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LA VERDAD SENTIDA

Enrique Laborda se licenció en Medicina en 1972. Desde entonces se ha dedicado fundamentalmente al ejercicio de la Medicina Nuclear, lo que le ha marcado en dos sentidos aparentemente opuestos. Por un lado la exigencia de claridad científica en opiniones, diagnósticos y prescripciones, dando su importancia a la aseveración de Galileo "La ciencia es medida". Por otro lado, la toma de conciencia de que el arte médico es sobre todo una relación entre seres humanos y cuya necesidad se hace evidente cuando tienes que ejercer esta faceta humana entre máquinas. Y el corolario final de ambos sentidos, sólo aparentemente opuestos, ha sido un interés creciente por aquellas áreas del cuidado del ser humano enfermo que apenas se rozan o no se tocan en las facultades oficiales y la práctica de esa medicina basada en la palabra y la intuición, en modo alguno antagónica o excluyente de la otra.


Anatheóresis es: mirar hacia atrás contemplando el pasado y exhumarlo, traerlo al presente, comprendiendo. Una terapia regresiva que podríamos considerar como una forma de sacar a la luz lo que ha quedado enterrado en la memoria sin estar muerto del todo y que de vez en cuando se agita sin control.
Muchas veces en Medicina, la demostración de la eficacia de un descubrimiento (vacunas, rayos X, antibióticos, anestesia, etc.) ha precedido al correcto desarrollo de su marco teórico. La explicación actual de la Anatheóresis se basa en atribuir al hemisferio izquierdo un ritmo cerebral beta y unas funciones de control racional, mientras al derecho se le atribuye un ritmo theta y las funciones que podríamos llamar espirituales, irracionales (sin sentido peyorativo) y primigenias. La finalidad del acto anatheorético será conseguir el equilibrio y la armonía entre ambos hemisferios y ambas capacidades para que funcionen de modo complementario y no antagónico.
Todos los animales tienen la capacidad de sentir y moverse mediante un conjunto de órganos que son controlados por el sistema nervioso. La escala filogenética, se va complicando, desde la hidra de agua dulce, que posee dos hojas de células ectodérmicas adosadas, hasta el ser humano en el que es un largo tallo con abultamientos, el mayor de los cuales, el cerebro, se encuentra en la cavidad craneal, ocupándola en casi su totalidad. A él llegan las informaciones de los nervios que transmiten las sensaciones y de él parten los impulsos que provocarán los movimientos.
Se admite que si no existe un sustrato neuronal que permita el manejo de la información y la elaboración de órdenes efectoras, no se produce actividad intelectual sino reacciones de carácter puramente automático, inamovible e incapaz de aprendizaje. Esta idea no es compartida de modo absoluto y general e incluso teorías como la propia Anatheóresis ponen sus postulados en entredicho.
Visto el cerebro desde fuera se observan claramente dos mitades superiores, una derecha y otra izquierda, unidas entre sí por el cuerpo calloso mientras en su parte inferior comparten varias formaciones (como las glándulas epífisis e hipófisis) que son únicas.
Los impulsos nerviosos, se basan en el potencial de reposo de la membrana celular originada por el desigual reparto de los iones de sodio y potasio así como la carga negativa de las proteínas intracelulares. La diferencia de potencial que se establece entre el interior y el externo de la membrana celular, es del orden de los 100 milivoltios y es la base eléctrica del electroencefalograma.
En un procordado antediluviano llamado Amphioxus se produce el cambio de un sistema nervioso situado alrededor del tubo digestivo a un sistema nervioso centralizado dentro de un estuche protector que limitó el crecimiento en anchura de la médula espinal, pero dejó espacio suficiente en la cabeza. Así la médula de todos los animales es relativamente similar, pero la parte anterior (o superior en el ser humano) han dado lugar a los cerebros anterior, medio y posterior en la evolución filogenética. Del cerebro anterior salieron los hemisferios cerebrales y el diencéfalo, del medio los pedúnculos cerebrales y del posterior, el cerebelo y el tronco cerebral que se continúa con la médula.
