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DIALÉCTICA ANATHEORÉTICA EN EL ÁGORA

Esta vez es el propio Joaquín Grau, creador de la terapia Anatheóresis, quien, a modo de un discípulo de Sócrates, se dispone a pasear por el ágora con Verena, su terapeuta ocasional. La dialéctica es socrática, pero esta vez, por ser una dialéctica anatheorética, el diálogo, efectuado en IERA (Inducción al Estado Regresivo Anatheorético), no es un diálogo articulado por el racional y por ello argumentativo hemisferio cerebral izquierdo, sino un diálogo conducido por ese emocional auriga que es el hemisferio cerebral derecho.

Para un mejor conocimiento de la técnica terapéutica Anatheóresis, recojo a continuación uno de los capítulos del nuevo libro que pronto -eso espero- complementará el Tratado.
En ese nuevo libro recojo sesiones de mi propia terapia. Bien entendido que llamo terapia al simple hecho de conocer -y comprender- los contenidos de mi BO (biografía oculta), puesto que afortunadamente hasta ahora no he sido víctima de enfermedad grave alguna.
La terapeuta de esas sesiones fue Verena y con ella traté simplemente de evocar y quitar adherencias a las experiencias básicamente intrauterinas que han configurado mi personalidad. Que la personalidad -entendiendo por personalidad nuestra forma de ser y comportarnos- es también una somatización de nuestros CATs.
Para una mejor comprensión de algunos aspectos de esta sesión -una entre las más de veinte que recojo en uno de los apartados del nuevo libro- aclaro que más que un ejemplo de perfecta dialéctica se trata de una muestra de cómo se viven en IERA los impactos traumáticos que sufrimos en el transcurso de los primeros estadios de percepción.
En cuanto a la dialéctica, es ortodoxa, pero no hay que olvidar que el paciente era yo. O sea, el padre de la técnica terapéutica Anatheóresis y, en consecuencia, alguien que, por haberla formulado, no sólo necesitó muy pocos estímulos por parte del terapeuta, sino que, incluso, aun estando en IERA, no pocas veces intenté dirigir las sesiones. Por otro lado, la finalidad de las sesiones no era docente, sino mostrar las sensaciones regresivas en su mayor profundidad.
La que sigue es una de las varias sesiones en las que Verena sondeó mi nacimiento. Que en mi nacimiento fue donde yo -como casi todas las personas- fui víctima de los más graves impactos traumáticos.
Recojo el texto del capítulo textualmente. O sea, entradilla incluida.

Como ya he explicado, es falso que la existencia de una gran catarsis en un momento dado de la terapia anatheorética signifique que el terapeuta ha encontrado y disuelto el núcleo del CAT que enferma al paciente. Y es falso porque los CATs -como he escrito en el Tratado- son cargas emotivas analógicas y, por tanto, no se integran cuantitativamente, sino que, por ser cualitativas, forman una sola unidad. Es algo así como cargar una bombona de butano en distintos momentos. Pero hacerlo en distintos momentos no significa que la carga forme estratos, sino que se mezcla integrando una carga unitaria. De manera que toda descarga catártica es más un estallido de la bombona que de un CAT determinado. Aunque eso no impide que debamos tener en cuenta cuál ha sido el daño que ha llevado a un estallido de gran intensidad catártica, porque esa explosión nos dice que el sentimiento que así ha estallado es un signo indicador de que nos encontramos ante un hilo de Ariadna especialmente útil para llegar hasta el Minotauro.
Yo, por mi parte, aún estaba eliminando energía de mis daños intrauterinos, todavía los sufría más que comprendía en muchos de sus impactos traumáticos. Mi nacimiento no estaba resuelto. No totalmente, puesto que los aspectos más dolorosos del mismo seguían resistiéndose a mostrarse abiertamente a la luz. Y uno de esos aspectos era haber nacido sumamente presionado por la membrana uterina. Algo siempre sumamente traumático para el bebé que así nace. Una presión uterina altamente traumática que, al parecer, había empezado a sufrir ya en el octavo mes de gestación.
Así que Verena me llevó al octavo mes de mi gestación y yo me sentí oprimido, terriblemente molesto:
T (Verena): ¿Cómo sientes esta opresión?
P (Joaquín): Me empujan... Me siento muy triste.
En efecto, la tristeza me estaba invadiendo. Una tristeza profunda, antigua. Y suspirando dolorido:
P: Estoy muy mal.
Y súbitamente sentí la presión de una lápida funeraria sobre mi abdomen.
P: ¡Me aplasta!
Y entré en pánico porque me sentí en un ataúd.
