LA TERNURA EN EL TRATO MÉDICO-PACIENTE
Carla Marchetti es médico cirujano especializada en diabetología y enfermedades del metabolismo. Desde hace veinte años trabaja en Brescia (Italia) como médico de medicina general. Y desde hace cuatro años actúa también como anatheoróloga por haber constatado, según sus palabras, “la necesidad de reconducir el trato entre médico y paciente por otros cauces de los tradicionales en medicina a fin de obtener una auténtica curación” .
Vivir la ternura, en el trato entre paciente y médico, tanto el de medicina general como el especialista, es generar una relación recíproca con múltiples acepciones. Relación como escuchar con el corazón, lo que se explicita con la mirada, los gestos, la actitud, las palabras del médico, a fin de que se produzca empatía con el paciente.
La comprensión, en este caso, es de gran alcance: porque atañe a la vivencia del paciente, su relación con la medicina, especialmente la medicina "occidental", el conocimiento de sí mismo, la actitud al aprender a enfrentar realidades aparentemente opuestas, como la muerte y la vida, lo cognoscible y lo incognoscible, la copresencia de miedo y esperanza.
Escuchar genera muchas consecuencias: confianza recíproca, búsqueda juntos, en la máxima libertad posible, de estrategias para vivir la enfermedad como situación muy a menudo contradictoria, para buscar salidas terapéuticas, establecer juntos prioridades que plantea el paciente tras reflexiones calmadas, sentidas, razonadas, en un clima de esperanza y de "estar juntos": he aquí la relación en la que el médico, con su ahínco, está con el paciente, apuesta con él y por él. La confianza recíproca es fruto del conocimiento, sobre todo por el médico de medicina general, para quien resulta más fácil tener una visión de la vida del paciente, cuáles son las personas y cosas que más gozan de su estima y que constituyen la realidad más verdadera y profunda, las experiencias de las que saca sustento para no dejarse sumir por la enfermedad; pero, en lo que se refiere a la cura, es fruto de la capacidad de entregarse a una persona que el paciente reconoce autorizada. El médico, recibiendo del paciente el don de la confianza y correspondiendo, puede trabajar con él, utilizando sus propios conocimientos en una relación de ternura, de escucha y atención.
Médico y paciente son dos personas en relación, al parecer desigual, en búsqueda de la misma realidad: recuperar la armonía del cuerpo, de la psique y la espiritual, que la enfermedad ha destruido, instaurando un estado de grave desequilibrio y frecuentemente de desorientación, en un recorrido lleno de incógnitas y perplejidades. La recuperación de esta armonía, acabada la enfermedad, repercute enseguida en el médico, y de forma misteriosa el médico resulta reforzado no sólo desde el punto de vista del conocimiento técnico, sino sobre todo en sus energías interiores, en el conocimiento de sí, en su confianza en la vida.
La ternura, que el recorrido y la percepción del recorrido de los dos da, es en realidad percepción y conciencia de la inmensa potencialidad de la vida y de su energía.
Y esto contribuye a extender el horizonte de vida del paciente, para insertarlo en la experiencia ajena, para participar en el dolor de los demás, para sentir empatía con los demás que sufren y luchan por la misma batalla, la de sanar o curarse. El mismo silencio en las salas de espera, las mismas preocupaciones por la familia, la búsqueda común de un equilibrio entre esperanza y desesperación, sobre todo cuando se trata de enfermedades graves. La confianza, la atención, el sentirse en búsqueda común de algo que no es conocido, son experiencias que modifican la medida de nuestro estar y ser con los demás, con las cosas, con nosotros mismos.
Ternura como yo, médico, te llamo antes de ir a tu casa para preguntar a tu familiar cómo estás, o escuchar de ti como has pasado la noche, y si crees útil que yo vaya a verte; decides tú, aún cuando yo tenga la intención de modificar, por ejemplo, algo en la terapia, o tenga que trabajar con otro profesional, especialmente en las terapias paliativas, para aliviar el dolor o malestar, pero tú te sientes a ti mismo y la intervención médica es una entre las muchas partes de la terapia y posible curación. El médico, como intermediario entre el enfermo y los demás enfermos, como mediador que poco a poco se ha instalado en el tiempo, confirmado al parecer por la buena marcha de lo cotidiano, como hombre que hace elecciones con competencia e infunde y da confianza, puede ponerse como intermediario entre el universo del enfermo y otro tramo de vida, tal vez desconocida, en que el sufrimiento es previsto, implicado en el torbellino de la inconsciencia de los más débiles.
Después de diez meses de terapia ineficaz para una enfermedad que aún no tiene cura médica, se propone el traslado a una ciudad en la que se practica con frecuencia el transplante heterólogo de médula ósea: requiere una nueva preparación, dolorosa en un hombre que ya ha combatido y padecido de forma sosegada e indefensa, constante y lúcida: en el pequeño cuarto de aislamiento él lee los diarios desinfectados con euclorina, su mujer confecciona con agujas de media el sueterito para la nieta que está para llegar, cubierta de pies a cabeza por instrumentales estériles: él al escritorio, ella sobre una silla allí cerca. Silencio, proximidad, saber que puede uno contar con el otro. A las 15.30, cada día, ella baja a la iglesia del hospital y comulga junto a él, que no puede salir: " somos un cuerpo y una carne -ella me dice- y comulgamos los dos". Por la tarde, antes de que empiece el nuevo tratamiento, llega el llanto, el abrazo, también con el hijo: lo que los tres viven es el amor que han vivido por más de treinta años, gratitud inmensa, inexpresable, fuerte unión a pesar del cansancio, realidad firmemente enraizada para resistir al dolor y nada más. También los momentos de soledad, de nerviosismo están incluidos en este "gracias" y en el amor que no muere.
Ternura como aceptación del abismo, donde la medicina se calla, porque mataría al hombre: yo, médico, puedo rezar a mi Dios por ti, y por mí, para no elevar el tono, sino quedarme anclada a la realidad en silencio y tal vez de rodillas, frente al misterio y sus mensajes, que he percibido a lo largo del camino gracias a la generosidad del enfermo.
Este texto –traducido por Mª Luisa Cozzi- es un extracto del artículo publicado en el número 183 de la revista italiana SERVITIUM.