La línea evolutiva de los anfibios a los mamíferos pasa por los reptiles. El desarrollo de los órganos de los sentidos se acompaña de mayor desarrollo de los hemisferios cerebrales. Pero no es esto lo que pasa con las emociones ni las pulsiones. El cerebro emocional, las estructuras que constituyen el sistema límbico, el hipotálamo, la hipófisis tienen un desarrollo independiente del telencéfalo (el cerebro anterior, racional y motor).
Algunos autores mantienen que este cerebro primitivo, al que aplican el adjetivo de reptiliano, toma en ocasiones el mando de la conducta, alterando la jerarquía funcional cerebral. Este cerebro instintivo o paleocerebro constituiría en cierta manera la base somática de lo que los psicoanalistas llaman el "Ello".
Se admite que, bajo el influjo de factores perturbadores, las relaciones entre el cerebro que conoce y el que siente, se alteran y se invierten. Esto indica la importancia del cerebro interno en la conducta del hombre y se postula por algunos la existencia de cerebros atávicos en la especie humana, los llamados cerebro de pez, de rana o de reptil.
En el cerebro persisten casi todas las estructuras antiguas. Éstas han ido perdiendo independencia funcional y tamaño relativo, y cuando la enfermedad o el estrés afectan al cerebro, la dirección de la conducta es asumida por niveles más primitivos que perduran cuando los más modernos se deterioran. Frente a esto hay que tener en cuenta que el cerebro es un órgano integrado, y si sobre él se encuentra todo el transcurso de la filogenia, lo hace de una forma sintética.
Simplificando al extremo todas las teoría filosóficas, podríamos decir que hay una verdad objetiva que se refiere a lo que realmente ha pasado, de modo independiente de lo que haya percibido el observador o aunque no hubiere observador. Se supone que ésta es la verdad que busca el físico con sus medidas, el historiador con sus investigaciones, el juez con sus interrogatorios, etc. Pero esta verdad, de innegable valor general, es secundaria en anatheóresis.
Porque lo que se busca en el paciente es lo que le ha dejado huella, lo que le ha impactado, lo que sigue actuando sobre él. Y como cada uno es cada uno, todo lo que está dentro del paciente ha entrado a través de él, a través de su subjetividad y ha sido elaborado por ésta y en ella se ha desarrollado.
Y esta verdad, cualquiera que sea su correlación con la exactitud de los hechos, es la que está condicionando la vida actual del paciente, la que hay que buscar y tratar si es causa de sufrimiento.
La terapia anatheorética comporta un lenguaje y una dialéctica peculiares que le son propios y particulares. Uno de los interlocutores está en estado de vigilia total, mientras el otro se halla en IERA, que es un estado de relajación en el que la conciencia del paciente no entra en amnesia, simplemente se relaja, pero llegando hasta los ritmos emociones theta lo que hace posible revivir los acontecimientos que le influyeron durante la gestación, nacimiento e infancia que condicionan nuestro ser y actuar y se suponen la causa profunda de nuestras enfermedades.
En anatheóresis la palabra dialéctica no cumple exactamente su definición etimológica. No se trata de razonar juntos. Pero sí hay un intercambio de información entre dos personas. En este estado relajado de conciencia (IERA) deben llegar las imágenes sin que las busque el paciente que debe sentirse como un niño y mantenerse en estado confiado y abierto.
Lo fundamental es la verdad sentida. En la adquisición de esta verdad subjetiva entran tanto las posibilidades como las limitaciones sensoriales, pero una vez incluida la información en nuestro sistema mental, su conservación y el estado de ésta puede estar influido por factores como el olvido, la imaginación, la fantasía… y en algunos casos la realidad sentida se genera en nuestro interior (delirios y alucinaciones).