T: Toca las paredes de ese ataúd.
P: No... no...
Por primera vez me resistía a obedecer una inducción.
T: Sí, tócalas. Yo quiero saberlo.
Y obedecí, pero mentalmente retiré enseguida la mano que mentalmente había llevado hasta uno de los lados del ataúd porque...
P: Toco la madera.
Y desolado...
P: Estoy encerrado aquí. Me muero y no puedo seguir así.
T: Vamos a ver qué ocurre.
P: Me falta aire.
Yo, que había profundizado en IERA, estaba vivenciando mis símbolos como una realidad. Y eran una realidad, pero una realidad -o verdad- sentida, porque yo estaba uniendo la tristeza crónica de mi madre con la opresión de algo físico, algo que en mi percepción theta -en IERA- estaba identificando con un ataúd porque a la constante desolación de muerte en la mente de mi madre se unían mis sensaciones de muerte: opresión, falta de aire, pérdida de vitalidad, tristeza... Pero Verena, en beta, sí podía distinguir entre símbolo y hecho concreto, razón por la que intentó vivenciara el hecho concreto que estaba sufriendo. Para ello me llevó a unos días más tarde en mi gestación y a petición mía -estaba sumamente angustiado-transformó el símbolo ataúd:
P: Es como una media blanca que me ahoga, una media o una capucha o una piel. Una piel de salchicha que me ahoga, me aplasta.
Seguía dando símbolos, si bien símbolos más cercanos al hecho concreto. No identificaba plenamente todavía -seguía vivenciándola con imágenes de percepción theta- la membrana del útero y, con ella, la matriz toda que me estaba aprisionando, supongo debido a mi gran tamaño. Ya he dicho que nací pesando más de cinco kilos.
P: Me estoy ahogando. Estaba sumamente inquieto. De hecho, mantenía el pánico inicial.
P: Quiero salir de aquí.
T: ¿Y qué haces?
P: Muevo la cabeza. Pero no puedo salir.
Estaba viviendo la terrible impresión de estar dentro de una bolsa elástica. Podía ensancharla ligeramente, pero vivía la angustia de saber que no podía romperla.
P: Es como una salchicha. Arriba está atada. Y me ahogaba. Y en la sesión la sensación de ahogo era sumamente amenazante.
P: Hay como agua. Aquí dentro hay cosas que me ahogan.
Verena podía sacarme de mi situación de angustia, pero en Anatheóresis es preciso mimetizar los daños regresivos -es una simple mimetización vivenciada, nunca peligrosa- para que el paciente pueda comprenderlos y liberarse definitivamente de ellos. Por eso no alivió mis catarsis. Por el contrario, las fue manteniendo, si bien graduadamente, a fin de que, liberado de una parte de esa energía que me obnubilaba, pudiera ya ir comprendiendo qué me estaba ocurriendo en el claustro materno.
T: Mira a ver si los que están fuera no se han dado cuenta.
P: No sé..., no puedo... no puedo...
Era la primera vez en todas mis sesiones que estaba totalmente atrapado en la abreacción, incapaz de desplazar mi percepción theta, incapaz de comprender. Y la angustia había llegado a ser tan incontenible que rompí a llorar. Por lo que Verena esta vez decidió abreviar mi dolor llevándome ya al final del nacimiento.
T: Venga, es el noveno mes. Y ya...
P: Nadie me ayuda. Nadie.
Como mis respuestas eran confusas, puesto que unía mi dolor en el octavo mes con el sufrimiento que viví al nacer, algo por otro lado habitual, toda vez que estaba dando mis sensaciones dentro de lo que llamaba salchicha y esas sensaciones no habían variado de un mes a otro, Verena intentó saber en qué punto de mi nacimiento estaba:
T: ¿Dónde está tu madre? ¿Qué ocurre? Míralo.
Y yo, sollozando, desamparado en la soledad de mi profunda tristeza:
P: Yo no estoy bien y ella no se da cuenta.
Y sollozando:
P: Es raro, es muy raro, ella no sabe que estoy mal. Nadie se da cuenta de que yo estoy muy mal, de que estoy encerrado.
Era el grito -como terapeuta tantas veces escuchado con éstas u otras palabras- del bebé que se siente solo, no ayudado por su madre en ese momento terrible de tránsito que es nacer. Un tránsito que es muerte al estado de vida intrauterina para surgir a otro estado de vida no conocido.
T: Mira a ver si eres muy grande o...
P: Estoy como paralizado. Bueno, paralizado no porque yo intento...
Y empujé en la cama.
P: Pero no puedo. Estoy atado por todos lados.
