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Para
un mejor conocimiento de MI VIDA CON LOS
AUCAS transcribimos a continuación el inicio de uno de
los capítulos del libro.
INICIO
CAP. 2: LA LLEGADA DE LOS "MALOS ESPÍRITUS"
Durante semanas elaboré cuidadosamente la
ruta de un viaje de investigación de campo por toda Iberoamérica.
Y en esa ruta, ocupando un lugar preferente en mi agenda, había
anotado una palabra: Aucas.
Los aucas significaban, para mi, la posibilidad de estudiar
en vivo el primer estadio de la comunicación humana.
En nuestros días, en que el hombre occidental ha roto el diálogo
consigo mismo y con la Naturaleza, cuando nosotros, los que
nos autodenominamos civilizados, creamos hipnóticas babeles
informativas en las que nos autoinmolamos y con las que, en
muchos casos, justificamos un próximo exterminio de la humanidad,
imaginaba que los aucas, con su comunicación primaria, con su
vida hecha árbol y hecha lluvia, en comunión con la Naturaleza,
podrían darnos claves que nos posibilitaran descifrar nuestro
alienamiento. Y quién sabe si también claves con las que abrir
nuevas puertas hacia la comprensión y el conocimiento, que es
tanto como decir hacia la salvación.
Pero llegar a un poblado auca no es fácil. Y, desde luego, siempre
peli-groso. Cuando en Quito exponía mi propósito, mis interlocutores
me miraban conmiserativamente. Indudablemente debía estar loco.
Y recitaban el cúmulo de atrocidades cometidas por los aucas.
¿No sabía acaso que auca significaba en quechua, asesino, salvaje,
traidor...?. Y repetían una y otra vez, sin ahorrar un solo
detalle, la brutal matanza de blancos que no hacía sino una
semana habían cometido en el pequeño poblado de una compañía
de prospecciones petrolíferas.
Evidentemente, establecer contacto con los aucas equivalía a
morir. Aunque..., claro..., estaban los aucas del Instituto
Lingüístico de Verano, organización internacional de carácter
cultural y misional. Aucas debidamente acondicionados y recuperados
para la causa divina. Aucas cubiertos de ropa de los pies a
la cabeza que, a Dios gracias, sabían ya recitar de memoria
largos fragmentos de la Biblia.
Pero, no. No eran esos los aucas que buscaba. No me interesaban
los aucas esterilizados, recién extraídos de un autoclave, sin
raíces ni sonrisas. Buscaba a los auténticos aucas, a uno de
esos pocos grupos aún libres en la selva, capaces de morir y
matar en nombre de su propio Dios, con sus propios mitos y costumbres,
enraizados en su propio barro. Sucio quizá, pero suyo. Amasado
con sus propias lágrimas, con su propio dolor y propia desesperación.
Y Samuel Padilla hizo posible el milagro. Gracias a él pude
llegar a un poblado auca. Sí, él me llevó, pero no me aseguró
que pudiera volver con vi-da.
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