El olvido se atribuye generalmente a tres causas: desuso, interferencia y represión.
La teoría del desuso es la que ha tenido más partidarios. El aprendizaje deja una huella o engrama en el cerebro que, si no se reitera, se erosiona y borra al pasar el tiempo. Esto se ajusta bastante a lo que ocurre con la memoria inmediata, pero no tanto con la memoria a largo plazo.
Muchos fenómenos amnésicos la contradicen, siendo de conocimiento general el hecho de que muchos ancianos recuerden hechos de su juventud cuando ya son incapaces de recordar lo que pasó el día anterior. La natación y el andar en bicicleta no se olvidan aunque dejen de practicarse durante muchos años.
En el diálogo anatheorético correctamente desarrollado, la verdad es siempre subjetiva. El hecho de que haya ocurrido realmente o no, no debe inmiscuirse en el desarrollo del relato. Dado que se utilizan símbolos no debe olvidarse que las correlaciones simbólicas poseen una sintaxis tan cercana a la fonética que parecen hechos concretos.
El terapeuta anatheorólogo ha de buscar la realidad que su paciente sufre y para ello tendrá que conducirle al momento y modo en que impactó en su vida, ayudarle a vivenciarlo de nuevo con su mentalidad actual y conducirle a la conversión en la que se buscará la eliminación del daño que produce el sufrimiento actual.
Así pues, aparte de las consideraciones morales o de teoría física de un hecho, que no se tendrán en cuenta en el momento del acto anatheorético, lo que el paciente debe encontrar y enfrentar es aquello que ha creído como cierto desde el momento que lo sintió hasta el actual.
¿Dónde se almacenan estos recuerdos? ¿Es posible ver este almacén como se puede ver la vesícula biliar? Broca localizó el área del lenguaje articulado en la base de la tercera circunvolución frontal izquierda. Se desarrolla a partir del quinto mes de vida intrauterina y es característica de la especie humana.
Cuando se realizaban operaciones del cerebro con anestesia local permitían hablar con el paciente y observar sus reacciones según las zonas sobre las que se estuviera interviniendo.
El descubrimiento de los rayos X y de la radiactividad marcaron el inicio del Radiodiagnóstico y, posteriormente, de la Medicina Nuclear que junto con los electroencefalógrafos y de los ecógrafos han permitido la exploración incruenta del interior del cuerpo humano. En el caso que nos ocupamos estamos hablando de neuroimagen y neurofisiología, cuyas técnicas son hoy en día: Tomografía Axial Computadorizada o Computarizada (TAC). Resonancia Nuclear Magnética (RMN). Tomografía por Emisión de Fotón Simple (SPECT). Tomografía por Emisión de Positrones (PET). Electroencefalograma (EEG).
Nos estamos asomando a un nuevo mundo cuyos límites no conocemos. Este mundo nuevo ya ha comenzado. Estudios sobre la localización de la sensibilidad moral mediante exploraciones seriadas y regladas con resonancia nuclear magnética han permitido ver la implicación de varias partes del cerebro, tanto de ambos hemisferios como del cerebro medio. Probablemente otros experimentos están en marcha y tendremos que esperar a verlos publicados. Puestos a soñar imaginemos que algún día podremos fotografiar "la Verdad", la de fuera y la de dentro.
Una pregunta inquietante se nos echa encima: ¿Seremos capaces de soportarlo? Pero hay otra más inquietante aún: ¿Alguien inventará el modo de manipularla?


Enrique Laborda


PRECISIONES EN TORNO A LA VERDAD SENTIDA

Provocado por el interés despertado por el artículo del doctor Enrique Laborda -todavía presente en estas páginas- han sido muchas las personas que nos han pedido precisemos que entiende realmente Anatheóresis por verdad sentida.
En respuesta, remitimos a nuestros lectores a la página que reproduce un principio de capítulo del Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis, de Joaquín Grau, donde se inicia el texto referido a los distintos aspectos de lo que consideramos verdad. Creemos que ese principio de capítulo -el capítulo es más extenso- dará una idea suficientemente clara de la incidencia de la verdad sentida en nuestras dolencias.