Y Verena intentó una vez más aliviar el sufrimiento de mi nacimiento:
T: Bueno, va a pasar un tiempo y...
Pero yo seguía atrapado:
P: Estoy muy cansado y me voy...
La sensación era de entrega a un descanso definitivo, con sensaciones de muerte.
T: ¿Qué sientes ahora?
P: Me ahogo, no respiro nada, me falta aire y me encuentro muy mal.
Pero esta vez mi actitud era tranquila, de total resignación. Había aceptado irme, irme a eso que sentía como muerte.
P: No entra aire. Lo busco. Levanto la cabeza, pero esto me marea. Me voy...
T: Mira a ver. ¿A dónde te vas?
P: Estoy en la caja otra vez.
T: ¿Ya no respiras?
P: Muy mal... muy poquito. Todo se paraliza. El estómago... No entra aire... Oscuro...
Y volvió la imagen del obispo vista en anteriores sesiones. Me esperaba a la entrada de la cueva, pero esta vez:
P: El obispo parece mi padre. Es mi padre.
T: ¿Qué hace tu padre?
P: Deja que me vaya.
A fin de evitar que volviera a mi simbología de muerte, que en parte ya había comprendido, o sea, concienciado, por sesiones anteriores, Verena decidió que avanzara ligeramente en el tiempo.
T: ¿Dónde estás ahora?
P: Hay luz.
T: ¿Desde dónde te llega la luz?
P: No sé. Hay luz.
T: Y la salchicha... ¿qué pasa con ella? ¿Estás dentro de la salchicha?
P: No.
Verena estaba comprendiendo que hablaba de nuevo de mi experiencia próxima a la muerte.
T: ¡Ah!, has salido de la salchicha. ¿Dónde estás ahora? ¿Dentro de la luz?
P: Sí.
T: ¿Y ahí te encuentras bien?
P: Estoy tranquilo.
T: De todas formas vamos a ver si dentro de la salchicha ha quedado algo.
P: Sí, el gusano. Y la mierda.
T: ¿Tú ya no te ves dentro del gusano?
P: No, no estoy.
T: Pobre gusanito, ¿no te da pena?
P: No, no me da pena.
T: ¿Estás ahí, en la luz?
P: No es luz, es como una cosa luminosa. Y la cabeza no está muy bien. Verena hizo que avanzara unos días:
T: ¿Sigues en la luz o has vuelto al gusano?
Y yo sentí que tenía que tomar una decisión, que no podía seguir en el estado de suspensión en que me encontraba.
P: Tengo que volver, ¿no?
Y eso me apenaba hasta tal punto que empecé a llorar.
P: Es que donde estoy tampoco vale.
T: En la luz, ¿hay alguien o estás solo?
P: Nadie.
No vi la clásica figura simbólica que indica que hay que volver a este mundo, simplemente percibí la habitación de casa en donde iba a nacer. Y entendí que estaban preparando mi nacimiento.
T: ¿Desde dónde lo ves?
P: Lo veo desde arriba. Y lo están preparando todo con tranquilidad, como si no pasara nada.
Estaba extrañado.
T: A lo mejor tu madre está bien y el que está agitado eres tú.
Sentía que la explicación estaba en que yo me encontraba fuera del gusano.
T: Sí, claro...
P: El gusano sí está mal.
T: Yo que tú ayudaría al gusano.
P: Es que está totalmente encajonado dentro del cuerpo de mi madre. Como si fuera su propio cuerpo. Es que su cuerpo y el mío son el mismo. Y veo a mi madre que no se mueve, a mi padre a un lado, los gemelos, una mujer con un pañuelo cubriéndole la cabeza...
T: Y el gusano, dentro, ¿qué hace?
P: Le veo como ahogado.
T: ¿Se mueve o está quieto?
P: Se mueve, pero está ahogado.
T: ¿Y los de fuera se dan cuenta? Míralo.
P: Los de fuera preparan algo. Es como si tuviera que venir un médico.
Veía las imágenes con el clásico efecto pantalla y esto me permitía mantenerme emocionalmente al margen de cuanto ocurría. Era como ver una película que nos es ajena. Y Verena mantuvo el efecto pantalla, pero intentó un mayor acercamiento a las imágenes:
T: De momento no entras en el gusano, pero lo vas a ver todo con más claridad:
P: Sí, veo a un tío con cartera. Es un médico. Y dice que no pasa nada y se va. Es un gilipollas.
T: ¿Tú sigues fuera, mirando?
P: Sí, estoy así, mirando.
Y súbitamente algo me agitó. Volví a sentirme mal:
P: ¡Ay! Pasa algo.
