el aparato. Pero al ver a Quento avanzaron riendo, excitados, hacia él y poco después todos éramos manoseados, acariciados, abrazados. Fue el recibimiento más alegre y ruidoso de cuantos he conocido. Tita, especialmente el auca Tita, me atosigaba con sus muestras de afecto. Pronto comprendí que Tita se sentía especialmente identificado conmigo por mi barba. Él era el único auca con barba -rala, pero barba-, y esto, que me intentaba explicar tirando de la mía, era lo que parecía producirle una especial alegría. Por cierto, pronto adiviné cual entre las aucas jóvenes era la hija de Tita, porque solo una de ellas mostraba vello en el pubis. Y la propia Uruca -así se llamaba la hija de Tita- segundos después pudo comprobar a placer que también nosotros teníamos vello en los genitales, porque los aucas, que nos vieron tan cubiertos, para comprobar que éramos como ellos, que podían otorgarnos su confianza, lo primero que constataron, tras el caluroso recibimiento, fue si nuestros genitales eran como los suyos. Y pudieron comprobar desde todos los ángulos -¡quién se lo negaba!- que, en efecto, lo eran, centímetro más, centímetro menos.
¿Así que esos ruidosos, alegres y afectuosos tipos eran los aucas? ¿Los terribles aucas? Y allí estaba yo sin comprender nada. Los niños me daban la mano para que no me cayera, todos me acariciaban y abrazaban... Todo era amabilidad. Quizá demasiada amabilidad. ¿Tanta amabilidad no escondería una trampa?
Pronto comprendí que los aucas, simplemente me estaban dando una lección de sana espontaneidad. Ellos no componen, como nosotros, una sociedad de voyeurs, ellos no han reprimido el sentido del tacto. Ellos tocan como un niño toca a otro niño. Ellos absorben información por todos sus sentidos, especialmente por el tacto. No les basta con ver las cosas y menos, como nosotros, verlas, si es posible, por el ojo de una cerradura; las cosas hay que tocarlas, hay que establecer contacto directo con ellas, sentirlas, crear la más pura e íntima comunión. Hay que tocar. Y ellos, todos, especialmente hombres y niños, manoseaban mi cuerpo, comprobaban su textura, me abrían el pantalón, buscaban... Y reían, reían como niños que acaban de descubrir un mundo nuevo. Quento, por cierto, pronto les ahorró todo ese trabajo de descubierta. Sólo llegar a la choza se quitó la ropa y quedó tan desnudo como los aucas. Yo tardé días en comprender lo absurdo de llevar ropa en la selva. Porque la ropa retiene la humedad ambiente y, aparte de pudrirse rápidamente, se convierte en cultivo permanente de enfermedades.