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EL INFIERNO DE SANTA TERESA

Recogido por Joaquín Grau, hoy es nuestra admirada Teresa de Ávila quien se incorpora a este Ágora.

Teresa Sánchez Ahumada, nuestra Santa Teresa de Ávila, escribió en el Capítulo 32 de su Libro de la Vida: "Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las mercedes que he dicho (...), cuando un día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el Infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado y yo merecido por mis pecados.
"Ello fue en brevísimo espacio; más aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme: Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto; el suelo me pareció de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él; al cabo estaba una concavidad metida en una pared a manera de una alacena, a donde me vi meter en mucho estrecho.
"Todo esto era deleitoso a la vista en comparación con lo que allí sentí (...) Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender como poder decir de la manera que es (...) No veía yo quien me los daba (los terribles dolores que describe) (...) pero estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en este como agujero hecho a la pared, porque estas paredes que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo como puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve.
"No quiso el Señor entonces viese más de todo el Infierno (si bien Teresa habla a continuación de otras escenas espantosas, aun cuando menos espantosas que las anteriores porque aun viéndolas las sentía poco o nada)
La presión social sobre Teresa era obvia si tenemos en cuenta que en aquellos tiempos de inquisición, sambenitos y hogueras ella era nieta, por vía paterna, de judío converso. Algo que en aquellos tiempos de fanatismo religioso tan sólo podía conjurarse con una constante muestra -fingida o real- de sometimiento a la Iglesia. Y Teresa, cuya fe en Cristo era real, nunca dejó de someterse a la Iglesia que, para ella, era someterse al amor de su Amado. De ahí que, interpretando lo que sentía, entendiera que su visión había sido la visión del Infierno.
En cuanto a los médicos de la época, también sometidos a la interpretación cultural existente en aquel tiempo, entendieron que las somatizaciones de Teresa, que eran tan múltiples como constantes y dolorosas, eran propias de un mal hético; o sea, tuberculosis, pero sin dejar de sospechar que el diablo no andaba lejos de esos daños que a fin de cuentas sufría la nieta de un judío converso.
En nuestros días, con una medicina oficial que ha sustituido Iglesia por Tecnología, a Teresa se le ha diagnosticado -a distancia- que era una neurótica que sufría paludismo, alguna angina de pecho vasomotora, caía en catalepsias, sufría temblores -¿epilépticos?- en la lengua y un brazo, ruidos en la cabeza... y entre otras enfermedades más: que murió a los 69 años de un cáncer de útero.
Como puede verse distintos diagnósticos, distintas interpretaciones de una sintomatología de acuerdo con la cultura imperante. Una cultura que el propio cerebro razonador va generando con sus verdades relativas, aun cuando esas verdades relativas se consideran verdades absolutas en cada uno de los momentos en que son establecidas.
Nada hay contra la metodología científica de la medicina oficial, pero sí se debe argumentar en contra de que esa medicina llamada científica se aplique hecha religión y al así hacerlo excluya toda otra metodología sanadora que no sea la que la medicina oficial considera basada en sus postulados.
Por poner un ejemplo, supongamos que Anatheóresis, con su metodología perceptiva, colabora con la medicina oficial. En este caso cualquier anatheorólogo experimentado sabría y podría probar que las somatizaciones expuestas por la santa en su libro autobiográfico son la proyección de daños acaecidos en el proceso de su gestación y nacimiento, si bien expresados en el lenguaje simbólico que es propio del hemisferio cerebral emocional. Y esto no sería una interpretación, sino la simple lectura de unos símbolos que la propia Teresa traduciría -no interpretaría, que es lo que hace el cerebro razonador- en una sesión de Anatheóresis
Concretamente, la visión de Teresa, cuando por querer ser santa vivía atormentada por creencias espurias, es muy fácil de leer. A fin de cuentas son ya cientos los pacientes que han expresado los daños de su nacimiento con los mismos símbolos que la santa de Ávila, con ese callejón largo que es el conducto de nacimiento. Y téngase en cuenta que se siente largo porque un bebé que nace no conoce el tiempo, lo expresa como espacio y, así, mucho tiempo es mucho trayecto. También el paso angosto del conducto de nacimiento que ahoga, que aprisiona o inmoviliza. Simplemente el parto difícil de una madre que tensa su cuerpo, que no dilata adecuadamente. Y esa suciedad, ese lodo... ¿Es que hemos olvidado ya que nacemos entre sangre y defecación? Y ese estar dentro de la alacena que todo evidencia es la sensación que el feto tiene de estar pegado a la matriz cuando la madre ha roto aguas prematuramente.
Pero todo eso -lo que estoy haciendo ahora- es ya interpretar símbolos. Algo inadecuado. Basta con situar al paciente en ese estado de casi simple relajación -concretamente a una inducción al estado regresivo anatheorético- y llevarlo a ese momento, a ese Infierno, auténtico Infierno capaz de perseguirnos durante toda la vida con su sufrimiento. Y ya en ese infierno de dolor el paciente va vivenciando sus daños. Y al vivenciarlos los va disolviendo. Porque si el Infierno existe, es sólo el Infierno de nuestra biografía oculta, de esos daños sufridos y olvidados que condicionan nuestra vida, nuestro comportamiento y actitudes. Nuestra salud o enfermedad. Que están ahí como hechos concretos, actuando desde la oscuridad luminosa -y así lo vivenció Teresa- de nuestra topografía de daños básicamente intrauterinos.
Ya no vivimos las enfermedades -ni cualquier otra expresión cultural- como se vivía en el siglo de Teresa. Pero todavía seguimos interpretando desde la cultura del momento, sin entender que la enfermedad es el enfermo -que somos nuestros daños y gratificaciones, que somos nuestra biografía- y que el enfermo, que es la enfermedad, muestra siempre las mismas dolencias. Y que no se trata de modificar la interpretación de los daños -de reinterpretarlos-, sino de hablar con la enfermedad-enfermo, con los sentimientos y emociones de los hechos concretos que los han originado, en su propio idioma. Y en su propio lugar y época. Y esto es algo que Teresa, mujer inteligente, hubiera comprendido. Y comprendiéndolo no hubiera caído en el error, muy actual también, de cambiar un concepto por otro. Por ejemplo, cambiar el concepto interpretado ángel por el concepto reinterpretado extraterrestre.


Joaquín Grau