T: ¿Estás otra vez dentro del gusano?
P: Me parece que sí. ¿Pero qué hacen? Mi madre se agita y el cabrón se ha ido.
T: ¿Qué cabrón?
P: El médico.
T: Ahora estás ya dentro del gusano y tú lo vas a ver.
P: Vuelvo a ver el tubo, las serpientes, las imágenes esas. Como si me llevaran con la caja otra vez. Hay más luz. Me viene la imagen del despacho. Es como si me diera fuerza. Me da la impresión de que ya no puedo volver, o no quiero volver, no lo sé.
T: ¿Tú no quieres volver al gusano?
P: Siento que tengo que volver. Es como diciéndome que tengo que nacer.
Me refería a la visión del sueño lúcido. Pero esa visión -que explico en otro capítulo- se borró al llegarme súbitamente la imagen de una mosca. Algo que sentía como realmente insólito. Y lo era.
P: Ahora soy una mosca.
T: ¿Una mosca?
P: Sí.
T: ¿Dónde estás dentro o fuera del gusano?
Pero yo seguía absorto en mi insólita mutación.
P: Que cosa más rara, ¿qué hace una mosca aquí?
T: ¿Dónde estás?
P: Delante de la luz.
Entendía que era como tener que volver a la mierda. Que la mierda -la defecación y la sangre que me envolvía- era un pastel para la mosca y la mosca quería el pastel. Y yo, tranquilo en la luz, ajeno a todo sufrimiento, no parecía querer asumir el papel simbólico de la mosca, que era aceptar la realidad. Ante eso Verena, que sabía que era preciso llevarme a los hechos concretos, insistió en que fuera a un momento en el que algo hizo que entrara en el gusano, ese cuerpo que era yo y que la huida de mi percepción había dejado insensible dentro de mi madre.
P: Parece que tocan el tambor y empiezan a empujar con los puños en la tripa de mi madre. Es como si los gemelos supieran más que el médico y se dieran cuenta de que estoy muerto.
T: Claro, a lo mejor le latía muy poco el corazón al gusano.
P: Está ahogado.
Pero estaba tranquilo, seguía todavía regresivamente fuera del cuerpo.
P: Es que todavía no he bajado.
T: Pues ahora bajas.
P: No. Pero tengo que bajar.
Y mi voz denotó lo mal que me sentaba tener que dejar la luz y volver a mi cuerpo.
T: ¿Así que a ti te gusta más estar ahí arriba.
P: Yo lo que sé es que abajo estoy mal.
Y ya con un principio de cabreo:
P: Y si abajo se está mal a mí me toca los cojones que me bajen. Que me saquen de aquí.
Pero me sacaron y entré en el pandemonium que era mi nacimiento en este instante:
P: Me han sacado... La que se ha liado. Esto es la hostia. Hala, venga. Qué bestias.
Eran gritos, golpes, agitación...
P: Estoy muy mal. Yo no puedo.
Y una vez más volví a los sollozos más profundos y sentidos que han agitado a un bebé.
P: Aquí sólo hay moscas y ratas. Y frío.
T: Vamos a ver, ¿qué ocurre?
P: Me pica el ojo izquierdo. Estoy pegado. No puedo respirar. La boca se me ha quedado pegada.
T: Pues abre bien la boca.
P: No puedo. Tengo una cosa pegada en todo el cuerpo.
Y a los sollozos se unió el pánico.
T: ¿El plástico ese?
P: Sí. Y la cabeza me da vueltas. No respiro. Me voy otra vez. No hay aire.
Y a la imagen de mi propia muerte intrauterina se unió analógicamente la de la cruz en la iglesia empujándome en el estómago, impidiéndome respirar (descrito en otra sesión).
P: No respiro. Estoy muy mal.
Y así era. Mostraba tal angustia en la cama que Verena decidió sacarme de la catarsis.
T: Bueno, vamos a abreviar un poco. Tú ahora en un momento te sacan y estás fuera.
Pero yo no estaba dispuesto a alargar la terapia buscando en otra sesión lo que podía comprender ahora.
P: No. Sólo voy a apartarme un poco del problema porque esto es horrible.
T: Lo vas a ver en una pantalla, como en el cine.
Pero estaba tan preso en la angustia de mi sufrimiento que no pude pasar enseguida al efecto pantalla.
P: No tengo aire. Te juro que me muero. Es que no hay aire.
Hice un esfuerzo para alejarme de las imágenes que me atormentaban. Una táctica anatheorética que no es una experiencia próxima a la muerte, sino -lo he explicado ya- un simple desplazamiento de la percepción.
P: Veo al niño superjodido. El uno golpea arriba, el otro intenta sacarle con las manos. Me da la impresión de que mi madre en lugar de abrirse se cierra. Pero no veo bien a mi madre. Es como si la película la viera desde dentro. La pared de la luz está cerrada.
Me refería a la luz que al nacer todos vemos al final del túnel. Esa puerta abierta que tanto nos atrae y consuela y por la que todos sabemos también tenemos que salir.
P: Me pica mucho el ojo izquierdo. Tengo unas partes más pegadas que las otras.
Y de pronto pude respirar. Me sentí liberado.
T: ¿Qué ha ocurrido?
P: Es como si el calcetín se hubiera roto por delante.
Ahora llamaba calcetín a la membrana uterina.
T: ¿Y dónde está el niño cuando se rompe el calcetín? Míralo.
P: Ahora no levanto la cabeza como cuando buscaba aire. Y ahora hago fuerza con las caderas. Es que la sensación de estar pegado es debida a que estoy dentro de esto...
Y como una nube, súbitamente un intenso sueño me cubrió:
P: Me duermo.
T: No te duermes. Tú ahora...
P: Deja que me vea dormirme para comprender eso mejor.
T: Bueno, estás en el cine y ves quién se duerme y...
P: El niño se duerme, se duerme porque está muy cansado.
T: Vale. ¿Y qué hacen con el niño?
P: Pues verás, está cansado y la sensación es que el cansancio no es normal, es como de entrega, como resignado.
T: ¿Y qué hacen con el niño mientras se duerme?
P: Le intentan sacar.
T: ¿Todavía no ha salido?
Y esta pregunta me llevó a una duda que en IERA, con voz de niño, consulté a Verena:
P: ¿Tú crees que es mejor que me saquen?
T: Yo no lo sé. Vamos a ver qué ocurre.
Y yo resignado, al parecer dispuesto ya a aceptar el nacimiento:
P: Cogen y tiran.
T: ¿Tu madre ayuda?
P: Grita. Siente mucho dolor.
T: Vamos con el niño, ¿le han sacado ya?
P: Está enganchado. Le sacan muy lentamente. Ahora tengo la cabeza fuera.
T: Qué bien, ¿no?
P: Es raro, estoy más sujeto por la cintura. Como si de pronto mi madre se cerrara más.
Y me vi inmóvil:
P: No me muevo.
T: Esto hay que arreglarlo.
Y Verena que me vio entrar de nuevo en el sueño:
T: ¿El niño tiene sueño?
P: Mucho sueño.
T: Bueno, pero ahora lo vas a ver. No lo vas a sentir.
P: Parece que el niño sale dormido. Es una cosa rara como si a la vez saliera dormido y agitado. Es como si tuviera pesadillas.
T: ¿Y qué pasa con la cintura del niño?
P: Parece como que va a reventar. Y el pie derecho se queda pegado.
T: Mira a ver qué pasa.
P: Uno de los dedos parece que tiene una llaga.
T: ¿Ahora el niño nace con el velo o el velo se queda dentro?
P: La impresión es que el velo sale a trozos. Unos se quedan dentro y otros están pegados.
T: ¿En el pie tiene uno de esos trozos?
P: Todo el velo se queda al final pegado a este dedo. Estoy en una mesa y me arrancan como una piel.
T: Ahora volvemos a lo mismo, pero lo vas a sentir. Vas a estar dentro de tu cuerpo.
Era la manera en que podía comprender. Sólo visualizando no pueden resolverse los CATs.
Y la angustia volvió como un hachazo:
P: ¡Me ahogo!
T: Tú ya sabes que el niño no se ahoga. Tú ya sabes que no te vas a ahogar.
Más tranquilo, pero con sensación todavía de ahogo, empecé a mimetizar los movimientos reptantes de un nacimiento. Recorrí casi toda la cama al tiempo que Verena suavizaba con sus inducciones mis sufrimientos: ahogo, opresión, mareo...
T: Cada vez naces mejor. Ya conoces el camino.
P: Voy a vomitar.
T: Venga, echa todo.
P: Voy a vomitar, estoy muy cansado.
T: Venga, que estás saliendo muy bien.
Y yo con un gran esfuerzo, serpenteando en la cama...
P: ¡Qué mal! ¡Dios mío, qué mal!
Y así seguimos hasta que...
P: Estoy fuera.
Y rompí en un intenso lloro. Finalmente Verena me gratificó (con conversión) llevándome junto a mi madre, donde sentí el calor acogedor de su cuerpo.